viernes, 26 de noviembre de 2021

III. Los bacilos del cólera


Un claror lácteo comenzaba a extenderse hacia oriente; el planeta Venus, en aquel cielo terso como un cristal, resplandecía soberbiamente.
Pero toda la campiña, que se extendía alrededor de la destruida capital, interrumpida por densos grupos de bananos y tamarindos que el gran calor había amarilleado y quizá extinguido para siempre, todavía estaba parda, ya que el alba aún no se había mostrado plenamente.
Un gran pelotón, formado por una veintena de rajputs armados de fusiles y pistolones, avanzaba a través de la llanura precedido por un hombre blanco y un brahmán, que sobre la punta de una lanza sostenía una bandera de seda más o menos blanca.
A lo lejos, brillaban grandes hogueras que anunciaban un campamento imponente. Se oían llegar gritos humanos y barritos de elefantes.
Los dos hombres que parecían guiar al pelotón eran el flemático holandés y Kiltar.
El primero había encendido una gran pipa de porcelana, como usan todos los hombres del norte de Europa y fumaba con una flema sorprendente; el segundo, en cambio, masticaba algo, quizá betel con nuez de areca y cal viva, a juzgar por los grandes esputos de color sangre que de vez en cuando proyectaba delante suyo con una especie de silbido.

viernes, 5 de noviembre de 2021

II. El parlamentario


El europeo de piel rosada, cabellos rubios y ojos azules protegidos por un par de anteojos con montura de oro, a aquella llamada estuvo listo para despertarse y descender del howdah.
—Alteza —dijo quitándose el casco de tela blanca y haciendo una profunda inclinación—. Ya lo conozco bastante por su fama, y añoraba el momento de verlo.
—¿Usted es holandés? —preguntó Yanez, después de haberle dado un apretón de manos.
—Sí, Alteza.
—¿Un profesor, quizá?
—Un médico que ha dedicado toda su existencia al estudio de los bacilos.
—¿Y por qué ha venido junto con mi amigo?
—Para ayudarlo, Alteza —respondió el holandés con voz pacata—. Experimentaré el poder de mis bacilos sobre sus enemigos.
—Verdaderamente no comprendo bien, señor Wan Horn.
—Lo creo: todavía no ha visto mis botellas en las que cultivo aquellos microscópicos animalitos tan terribles como para desencadenar peste, cólera, y otras enfermedades.

jueves, 21 de octubre de 2021

I. La columna infernal


—¡Saccaroa...! Pero, ¿dónde ha recogido aquel demonio de Sindhia a tantos chacales? ¡Hace dos días que aparecen de las florestas y las junglas para detenernos, sin embargo los hemos arrojado al suelo! Cinco elefantes, cinco ametralladoras y cien carabinas, si es que aún hay cien, ya que también hemos sufrido pérdidas.
—Quieren impedirnos llegar a Gauhati, señor Sandokan, para no dejarnos unir con el señor Yanez, el maharajá blanco, su hermano de ultramar.
—¿Y tú crees, Kammamuri, que aquellos pordioseros serán capaces de detenernos? ¿Sabes cómo he llamado a la banda que conduzco en ayuda de Yanez? La columna infernal. ¡Oh, pasará incluso a través de veinte mil hombres! Tienen mucho que aprender estos indios de los malayos y los dayak. No he conducido conmigo mas que cien, pero escogidos con extremo cuidado, cien verdaderos tigres de la Malasia, que aún cuando en el fondo sean mahometanos, a una orden mía no vacilarían en arrancarle la barba al gran Profeta si se presentara ante ellos.
—Sé lo que valen —dijo Kammamuri—. Dos veces he estado en la Malasia y siempre los he admirado; sin embargo, yo pertenezco a una de las razas más guerreras de la India.
—Sí, los maratíes siempre han sido bravos soldados, y a los ingleses les han causado grandes molestias. Lo sabe la Compañía Británica de las Indias Orientales.
—Señor Sandokan, otra emboscada...

martes, 12 de octubre de 2021

La revancha de Yanez

Primera edición (Florencia, 1913)
“La rivincita di Yanez”, es la quinta novela que Salgari publica con el editor Bemporad de Florencia, luego de abandonar a su histórico editor genovés Antonio Donath. Se lanzó directamente en formato de libro en 1913, dos años después del suicidio del autor, el 25 de abril de 1911.

Esta novela, de la que no se tienen registros contables de los pagos por parte del editor a Salgari, es una continuación directa de “La caduta di un impero”. Por lo que se sospecha que “La caduta di un impero” era el título real de la obra que abarca a las tres últimas novelas del ciclo.

En “La rivincita di Yanez”, finalmente Sandokan y sus cachorros llegan en auxilio de Yanez, para juntos enfrentar la rebelión desatada por el antiguo rajá Sindhia.

viernes, 1 de octubre de 2021

Nueve reinas

Este último fue un año movidito, entre la pandemia y la traducción de las dos novelas —que juntas fueron más largas que A la conquista de un imperio—. Por suerte, pude cumplir con el cronograma.

Ahora, este nuevo año de publicación que comienza debería ser el último, sin embargo, tengo algunas ideas como para continuar el proyecto por algún tiempo más. No quiero adelantar nada, pero lo que estoy pensando creo que vale la pena, por ser inédito en castellano.

En cuanto a la traducción de La rivincita di Yanez, lamentablemente no conseguí una edición digital que contenga las ilustraciones originales, por lo que no van a encontrar dibujitos en los capítulos. Mala suerte, la llevo buscando desde hace varios años, pero nada. Es la única que me faltó conseguir.

Por otra parte, quiero agradecer al experto salgariano Claudio Gallo, director de la revista digital ilcorsaronero por haberse puesto en contacto conmigo, por sus amables palabras y su colaboración.

También quiero agradecer especialmente a Roberto Fioraso, experto salgariano y autor de varios libros, entre los que se encuentra Sandokan, amore e sangue (Perosini Editore, 2004), que muy gentilmente me obsequió y que estoy leyendo con muchísimo interés.

Por último, me pueden invitar un cafecito, a manera de colaboración, utilizando el botón que se encuentra a la derecha de la página.

Bueno, como vengo repitiendo una y otra vez desde hace ¿nueve años ya?, espero que lo disfruten, y ya saben: ¡Toda ayuda es bienvenida!

viernes, 17 de septiembre de 2021

XII. El arribo de los piratas de la Malasia


El cazador de ratas, como hombre prudente, había recogido todas las antorchas que resisten el viento que había podido encontrar en la casamata del bastión y las había distribuido a los montañeses con la orden de no encenderlas sin su orden.
Poseían más de una veintena, por consiguiente la luz, por cierto tiempo, estaba asegurada.
—Alteza —dijo el baniano a Yanez—. Péguese a mí. Que el sahib moreno haga otro tanto y así también los montañeses. Este no es el momento de iluminar el camino. Podríamos traicionarnos.
—¿Y si caemos en el río negro? —preguntó el portugués, que se estremecía de solo pensarlo.
—Confíe en mí: veo como si tuviera ojos de rata.
—Sé que has habitado muchísimos años esta espléndida y apestosa ciudad y que debes estar habituado a ver incluso sin linternas.
—No dice mal, Alteza, de esta ciudad que ahora vale más que la que está sobre nuestras cabezas.
—Te creo: arde todo.

miércoles, 1 de septiembre de 2021

XI. La capital en llamas


Yanez se engañaba.
Apenas se había retirado a una vieja casamata semihundida, donde el cazador de ratas y el fidelísimo rajput habían improvisado lo mejor posible una mesa, trayendo un cuarto de cebú humeante y muchas botellas de cerveza, cuando la artillería de Sindhia recomenzó a tronar con un crescendo un poco inquietante.
Sus artilleros disparaban peor que reclutas con treinta días de instrucción, sin embargo las balas comenzaban a caer en abundancia también sobre el bastión, abatiendo, de vez en cuando, alguna almena. La mayor parte se enterraba en los taludes, y no tratándose de bombas, se dormían enseguida después de haber lanzado al aire parches de césped.
Yanez enseguida había brincado fuera, dejando el asado, que por otra parte no le interesaba mucho, no habiendo sido nunca un comedor, y a riesgo de hacerse partir en dos por algún proyectil, se había puesto a observar atentamente las bandas que hacían frente, a sólo mil quinientos metros del gran bastión.

jueves, 19 de agosto de 2021

X. El atentado


Habían transcurrido cinco días durante los cuales Yanez, Tremal-Naik y los montañeses de Sadiya, vencidos sí, bajo los muros de Goalpara por las poderosas fuerzas de Sindhia, pero no completamente derrotados, no habían perdido el tiempo.
Habían cortado todos los puentes, preparado minas, dispuesto en los puntos más débiles la artillería, unas sesenta pequeñas piezas, y habían acumulado inmensas pilas de leña para dar fuego a la ciudad en caso de que la defensa se volviera absolutamente imposible.
No había más habitantes. Al anuncio de que Sindhia se acercaba, todos habían huido, temiendo sus venganzas. No habían quedado mas que unos pocos perros sarnosos y pelados, casi muertos de hambre.
Yanez, que todavía tenía una veintena de caballos, había lanzado varios hombres en dirección de Goalpara para tener noticias de su formidable adversario, pero tan solo al sexto día los exploradores le trajeron las malas nuevas de que las hordas avanzaban compactas, saqueando todas las aldeas que encontraban en su camino, para luego incendiarlas sin misericordia.

viernes, 6 de agosto de 2021

IX. Los estragos de Goalpara


Como habíamos dicho, justo en aquel momento entraba en la estación, con un estruendo infernal, otro tren proveniente de las regiones septentrionales, de modo que nadie había oído los barritos del elefante.
El cornac, contento por habérsela dado a la policía, odiada especialmente en India porque era más prepotente que en cualquier otro país, no cesaba de azuzar a la gran bestia, que devoraba el espacio atravesando campiñas algo enjutas que no podía dañar.
Cantaban los grandes grillos, chillaban como ruedas mal engrasadas las ranas de los arrozales, volaban a lo alto, en batallones, zorros voladores, pero de los policemen, ningún grito que intimase imperiosamente la parada.
—Cornac —dijo Kammamuri—. ¿Cuándo llegaremos a la frontera?
—Hacia el mediodía de mañana, mi príncipe.

martes, 27 de julio de 2021

VIII. Los cigarros del brahmán


Rangpur es una de las ciudades más importantes de Bengala septentrional, bastante poblada ya sea por ingleses como por indostanos y que tiene un tráfico extraordinario, especialmente con Assam que se encuentra a no mucha distancia.
Tiene barrios que parecen europeos, atravesados por calles anchas y bien sombreadas, pero es una ciudad india, rica en pagodas y monumentos antiguos de dimensiones gigantescas. Hay palacetes y bungalows, como hay muchas y muchas cabañas que forman una pequeña ciudad negra similar a la de Calcuta.
El tren debía detenerse cinco horas para esperar a los que debían descender de las regiones septentrionales, por consiguiente los viajeros tenían todo el tiempo necesario como para desayunar y también visitar la ciudad.
Kammamuri, habiendo saldado la cuenta con el cocinero del coche restaurante, bastante salada aún cuando no hubiese hecho mas que consumo de huevos, cerveza y cigarros, dejó el tren seguido por Timul y por el policeman que caminaba más erguido que nunca, quizá pensando en las cien rupias prometidas.
Alquiló uno de los tantos mail-cart que se encontraban fuera de la estación y se hizo conducir a lo de un conocido criador de elefantes, escogiendo un bellísimo merghee de talla imponente, trompa bastante larga, patas altas, bastante menos robusto que los koomareah, aunque mucho más veloz.