miércoles, 3 de agosto de 2022

XVII. El asalto a la torre


Como habíamos dicho, el rajput había divisado la torre, pero se encontraba en la imposibilidad de guiar a los compañeros a causa de la oscuridad y sobre todo de los obstáculos que se presentaban a cada instante, obligándolo a desviarse.
Bambúes enormes crecían densos densos, de diez e incluso doce metros de altura, todos envueltos de calamus, que no cedían bajo ningún empujón, y que el pobre gigante estaba obligado a cortar para abrir paso a sus compañeros, teniendo él solo el talwar.
Había también tamarindos que crecían junto con los palash, árboles gigantescos que en Assam cubren grandes trechos del país, plantas espléndidas, de tronco nudoso, coronado en lo alto por un denso pabellón de hojas aterciopeladas de un verde azulado que se sostienen a duras penas en inmensos racimos flameantes, que luego son secados y conservados para las grandes fiestas.
Por veinte minutos el rajput batalló rabiosamente contra las plantas parásitas que se arrastraban casi hasta la tierra, luego mandó un grito de alegría:
—¡La torre...!
—Y los cocodrilos a las espaldas, si no me engaño —dijo Timul—. Han seguido nuestra pista y buscan alcanzarnos.
—Son demasiado perezosos —dijo Kammamuri—. Fuera del agua no valen nada.

lunes, 18 de julio de 2022

XVI. El amo del semental


El bandido debía haber seguido obstinadamente a los fugitivos, arrastrándose como una serpiente a través de la inmensa vegetación del gran pantano, y quizá ahora buscaba recuperar a su semental, ya medio devorado por los codiciosos cocodrilos.
¿Cómo es posible que aquel hombre no estuviera muerto, después del gran salto que había dado y del tiro de carabina de Timul?
—Él cree que su caballo todavía está vivo —dijo el rajput—. ¿Debemos esperarlo?
—Temo que no esté solo —respondió Kammamuri—. Huyamos, huyamos o el maharajá y la rani perderán para siempre el trono.
—¿Pero podremos ir muy lejos, sahib? —dijo el joven buscador de pistas.
—¿Por qué?
—Hace dos días que no comemos y las fuerzas no tardarán en faltarnos.

martes, 28 de junio de 2022

XV. El asalto de los cocodrilos


No alboreaba todavía, pero la oscuridad ya no era tan densa como antes en la gran jungla.
Tiras de fuego que anunciaban la inminente aparición del gran astro, se irradiaban por el cielo en varias direcciones, alargándose siempre más rápidamente.
Los pájaros comenzaban a despertarse. Bajaban en bandadas junto al pequeño claro piando o cantando sonoramente. En su mayoría eran feos marabúes argala negros, también llamados ayudantes, pavos reales centelleantes de colores y destellos de oro, con gigantescas colas.
Bajaban también bandadas de papagayos, que apenas tocaban el suelo se ponían a graznar ruidosamente.
Los chacales en cambio, callaban. Huían frente a aquella ola de luz que estaba por caer sobre la tierra y se refugiaban apresuradamente en sus cuevas.
El minúsculo pelotón se había puesto en marcha animosamente.
Lo precedía el joven buscador de pistas, luego venía el rajput, que conducía el caballo montado por el sacerdote, y último Kammamuri. Era este el único hombre que todavía podía disparar un tiro. Como sabemos, el brahmán les había regalado las pistolas, pero se había olvidado de las municiones adecuadas para aquellas armas.

jueves, 9 de junio de 2022

XIV. El caballo del bandido


Los cuatro fugitivos se habían encontrado imprevistamente delante de una arcada, que quizá debía señalar el final de aquel curso de agua misterioso y del gran conducto.
A través del inmenso desgarro se veían centellear las estrellas y un pedazo de cielo que parecía enrojecido.
—¿El alba? —preguntó el rajput, tomando entre los brazos al gurú, que no se sostenía más en pie.
—No —respondió Kammamuri—. Eso no está teñido por la aurora.
—¿Cómo explicas este misterio, sahib?
—De un modo simplísimo. El tara arde y proyecta sus llamaradas hacia el cielo.
—Entonces hemos huido a tiempo.
—Así parece, y creo que no tendrás de qué lamentarte.

martes, 24 de mayo de 2022

XIII. Entre las aguas y la oscuridad


Pacientes y habilísimos obreros habían excavado el interior de la enorme planta que, si no por altura, podía por grosor rivalizar con las secuoyas gigantes de California, que son las plantas más colosales del mundo conocidas hasta ahora.
La excavación había sido realizada de modo de no dañar el tara, o sea, sin mellar la corteza externa.
Dos peldaños llevaban a una vasta rotonda que otras veces debía haber estado habitada, ya que había esparcidas por el suelo viejas alfombras ya putrefactas y gavillas de paja, también podridas.
—Como ve, sahib —dijo el gurú a Kammamuri—, ni siquiera esta vez me he engañado.
—¿Pero quién ha excavado esta planta? —preguntó el rajput.
—Le he dicho que no lo sé —respondió el sacerdote.
—Tú nunca sabes nada —dijo el maratí un poco irritado.
El gurú alzó los hombros y descendió los dos pequeños escalones tocando el fondo de la rotonda.

martes, 10 de mayo de 2022

XII. Las furias del rajá


El eco de las detonaciones apenas había cesado, cuando Sindhia, escoltado por una cuarentena de hombres muy bien armados y que llevaban antorchas, osó avanzar en los sepulcros.
El borrachín llevaba puesta una especie de capa de seda verde con vistosos alamares y grandes botones de oro.
Calzaba zapatos rojos con punta realzada y tenía la cabeza cubierta por un gigantesco turbante, adornado con tres plumas monumentales esparcidas de purpurina.
Su rostro parecía apergaminado y más oscuro que nunca. Solamente sus ojos, siempre negrísimos, centelleaban como los de una cobra de anteojos.
Se movió resueltamente hacia el gigante, que ya había arrojado las armas descargadas y que parecía desafiarlo con sus poderosos brazos cruzados, y después de haberlo mirado atentamente, le dijo con verdadera admiración:
—Si hubiera tenido quinientos hombres fuertes y valientes como tú, Assam ya desde hace tiempo sería mío. Tú eres un verdadero guerrero que no tiene miedo a las carabinas.
—No, Alteza —respondió el rajput con voz rauca.
—Tú me gustas. ¿Quieres enrolarte bajo mis banderas?

viernes, 22 de abril de 2022

XI. Atrapados


¿Cuánto durmieron? Jamás lo supieron.
Algunos disparos, dirigidos hacia la galería que conducía a los sepulcros, habían resonado imprevistamente.
Kammamuri fue el primero en brincar fuera y enseguida fue imitado por el rajput.
Delante de la puertecita desquiciada, iluminados por varias antorchas, estaban en grupo los jinetes de Sindhia con las armas apuntadas.
No habían crecido en número, sin embargo, todavía eran demasiados como para empeñar con ellos un desesperado combate.
—¡Vamos, estamos atrapados! —dijo Kammamuri sin inquietarse demasiado—. Esto tarde o temprano tenía que pasar.
El comandante del pelotón descendió los escalones, teniendo en las manos un par de pistolas, y gritó:
—Ya los hemos alcanzado y no se nos escaparán más.

lunes, 11 de abril de 2022

X. El gurú


—¿Y los caballos cómo van? —preguntó Kammamuri.
—Están agotados —respondió el rajput— y no sé si durarán otra media hora. Sus pulmones soplan como fuelles y sus flancos laten febrilmente. No pueden más. Creo que con estas bestias jamás llegaremos a las mesetas de Sadiya.
—No has hecho un buen descubrimiento —respondió Kammamuri—. Para subir allí, se necesitaría un buen elefante.
—¿Dónde encontrarlo?
—Hay muchos salvajes en las florestas de este vasto imperio. Ve a tomar uno, edúcalo de modo que te obedezca enseguida...
—¿Para perder un mes, sahib?
—También tres, mi querido —respondió el maratí—. De modo que estaremos obligados a tirar adelante con estas pobres bestias que ya están débiles. No sé qué decir. Todas las divinidades de la India protegen a aquel bribón de Sindhia... ¡Ah, allí!

miércoles, 30 de marzo de 2022

IX. La noche en la jungla


El rajput y Kammamuri, antes de que el coche volcara, habían saltado ágilmente a tierra, mientras el mensajero era arrojado a diez pasos de distancia, en medio, para su fortuna, de un enorme cúmulo de hojas secas.
Los caballos, embarazados entre los tirantes, no se habían movido más. Eso sí, relinchaban desesperadamente como para pedir ayuda a los hombres contra la formidable fiera que se había anunciado, quizá todavía en ayunas, quizá también no sola.
—Sahib —dijo el mensajero, que había alcanzado prontamente a los caballos intentando calmarlos—, ustedes están mejor armados que yo: ayúdenme a salir del apuro.
—Estamos listos —respondió Kammamuri, que ya había armado la carabina, arrodillándose detrás del carro—. No somos hombres de tener miedo a uno o más tigres.
—¿Debo levantar a los caballos?
—Hasta que la bestia o bestias no se presenten, te lo prohibo. ¿Tienen las patas rotas?

miércoles, 2 de marzo de 2022

VIII. El correo indio


Grandes animales, dotados de una fuerza colosal, elefantes o rinocerontes, asaltados por cazadores o tomados por un imprevisto furor, habían desgarrado la jungla, abriendo un pasaje tal como para permitir la carrera incluso a cinco jinetes de frente.
Bambúes enormes, especialmente tulda, que son los gigantes de la especie y que alcanzan la altura de quince metros, yacían en el suelo con las raíces en el aire, cruzados en todas direcciones.
—Tendremos mucho que hacer para evitar todos estos obstáculos —dijo el maratí al gigante—. Cuida que tu caballo no se rompa las patas.
—Lo tengo bien estrechado —respondió el rajput—. Daremos grandes saltos.
—Que quizá no terminarán todos bien.
—¿Entonces no son saltadores los mongoles de buena sangre?