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lunes, 23 de septiembre de 2013

XXVI. La fragata [versión original de 1895]


El Hugli, cuyas aguas son reputadas como sagradas por las poblaciones de la alta India que emprenden frecuentes y largas peregrinaciones, para arrojarle las cenizas de sus difuntos, o para bañarse es uno de los más importantes ríos de la gran península asiática. Su largura no supera las cincuenta leguas marinas, estando formado por la reunión de los ríos Cossimbazar y Djellinghey, las dos ramas más occidentales del Ganges; pero la masa de las aguas es muy considerable, engrosada desde la derecha por el Damodar, el Rupnarayan, el Tingorilly y el Haldi.
Sobre este brazo del Ganges reina una actividad extraordinaria, febril, que iguala a aquella de los ríos gigantes de América Septentrional. Aprovechando la marea alta, que se hace sentir muy fuerte, navíos de línea, provenientes de todos los puertos del globo lo remontan deteniéndose en Calcuta, en Chandernagor o en Hugli, las tres ciudades más importantes situadas en sus orillas.
Piróscafos, barcas, brig, bergantines, goletas y sloop, se encuentran dondequiera a lo largo de su curso. Ni hablar de las pinazas, de los pulwar, de las bagalas, de los moor-punkee, de los feal charra, de las donga y de todos aquellos otros barcos más o menos grandes, de construcción india, que se contaban por millares y que se cruzaban en todas las direcciones.

miércoles, 18 de septiembre de 2013

XXXVII. La victoria de Tremal-Naik


La Cornwall, escapada milagrosamente a la explosión de los depósitos de pólvora, hilaba a todo vapor hacia los Sundarbans.
Tremal-Naik había ya narrado todo, y el capitán Corishant quería caer encima de la cañonera de Hider, antes de que la tripulación pudiera advertir el ataque y dar aviso al formidable Suyodhana del golpe fallido y de la traición.
Los marineros y los soldados de infantería marina estaban armados, para estar listos a la primera señal, mientras que los artilleros se habían colocado detrás de seis piezas de cañón, decididos a mandar a pique a la Devonshire antes que dejarla escapar.
El capitán, preso de una ansiedad indecible, erguido sobre el castillo de proa con un gran catalejo de noche, escrutaba ávidamente la oscuridad y señalaba la ruta a los timoneles, para evitar los numerosos bajíos. Tremal-Naik, a su lado, aguzaba su mirada de águila para intentar descubrir la desembocadura del Mangal.
—¡Pronto...! ¡pronto! —repetía él—. ¡Si los thugs se dan cuenta del ataque, mi Ada está perdida...!

sábado, 14 de septiembre de 2013

XXXVI. A bordo de la Cornwall


La empresa más difícil se había conseguido. Ahora se trataba de perseguir a todo vapor a la fragata que tenía una ventaja de casi quince horas, alcanzarla o en la desembocadura del río o en el mar y poner en obra el segundo plan, no menos arduo, ni menos peligroso, urdido por el cazador de serpientes.
Despejado el puente de cadáveres, medicados los heridos, que afortunadamente no eran muchos, Tremal-Naik subió a la toldilla con Hider, mientras un gaviero se instalaba sobre la cruceta del mástil, armado de un potente catalejo.
A la voz del nuevo comandante, Udaipur que había tomado el control de la máquina, dejó la cámara y se lanzó sobre el puente.
—Es necesario volar, Udaipur —dijo Tremal-Naik.
—Los hornos están colmados de carbón, capitán. Tenemos la máxima presión.
—No basta. Es necesario alcanzar a la Cornwall.
—Carga las válvulas a cinco atmósferas —dijo Hider.
—Corremos el peligro de saltar, contramaestre.
—No importa; vete.

viernes, 6 de septiembre de 2013

XXXV. Ingleses y estranguladores


Los relojes de la Ciudad Inglesa daban la medianoche, cuando la Devonshire, que desde la mañana había encendido sus fuegos, abandonaba a todo vapor el muelle del fuerte William, descendiendo la negra corriente del Hugli.
La noche era bastante oscura. Ni luna ni estrellas en el cielo que estaba cubierto por una negra franja de vapores. En absoluto eran pocas las luces, la mayor parte de inmuebles, encendidas dentro de las cabañas de Kidderpore, o en la proa de leños anclados en la orilla. Solamente hacia el norte se divisaba un extraño resplandor, una especie de alba blancuzca, debido a los millares y millares de llamas que despejaban la Ciudad Inglesa y la Ciudad Negra que forman Calcuta.
El capitán, erguido sobre la passerelle, comandaba la maniobra con voz metálica, dominando el fragor de las ruedas que mordían furiosamente las aguas y el formidable ronquido de la máquina. Sobre el puente, grumetes y marineros, se afanaban, al vago claror de pocas linternas, en estibar los últimos toneles y cajas que todavía estorbaban el puente.
Ya Kidderpore había desaparecido en la densa oscuridad, ya las últimas luces de las barcas y los navíos no se divisaban, cuando un hombre, que hasta entonces había mantenido la caña del timón, atravesó a hurtadillas el puente, chocando fuerte con el codo de un indio que estaba cerrando la escotilla mayor.

martes, 25 de junio de 2013

XXV. Asediados


Tremal-Naik no había aún terminado de hablar, que en el corredor de abajo retumbaron dos tiros de arma de fuego, seguidos, súbitamente después, por el alarido de un hombre que moría.
Sin pensar en el peligro al que se exponía, se precipitó fuera de la puerta, dando brincos de tigre y gritando:
—¡Nagor! ¡Nagor!
Nadie respondió a su llamado. El estrangulador, que pocos minutos antes velaba ante la puerta, no estaba más. ¿Adónde había ido? ¿Qué había pasado?
Tremal-Naik, inquieto, pero resuelto a salvar al compañero, se lanzó hacia la escalera. Un hombre, un cipayo yacía en medio del corredor, contorsionándose en los últimos anhelos. Del pecho le salía un chorro de sangre y formaba, en el terreno, un charco que lentamente se ampliaba.
—¡Nagor! —repitió Tremal-Naik.

martes, 18 de junio de 2013

XXIV. Las revelaciones del sargento


Ningún centinela velaba en el rellano.
Tremal-Naik, aún temblando por la emoción, pero decidido a todo para recuperar la libertad, subió silenciosamente los escalones y alcanzó una estancia oscura y desierta.
Permaneció un momento escuchando con profundo recogimiento, empuñó el revólver y poco a poco empujó la puerta, asomando con precaución la cabeza.
—Nadie —murmuró.
Abrió una segunda puerta, recorrió un corredor largo y oscurísimo y entró en una tercera estancia.
Era vastísima. Una luz brillaba en el fondo esparciendo un débil resplandor sobre una docena de literas, sobre las cuales roncaban sonoramente otros tantos hombres.
—¡Los cipayos! —murmuró Tremal-Naik, deteniéndose.
Estaba por volver atrás, cuando oyó en el corredor un paso cadencioso y un tintineo que parecía de espuelas. Se sobresaltó y alzó el revólver hacia la puerta. El hombre se acercaba; Tremal-Naik lo oyó detenerse un momento, luego pasar más allá.
—¡Si fuese el capitán! —exclamó.

jueves, 13 de junio de 2013

XXIII. Las flores que adormecen


Cuando Tremal-Naik volvió en sí, se encontró encerrado en un estrecho subterráneo iluminado por una pequeña rendija defendida por una doble fila de gruesos barrotes y sólidamente ligado a dos anillos de hierro, fijados en una especie de columna.
Primero se creyó presa de un mal sueño pero rápidamente se convenció de que estaba realmente prisionero.
Un vago temor se apoderó entonces de aquel hombre, a pesar de haber dado tantas pruebas de coraje sobrehumano.
Trató de reordenar las ideas, pero en su cerebro reinaba una confusión que no conseguía disipar. Se acordaba vagamente de Negapatnan, de su fuga, de la limonada, pero nada más.
—¿Quién pudo haberme traicionado? —se preguntó, tiritando—. ¿Qué será ahora de mí? ¿Qué cosa es esta niebla que me ofusca el cerebro...? ¿Me habrán embriagado con alguna bebida por mí desconocida?
Hizo un esfuerzo para alzarse, pero enseguida recayó; había oído abrirse una puerta.
—¿Quién desciende aquí? —preguntó.
—Yo, Bhârata —respondió el sargento adelantándosele.

lunes, 10 de junio de 2013

XXII. La limonada que desata la lengua


Tremal-Naik a aquel grito se había alzado sobre sus rodillas, presa de una viva inquietud. Al disparo de fusil había seguido otra explosión, luego una tercera y finalmente una cuarta. En el bungalow se alzó un gran griterío que hizo estremecer al cazador de serpientes.
—¡Mira hacia la jungla! —gritaba una voz.
—¡A las armas! —gritaba otra.
—¡Al elefante! ¡Al elefante!
—¡Fuera todos!
Se oyeron relinchos de caballos, un pataleo precipitado, un pisoteo y un barrito formidable que cubrió todos los diversos ruidos.
Tremal-Naik con la frente regada por gruesas gotas de sudor, escuchaba conteniendo la respiración.
—¡Corre, Negapatnan! ¡corre! —murmuró como si el fugitivo estuviera cerca para oírlo—. Si te capturan, estamos los dos perdidos.
Con un esfuerzo desesperado se alzó y se puso a saltar, tanto como le permitían las cuerdas, hacia la tronera. Un pisoteo apresurado que venía de la escalera lo detuvo.

lunes, 3 de junio de 2013

XXI. La fuga del thug


Los astros comenzaban a palidecer, cuando Tremal-Naik, casi fuera de sí, todavía desconcertado por el coloquio tenido con el estrangulador, llegó al bungalow del capitán Macpherson.
Un hombre estaba apoyado en el umbral de la puerta y bostezaba, respirando ruidosamente el fresco aire de la mañana. Este hombre era el sargento Bhârata.
—¡Hola, Saranguy! —le gritó—. ¿De dónde vienes?
Esta llamada arrancó bruscamente a Tremal-Naik de sus pensamientos. Se volvió atrás, creyendo que había sido seguido por el tigre, pero el inteligente animal se había detenido en el borde de la jungla. Bastó una rápida seña del amo para que desapareciese entre el bambú.
—¿De dónde vienes, mi bravo cazador? —retomó Bhârata, moviéndose a su encuentro.
—De la jungla —respondió Tremal-Naik, arreglando sus alteradas facciones.
—¡De noche! ¡Y solo!
—¿Y por qué no?

miércoles, 29 de mayo de 2013

XX. Matar para ser feliz


Había llegado la noche.
El capitán Macpherson durante el día no se había hecho ver y ningún incidente había ocurrido en el bungalow.
Saranguy, después de haber errado a capricho aquí y allí por los alrededores de los cobertizos y de las empalizadas, presentando atento oído a los discursos de los cipayos, se había tendido detrás de un denso matorral, a cincuenta pasos de la habitación, como alguien que busca quedarse dormido.
No obstante de vez en cuando alzaba prudentemente la cabeza, y su mirada recorría rápidamente la circunstante campiña. Se hubiera dicho que buscaba algo, o que esperaba a alguien.
Pasó una larga hora. La luna se alzó sobre el horizonte, iluminando vagamente la floresta y el curso de la gran riada que murmuraba alegremente, rompiéndose contra las orillas.
Un alarido agudo, el alarido del chacal, se hizo escuchar a lo lejos.
Saranguy se alzó bruscamente, mirando alrededor con desconfianza.
—Finalmente —murmuró, tiritando—. Sabré mi condena.

viernes, 24 de mayo de 2013

XIX. El salvador


Al oriente comenzaba a alborear, cuando el capitán Macpherson y Bhârata descendieron al patio del bungalow.
Estaban los dos armados con carabinas de largo alcance y grueso calibre, de pistolas y cuchillas con hoja anchísima y de doble filo. Un cipayo los seguía, llevando otras dos carabinas de recambio y algunas picas.
En pocos minutos alcanzaron el recinto en cuyo umbral barritaba ruidosamente Bhagavadi, cercado por una media docena de mahouts, o conductores de elefantes.
Bhagavadi era uno de los más grandes y más bellos koomareah que fuera encontrado en las orillas del Ganges. Era menos alto que un elefante merghee pero más vigoroso, dotado de una potencia extraordinaria, con un cuerpo macizo, patas cortas y regordetas, una trompa bastante desarrollada y dos magníficos colmillos puntiagudos, arqueados hacia arriba.
Sobre el dorso ya estaba acomodado el howdah, especie de barquilla en la que toman lugar los cazadores, sólidamente asegurado con cuerdas y cadenas.
—¿Estamos listos? —preguntó el capitán Macpherson.
—Solo falta partir —respondió el jefe de mahouts.
—¿Los batidores?
—Están ya en el límite de la jungla, con los perros.

viernes, 17 de mayo de 2013

XVIII. Negapatnan


La villa del capitán Harry Macpherson, se elevaba sobre la orilla izquierda del Hugli, ante una pequeña bahía en la que flotaban varias donga y algunos moor-punkee.
Era uno de esos palacetes que se llaman en India bungalow, elegante, comodísimo, de un solo piso, alzado sobre un basamento de ladrillos y coronado por un techo piramidal. Una galería sostenida por columnas, llamada veranda, y que terminaba en una amplia terraza, giraba en torno reparada por densas esteras de cocotero.
A derecha y a izquierda se extendían bajos edificios y cobertizos, destinados para la cocina, la remesa, la caballeriza y los cipayos, sombreados de palmeras tara, de latania y de no pocos pipal y de nim, árboles de tronco enorme y de follaje denso y oscuro, que hoy están en gran parte desaparecidos de las grandes planicies del delta gangético.
El capitán Macpherson entró en el palacete dejando a los cipayos en la puerta, recorrió una larga fila de estancias amuebladas simplemente pero elegantes, con sillas altas inmensas y mesas y mesitas de caoba y subió a la terraza reparada por una gran tienda. Bhârata no tardó en alcanzarlo arrastrando a viva fuerza al estrangulador Negapatnan.

lunes, 13 de mayo de 2013

XVII. El capitán Macpherson


Era una magnífica noche de agosto, una verdadera noche tropical.
El aire era tibio, dulce, elástico, embalsamado por el suave perfume de los jazmines, de las sampaguitas, de las mussaendas y de las nag champa. Arriba, en un cielo purísimo, de un azul índigo, punteado de miríadas de centelleantes estrellas, el astro de las noches serenas seguía su curso, iluminando fantásticamente la corriente del Hugli, la cual se desenrollaba como una inmensa cinta de plata, entre las interminables planicies del delta gangético.
Bandadas de marabúes revoloteaban sobre la corriente, posándose en una u otra orilla, a los pies de los cocoteros, de los artocarpus, de los bananos y de los tamarindos, que se curvaban con gracia sobre las olas.
Un silencio fúnebre, misterioso, reinaba en todas partes, roto de vez en cuando por una ráfaga de aire, que hacía crujir la fronda de los árboles, por el alarido agudísimo, melancólico de los chacales, que vagaban por las orillas del río, y por el graznar de los cuervos y de los marabúes.
Aún cuando la hora era muy avanzada, y aún cuando mil peligros circundaban entre las sombras de la noche, un hombre estaba tendido a los pies de un gran tamarindo.

miércoles, 1 de mayo de 2013

XVI. A través de las cavernas


El subterráneo de Rajmangal, habitado por los sectarios de Kali, era tan vasto, quizá mucho más que los famosos subterráneos de Mahabalipuram y de Ellora.
Infinitas galerías surcaban el subsuelo en mil direcciones, algunas tan bajas que no permitían mantener en pie a un hombre, otras altísimas y vastas, algunas derechas, otras tortuosas que subían a tocar la superficie pantanosa de la isla o que descendían a las entrañas de la tierra.
Aquí antros horribles, húmedos, fríos, oscurísimos, por siglos y siglos deshabitados; allá cavernas, grutas, pagodas adornadas con monstruosas y extravagantes figuras de la mitología hindú y llenas de columnatas, y también más allá pozos que se metían en subterráneos más tenebrosos y quizá aún ignorados por los estranguladores.
Tremal-Naik, dado el golpe, se había lanzado bajo las negras bóvedas de la primera galería que halló ante él, seguido por Kammamuri y el tigre.
No sabía adónde iba a terminar, pero no le importaba tanto.

viernes, 12 de abril de 2013

XV. En la pagoda subterránea


Descendidos sin haber despertado alarma, en el subterráneo, solo quedaba buscar el gran templo de la diosa Kali, caer de improviso sobre la horda y raptar a la víctima, aprovechándose de la confusión y el espanto que provocaría la aparición de un tigre.
Pero no era fácil guiarse en la profunda oscuridad y en los corredores del inmenso subterráneo. Ni Tremal-Naik, ni el maratí conocían el camino, ni sabían en qué lugar estaba excavado el templo. Sin embargo no eran hombres de dar la espalda ni de dudar un solo momento, aún cuando miles y miles de peligros los amenazaran.
Apoyadas las manos en los muros, comenzaron a avanzar uno detrás del otro, tanteando con los pies el terreno, para no caer en cualquier abertura, y en el más profundo silencio, no sabiendo si estaban solos o si algún centinela se encontraba cerca.
En breve encontraron una amplia abertura, una especie de puerta, en cuyo umbral se pararon aguzando las orejas.
—¿Oyes algún ruido? —preguntó con un hilo de voz Tremal-Naik a su compañero.
—Ninguno, amo, fuera de los truenos.
—Es signo de que el suplicio no ha comenzado.
—Le creo, amo. Los indios practican el anumarana con gran estrépito.
—Sin embargo mi corazón late como si fuera a romperse.

martes, 26 de marzo de 2013

XIV. A Rajmangal


Como había dicho el maratí, la noche era tempestuosa. Enormes masas de vapor se habían alzado del sur y corrían desordenadamente por la bóveda celeste, encaballándose como las olas del mar.
Frecuentes golpes de viento se lanzaban a través del desierto Sundarbans, curvando con mil gemidos los inmensos plantíos de bambú, arrancando las débiles cañas que volaban por el aire junto a bandadas de marabúes y pavos reales que arrojaban gritos desesperados.
De vez en cuando, un lívido rayo, deslumbrante, rompía la oscuridad, mostrando aquel caos de plantas retorcidas y aterradas, seguido poco después por un formidable estrépito que repercutía hasta las orillas del golfo de Bengala.
No llovía, pero las compuertas del cielo no deberían tardar en abrirse.
Los dos indios y el tigre en pocos minutos ganaron la orilla del Mangal, cuyas aguas, engrosadas por algún aguacero, corrían con mayor rapidez, arrastrando montones de bambúes rasgados probablemente del Sundarbans del norte y un gran número de troncos de árbol.
Se quedaron algunos minutos escondidos entre los cañaverales, esperando que un rayo aclarase la orilla opuesta, entonces, seguros de no ser espiados, se apresuraron a descender a la orilla y a empujar al agua el bote.
—Amo —dijo Kammamuri, mientras Tremal-Naik saltaba dentro—, ¿cree que encontraremos a los indios a lo largo del río o en los alrededores de Rajmangal?
—De eso estoy seguro, ¿pero qué importa? Esta noche me siento tan fuerte como para cornear contra un ejército de mil hombres. La pasión que arde en mi pecho, me dará la fuerza necesaria para vencer y superar cualquier obstáculo.

jueves, 14 de marzo de 2013

XIII. La tortura


Lo peor había pasado. Sólo quedaba ahora hacer hablar al prisionero, cosa no tan fácil siendo los indios más tercos que los pieles roja de América del Norte. Pero, los dos cazadores de serpientes poseían medios potentes para soltar la lengua hasta a un mudo.
Extendido el prisionero en medio de la cabaña, encendió a poca distancia de sus pies un gran fuego, y aguardó pacientemente que regresara en sí, para comenzar la prueba.
No pasó mucho tiempo que el indio dio signos de estar todavía vivo.
Su pecho se alzó impetuosamente dilatándose, agitó los miembros, se sacudió y finalmente abrió los ojos fijándolos en el cazador de serpientes que estaba inclinado por encima.
Enseguida una profunda maravilla se descubrió en su rostro y súbitamente después sus facciones se alteraron demostrando desprecio, terror y rabia.
Sus dedos se contrajeron rayando con las uñas el terreno y una risa burlona feroz rozó sus labios, mostrando dos hileras de dientes puntiagudos como los de un tigre.
—¿Dónde estoy? —preguntó con voz sorda. Tremal-Naik acercó el rostro al suyo.
—¿Me reconoces? —preguntó, frenando a duras penas la ira que le bullía en el pecho—. ¿Me reconoces?
—Si no me engaño, usted es el hombre que debía ahogar —dijo—. Qué estúpido que fui, al dejarme atrapar.
—¿No te parece que la emboscada ha sido exitosa?

lunes, 4 de marzo de 2013

XII. El acecho


Tremal-Naik, aunque medio estrangulado y confuso, apenas sintió el lazo aflojarse, se levantó y recogida la carabina se lanzó resueltamente hacia el río, esperando hacer estallar la cabeza del traidor. Pero cuando llegó a la orilla, Manciadi había desaparecido.
Se adentró en el agua pero ninguna persona aparecía en la superficie del río. Quizá la corriente había arrastrado al asesino, que fue sin duda golpeado por la carabina o por la pistola del maratí.
—¡Ah! ¡miserable! —exclamó Tremal-Naik furioso.
—¡Amo! —gritó Kammamuri, acudiendo en compañía del tigre y del perro—. ¿Dónde está el bandido?
—Ha desaparecido, Kammamuri, pero lo volveremos a encontrar.
—¿Está herido?
—Tremal-Naik no se deja estrangular por aquellos hombres.

lunes, 18 de febrero de 2013

XI. El segundo golpe del estrangulador


Kammamuri comenzaba a ponerse inquieto. El sol bajaba rápidamente en el horizonte y los dos cazadores no habían aún regresado, es más ningún disparo de fusil se había oído retumbar en la jungla.
No podía comprender aquella prolongada ausencia y aquel absoluto silencio. Entraba y salía de la cabaña, interrogaba cuidadosamente el horizonte, esperando verlos despuntar entre el inmenso plantío de bambú, obligando a Punthy a ladrar, pero sin ningún fruto.
Varias veces se acercó, junto con el tigre, hasta los primeros bambúes y ofreció la oreja a los ruidos lejanos; varias veces hizo retumbar el dholak suspendido en la puerta de la cabaña y varias veces quemó una carga de pólvora. El silencio que reinaba en las llanuras del sur no fue roto.
Desalentado, se sentó en el umbral de la cabaña, aguardando ansiosamente su regreso. Allí llevaba unos pocos minutos, cuando el tigre saltó en pie haciendo oír un sordo maullido que se hizo eco de los alegres ladridos de Punthy.
Kammamuri se levantó, creyendo que arribaban los cazadores, pero no vio a nadie. Se giró y apoyado en el estípite de la puerta, vio a Tremal-Naik.
—¡Usted, amo! —exclamó con estupor—. ¡Usted...!

martes, 5 de febrero de 2013

X. El estrangulador


Habían pasado veinte días. Tremal-Naik, merced a su robusta constitución y a los asiduos cuidados de sus compañeros, se curó rápidamente.
La herida ya se había cerrado y podía levantarse.
Pero, mientras recuperaba la fuerza, el indio se ponía cada vez más sombrío e inquieto. Sus compañeros lo sorprendían a veces con la cara escondida entre las manos y las mejillas húmedas, como si hubiera llorado. No hablaba mas que raras veces, no confesaba a nadie el terrible dolor que lo consumía y a veces era asaltado por inesperados accesos de rabia, durante los cuales se desgarraba las carnes con las uñas e intentaba arrojarse de la hamaca gritando:
—¡Ada...! ¡Ada...!
Kammamuri y Aghur en vano se esforzaban en hacerlo hablar; en vano buscaban la causa de esos arrebatos de ira que amenazaban reabrir la aún no cicatrizada herida y se preguntaban quién podía ser aquella que llevaba ese nombre que él pronunciaba en sus delirios y en sus sueños, este nombre que era su pesadilla, su tormento.
Manciadi el bengalí, algunas veces se asociada a ellos para lograr algo, pero aquello sucedía rara vez. Este hombre parecía al contrario escapar de la presencia del herido como si hubiese de temer algo.