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jueves, 17 de septiembre de 2015

XXXIII. La derrota de James Brooke


El kampung de Orango-Tuah era una gran villa malaya fortificada, como lo son en general todas las de Borneo, para defenderse de las correrías de los pueblos del interior y especialmente de los dayak, con los cuales están siempre en guerra.
Se componía de trescientas cabañas de madera con los techos cubiertos de hojas de nipa, defendidas por altas y sólidas empalizadas y por densos matorrales de bambúes espinosos, obstáculos casi insuperables por los pies y los miembros desnudos de los indígenas. Los habitantes podían además contar con una media docena de praos armados de espingardas, que estacionaban en un pequeño lago comunicado con el mar por medio de un canal.

miércoles, 9 de septiembre de 2015

XXXII. La fuga del príncipe Hashim


Sir Hunton, que no dudaba en haber invitado a una auténtica princesa india y que no tenía la mínima sospecha de la trama tan hábilmente urdida por el astuto maratí, le hizo los honores de la casa con la más exquisita cortesía y sin reparos, habiendo ganado un diamante que no valía menos de treinta mil liras.
La cena ofrecida a la princesa invitada no podía ser mejor. El cocinero había saqueado la despensa, los gallineros de los dayak y los criaderos de peces. No faltaban ni siquiera auténticas botellas de vino de España, que el gobernador había recibido como obsequio del amigo suyo de las Filipinas y había conservado, con gran cuidado, para las grandes ocasiones.
Ada hizo honor a la comida y rivalizó con el gobernador en amabilidad. Buscó por sobre todo hacerle beber mucho, con infinitos brindis: por la India, por la prosperidad de Sarawak, por Sadong, por el rajá y por la vieja Inglaterra.

martes, 1 de septiembre de 2015

XXXI. El gobernador de Sadong


Doce horas después, una chalupa montada por seis bugineses de la tripulación del yacht, por el lord, Ada y Kammamuri, remontaba el río para llegar a Sadong.
Los marineros se habían puesto sus trajes típicos consistentes en pequeñas faldas variopintas y en un pequeño turbante, y el lord y Ada, teñidos de un bello color bronceado, se habían envuelto en ricas vestimentas de colores vivaces, estrechadas a la cintura por anchas fajas de seda roja, para hacerse pasar por príncipes indios en viaje para una excursión de placer. Solamente Kammamuri había conservado su traje maratí que no podía hacer nacer ninguna sospecha. El río, poco largo y de aguas bastante turbias, estaba casi desierto. Solamente de trecho en trecho aparecía sobre sus riberas alguna de aquellas grandes cabañas plantadas sobre densas filas de palos, a una altura de quince o veinte pies, de fabricación dayak.

miércoles, 26 de agosto de 2015

XXX. El yacht de Lord James [versión original de 1896]


La bahía, después de aquel furioso cañoneo, y aquella tremenda lucha que había destruido a los indomables tigres de la salvaje Mompracem y vencido a los últimos sobrevivientes de la formidable banda, había vuelto a ser silenciosa.
El Royalist se había alejado junto con la pequeña flotilla y las tropas del rajá habían retomado el camino de los bosques para regresar a Sarawak. Solo permanecía el yacht anclado junto al islote, en espera de lord James que era el propietario.
Delante del fortín, sentada sobre un pedazo de cerca que las balas de los cañones habían desmantelado, sollozaba Ada y junto a ella estaban el viejo lord y Kammamuri.
—Embarquémonos, sobrina mía —decía el lord—. No es con lágrimas que podremos salvarlos.
—Es verdad, ama —decía el maratí—. Es necesario actuar y pronto. Piense que dentro de cuarenta días Sandokan será conducido a la India y que si aquel hombre no está aquí, quizá ni siquiera mi amo podrá estar libre.

viernes, 15 de mayo de 2015

XXIII. La revancha del rajá Brooke


Al oír aquellos tiros de fusil y aquellos gritos, el Tigre de la Malasia había dado un salto hacia la puerta de la cabaña, mandando un verdadero rugido.
—¡El enemigo aquí...! —exclamó con los dientes apretados—. ¡Aquí, en este momento...! ¡James Brooke, ay de ti!
Sacó la cimitarra, terrible arma en las manos de aquel formidable hombre, y se lanzó fuera del fuerte, gritando:
—¡A mí, cachorros de Mompracem...!
Yanez, los piratas, Kammamuri e incluso los dos prometidos se lanzaron detrás de él con las armas en puño. La virgen de la pagoda también había empuñado una cimitarra, dispuesta a combatir al lado de sus benefactores.
Aïer-Duk y sus ocho hombres descendían, corriendo, la cuesta que llegaba a la bahía.
Detrás de ellos, entre los árboles de la floresta, Sandokan vio un gran agrupamiento de hombres armados, algunos blancos, otros indios y dayak.
—¡Alerta, piratas de Mompracem! El enemigo —gritó Aïer-Duk precipitándose hacia la barca que había sido arenada en la ribera.

lunes, 27 de abril de 2015

XXII. Las dos pruebas


Eran las dos posmeridiano.
Un espléndido sol llameaba en el firmamento espejándose en las aguas azuladas de la bahía, y una brisa, fresca, exhalada del mar, susurraba misteriosamente entre las hojas de los árboles. No se oía ni en el islote, ni en la bahía ningún grito, por fuera del monótono gorgoteo de las olas que rompían contra las costas y el revolotear incesante y el parloteo de las cacatúas fúnebres y de los Argusianus argus, espléndidas aves de la familia de los faisánidos.
Tremal-Naik, presa de una vivísima excitación que en vano intentaba dominar, Sandokan, Yanez y Kammamuri, caminaban a rápidos pasos hacia la punta septentrional del islote, escondida por una densa cortina de árboles gomíferos y de plantas trepadoras.
A cuarenta pasos de la costa, uno de los guardianes de la loca, que estaba tendido detrás de un matorral, se alzó.
—¿Mi Ada? —preguntó Tremal-Naik, precipitándose a su encuentro.

lunes, 13 de abril de 2015

XXI. La resurrección de Tremal-Naik


El pelotón salía de la espesura del bosque. Estaba compuesto por Sambigliong, un oficial de la guardia del rajá, diez indios desarmados y Yanez, que no tenía ni las manos ni las piernas atadas.
Sandokan, al divisar a su amigo, no fue capaz de dominarse. Corrió a su encuentro y alejando violentamente a los indios, lo estrechó al pecho con frenesí. A pesar de que aquel hombre era el Tigre de la Malasia, el feroz jefe de los piratas de Mompracem, que por tantos años ensangrentó las olas del mar Malayo.
—¡Yanez...! ¡Hermano mío...! —exclamó con voz sofocada por la alegría.
—¡Sandokan, amigo mío, finalmente te vuelvo a ver...! —gritó el buen portugués, que no estaba menos conmovido—. ¡Por Júpiter! ¡Creía que no te iba a abrazar nunca más!
—No nos dejaremos más, amigo mío, te lo juro.
—Lo creo, hermanito mío. Qué gran idea has tenido, de hacer prisionero al rajá. Siempre he dicho que eres un gran hombre. ¿Y Tremal-Naik? ¿Dónde está aquel pobre indio?
—A pocos pasos de nosotros.
—¿Vivo?

miércoles, 1 de abril de 2015

XX. El combate


La detonación no había aún cesado, que alaridos espantosos retumbaban en la pradera, a derecha, izquierda y delante de los indios.
En eso, diez, quince, veinte escopetazos partían de los matorrales con rapidez fulmínea. Quince o dieciséis indios, algunos muertos y otros heridos, rodaban entre las hierbas, antes aún de que hubiesen podido hacer uso de sus armas.
—¡Adelante, mis cachorros! —aulló el Tigre de la Malasia, sobrepasando el murete, seguido por Kammamuri, Aïer-Duk y los otros—. ¡Sobre aquellos perros!
Sambigliong y Tanauduriam se lanzaron fuera de los matorrales con la cimitarra en puño, manteniéndose detrás de sus pelotones.
—¡Viva el Tigre de la Malasia! —aullaron los unos.
—¡Viva Sandokan! ¡Viva Mompracem! —aullaron los otros.
Los indios, viendo venir encima a todos aquellos hombres, se reunieron rápidamente, disparando al azar los fusiles. Tres o cuatro piratas cayeron ensangrentando el suelo.
—¡Adelante, cachorros! —repitió el Tigre.

martes, 24 de marzo de 2015

XIX. En el cementerio


Mientras en la casa del rajá sucedían los acontecimientos ya narrados, Sandokan que había sido, dos horas después del entierro de Tremal-Naik, alcanzado por el bravo maratí, se acercaba a grandes pasos a la ciudad, seguido por toda su terrible banda, armada hasta los dientes y preparados para cualquier lucha.
La noche era bellísima. Millones y millones de estrellas brillaban en el cielo como diamantes y la luna vagaba en el espacio, esparciendo sobre los grandes bosques una luz azulada de infinita dulzura.
Un silencio casi perfecto reinaba por todas partes, roto solo, de vez en cuando, por una pequeña brisa que venía del mar y que curvaba, con leves susurros, las hojas de los árboles.
Sandokan, con la carabina bajo el brazo, los ojos bien abiertos, las orejas aguzadas para recoger el mínimo rumor que señalase la presencia de algún enemigo, caminaba delante de todos, flanqueado, algunos pasos más atrás, por el maratí.

viernes, 13 de marzo de 2015

XVIII. Lord James Guillonk


El rajá entró.
Estaba solo, sin armas y aún vestido de negro. No obstante no era más el hombre calmo y sonriente de antes. Estaba pálido, no ya por el miedo, sino por la cólera; tenía la frente fruncida, la mirada centelleante, una sonrisa irónica que dolía ver en sus labios.
No era más el príncipe de Sarawak; era el exterminador de piratas que se preparaba para aniquilar a uno de los más poderosos jefes de la piratería malaya.
Por algunos instantes estuvo inmóvil en el umbral de la puerta, lanzando sobre Yanez una mirada aguda como la punta de una espada, luego dio tres pasos en la estancia. La puerta fue enseguida cerrada tras sus espaldas.
—Señor —dijo con acento duro.
—Alteza —dijo Yanez con igual tono.
—Si no me equivoco, ya ha comprendido el propósito de mi visita.

jueves, 5 de marzo de 2015

XVII. Yanez atrapado


Cuando Yanez hacia las diez de la noche volvió a entrar en Sarawak, se quedó sorprendido por el extraordinario movimiento que reinaba en todos los barrios. Por las calles y callejones pasaban y volvían a pasar corriendo, de a dos, de a cuatro, de a ocho, en pelotones, chinos en hábito de fiesta, dayak, malayos, macasares, bugineses, javaneses y tagalos, gritando, riendo, chocándose los unos contra los otros y dirigiéndose todos hacia la plaza donde surgían las habitaciones del rajá. Sin duda habían tenido indicios de la fiesta que daba su príncipe y acudían en masa, segurísimos de divertirse no poco y de haber buenas bebidas aún permaneciendo en la plaza.
—Bueno —murmuró el portugués, restregándose alegremente las manos—. Sandokan podrá pasar cerca de la ciudad sin ser visto por ningún habitante. Mi querido príncipe nos ayuda mucho. Te será agradecido.
Haciéndose camino con los codos y no pocas veces con los puños, después de cinco buenos minutos llegaba a la plaza. Innumerables antorchas resinosas ardían aquí y allá iluminando fantásticamente las casas, los altos y bellísimos árboles y al palacete del rajá que estaba circundado por una doble fila de guardias bien armados.

jueves, 26 de febrero de 2015

XVI. La liberación de Kammamuri


Mientras Yanez, trabajando con astucia, preparaba la salvación de Tremal-Naik, el pobre Kammamuri, presa de mil terrores y de mil angustias, hacía todo lo posible por salir de su prisión. No tenía miedo de ser colgado o fusilado como un vulgar pirata; tenía miedo de ser sometido a espantosos suplicios y confesar todo, comprometiendo a la vez la vida de su amo, de la infeliz Ada, del Tigre de la Malasia, de Yanez y de todos los intrépidos piratas de Mompracem.
Apenas encerrado había intentado saltar por las ventanas, pero las había encontrado defendidas por solidísimos barrotes de hierro, imposibles de romper sin una potente lima o una masa; luego había intentado desfondar el pavimento, esperando caer en una estancia deshabitada, pero, después de haberse roto las uñas, se vio obligado a renunciar a ello. Por último había intentado estrangular al indio que le había llevado la comida, pero cuando estaba a punto de lograrlo, otros indios habían acudido a liberar al compañero.
Persuadido de la inutilidad de sus esfuerzos, se había acurrucado en un ángulo de la estancia resuelto a morir de hambre antes que probar cualquier comida que pudiera contener algún misterioso narcótico; resuelto no obstante a dejarse arrancar las carnes pedazo a pedazo antes que pronunciar una sola palabra.

miércoles, 18 de febrero de 2015

XV. Tremal-Naik


Aún cuando estaba bastante cansado, el buen portugués no fue capaz de cerrar un ojo en toda la noche. Aquel viejo blanco que guiaba un pelotón de dayak y que se parecía al tío de la difunta mujer del Tigre, visto en cercanías de la ciudad por el malayo Sambigliong, lo tenía siempre fijo en la mente y le llenaba el ánimo de fuertes inquietudes.
En vano procuraba tranquilizarse, repitiéndose que quizá el malayo se había engañado, que el lord debía estar todavía muy lejos, quizá en Java, quizá en India, quizá más lejos aún, en Inglaterra. Le parecía siempre oír la voz del viejo en el contiguo corredor; le parecía siempre oír a las personas acercarse a su estancia; le parecía siempre oír un fragor de armas en el palacio.
Varias veces, no sabiendo dominar sus inquietudes, descendió del lecho y abrió prudentemente las ventanas y varias veces fue a abrir la puerta de la estancia, temiendo que hubiese estado apostada por centinelas para impedirle la fuga. Se adormeció hacia el alba, pero fue un sueño agitado, lleno de pesadillas y que duró un par de horas al menos.
Se despertó oyendo un gong alborotar por el camino.
Se alzó, se vistió, se puso en los bolsillos un par de pistolas cortas y se dirigió hacia la puerta. En aquel mismo instante golpearon.

viernes, 6 de febrero de 2015

XIV. Narcóticos y venenos


Dos hombres se habían imprevistamente erguido detrás de un tjettek, arbusto trepador, cuyo jugo es de tal manera venenoso que mata en pocos instantes a un buey. Uno era un indio, alto, delgado, nervioso, vestido de tela blanca y armado de una larga carabina incrustada de plata; el otro era un dayak de bellas formas, con los miembros extraordinariamente cargados de anillos de latón y perlas de Venecia y los dientes ennegrecidos con el jugo caliente de la madera sinka. Un solo sirat, pedazo de paño de algodón, cubría sus flancos y un pañuelo rojo su cabeza, pero llevaba encima un verdadero arsenal. La terrible cerbatana con las flechas teñidas en el jugo del upas le pendía de un hombro; el formidable parang, pesado sable de ancha hoja incrustado con pedazos de latón y del cual servíase para decapitar a los enemigos, le pendía del flanco; el lazo, que saben operar quizá mejor que los thugs indios, le estrechaba la cintura. No faltaba ni siquiera el kris, de punta serpenteante y envenenada.
—¡Alto ahí! —repitió el indio, adelantándose.
El portugués hizo a Kammamuri un rápido gesto y avanzó con los dedos de la mano derecha sobre el gatillo del fusil.

martes, 27 de enero de 2015

XIII. Bajo los bosques


Fue a cerrar la puerta con cerrojo y se asomó con precaución a la ventana. A cuarenta pasos del palacete, bajo la fresca sombra de una alta arenga saccharifera, estupenda palmera de largas hojas emplumadas, estaba el maratí, apoyado en un largo bambú provisto en la extremidad de una aguda punta de hierro, probablemente envenenada. No sin sorpresa, el portugués vio junto a él un pequeño caballo cargado de dos grandes cestas de hojas de nipa, llenas hasta el borde de fruta de toda especie y de panes de sagú.
—El maratí es más prudente de lo que creía —murmuró Yanez—. Parece un proveedor de las minas.
Enrolló un cigarrillo y lo encendió. El resplandor de la pequeña llama atrajo pronto la mirada de Kammamuri.
—El joven me ha divisado —dijo Yanez— pero no se mueve. Comprende que es necesario ser prudentes.

martes, 20 de enero de 2015

XII. El rajá James Brooke


James Brooke, a quien la entera Malasia y la marina de los dos mundos mucho le deben, merece algunas líneas de historia.
Descendía, este hombre audaz que a precio de luchas terribles, esfuerzos de gigante obtuvo el sobrenombre de exterminador de piratas, de la familia del baronet Vyner, que, bajo Carlos II, fue Lord Mayor de Londres. Jovencísimo aún, se había enrolado en el ejército de la Compañía Británica de las Indias Orientales como alférez, pero herido gravemente en la lucha contra los birmanos, renunció poco después retirándose a Calcuta. La vida tranquila no estaba hecha para el joven Brooke, hombre frío y positivo sí, pero dotado de una energía extraordinaria y amante de las más arriesgadas aventuras.
Recuperado de la herida volvió a Malasia, recorriéndola en todas direcciones. A este viaje debe su celebridad, vuelta más tarde mundial.

martes, 13 de enero de 2015

XI. Una noche en prisión


Aquellos gritos, emitidos por los chinos en el barrio chino, debían lograr el mismo efecto que obtiene un gong golpeado en una calle de Cantón o de Pekín.
En efecto, en menos de cinco minutos, doscientos hijos con coleta del Celeste Imperio, armados de bambú, cuchillos, piedras y paraguas, se encontraban reunidos delante de la puerta de la taberna, mandando alaridos espantosos.
—¡Dale al ladrón! —gritaban unos, volteando amenazadoramente bastones y sombrillas.
—¡Cuelga al blanco! —aullaban otros, mostrando los cuchillos.
—¡Arrójalo al río!
—¡Dale sablazos a ese perro!
—¡Mátalo! ¡Mátalo! ¡Ahógalo! ¡Quémalo! ¡Cuélgalo!

martes, 6 de enero de 2015

X. La taberna china


—¡Hola! ¡Bello hombre!
—¡Milord!
—Al diablo el milord.
—¡Sir...!
—Al infierno el sir.
—¡Maestro...!
—Tengo retortijones.
—¿Monsieur...? ¡Signore...!
—Acércate. ¿Qué clase de comida es esta?
—China, signore, china como la cantina.
—¡Y tú quieres hacerme comer comida china! ¿Qué son estos bichitos que se mueven?
—Gambas del Sarawak borrachas.
—¿Vivas?
—Pescadas hace media hora, milord.
—¿Y tú quieres que coma las gambas vivas? ¡Por todos los cañones!
—Cocina china, monsieur.

martes, 30 de diciembre de 2014

IX. La batalla


La desembocadura del río, que forma una especie de puerto reparado por bancos arenosos y escollos contra los cuales rompía la furia del mar, presentaba un magnífico espectáculo. A derecha, a izquierda y sobre las dos orillas, se extendían magníficos montes de pisang de gigantescas hojas y frutos de un amarillo dorado, estupendos mangostanes, preciosos sagú de cuyos troncos se extrae una fécula bastante nutritiva, gambir, betel y colosales árboles de alcanfor, sobre cuyas ramas aullaban bandas de simios de un bello color verde y chillaban bandadas de cálaos con los picos enormes.
Sobre el río iban y venían, o danzaban al ancla, barcas, barcazas, praos malayos, bugineses, borneanos, macasares, grandes jong javaneses con las velas pintadas, juncos chinos de formas barrocas y pesadas y pequeñas naves holandesas e inglesas; algunas en espera de una carga y otras del viento propicio que les permitiese hacerse a la mar.

martes, 16 de diciembre de 2014

VIII. La bahía de Sarawak


Al grito terrible de “¡Fuego! ¡Fuego!” el ingeniero había hecho inmediatamente detener el navío que no avanzaba mas que bajo el impulso de las últimas batidas de la hélice.
Una confusión indescriptible, a la aparición de los piratas, reinaba sobre el puente.
Del castillo de proa, semidesnudos o en camiseta, salían desordenadamente los marineros, aún medio soñolientos, presa de un indecible espanto, chocándose los unos con los otros, empujándose, cayendo y levantándose de nuevo. Los hombres de guardia, no menos aterrorizados, creyendo que el fuego había ya tomado alarmantes proporciones se afanaban en recoger los cubos esparcidos sobre el puente. De las escotillas, en cambio, como marea creciente, subían en furia los cachorros de Mompracem, con el kris entre los dientes y las pistolas en el puño, listos para la batalla. Comandos, gritos, imprecaciones, exclamaciones, preguntas, se cruzaban por todas partes dominando los bramidos de la máquina y las órdenes del oficial de guardia.
—¿Dónde está el fuego? —preguntaba uno.
—En la batería —respondía otro.
—¡A la santabárbara! ¡A la santabárbara!
—Formen la cadena.
—¡Truenos! ¡A las bombas!
—¡Capitán! ¿Dónde está el capitán?
—¡A sus puestos! —tronaba el oficial—. ¡Ánimo, muchachos, a las bombas! ¡A sus puestos!
De pronto una voz, resonante como una trompeta, resonó en medio del puente del navío inmóvil.
—¡A mí, cachorros!