lunes, 14 de octubre de 2019

I. El abordaje de los malayos


Aquella noche todo el mar que se extiende a lo largo de las costas occidentales del Borneo era de plata.
La luna que subía al cielo con su cortejo de estrellas, a través de una purísima atmósfera, derramaba torrentes de luces celestes de una dulzura infinita.
Los navegantes no podían esperar una noche mejor, porque incluso el mar estaba calmadísimo y solamente una fresca brisa, impregnada de miles de perfumes de aquella isla maravillosa, lo hacía apenas encrespar.
Una gran nave a vapor que venía del septentrión se deslizaba dulcemente entre el banco de Saracen y la isla de Mengalum, humeando alegremente.
Sobre su estela, noctilucas y medusas subían, volviendo más viva la luminosidad de las aguas.
Había una fiesta aquella noche a bordo, porque el salón central estaba todo iluminado.
Un piano tocaba un walzer de Strauss, mientras la voz robusta de un tenor vibraba, lanzándose a través de las ventanillas abiertas y esparciéndose lejos sobre el mar de plata.
De pronto un grito se alza a proa.
—¡Stop la máquina!

lunes, 7 de octubre de 2019

La reconquista de Mompracem

Primera edición (Florencia, 1908)
“La riconquista di Mompracem”, es la segunda novela que Salgari publica con el editor Bemporad de Florencia, luego de abandonar a su histórico editor genovés Antonio Donath. Se lanzó directamente en formato de libro en 1908 con el nombre de “La riconquista del Mompracem”.

Según algunos expertos esta novela no fue escrita enteramente por Salgari, sino que recibió ayuda.

En “La reconquista de Mompracem”, Yanez (desde el comienzo) y Sandokan (recién hacia el final) intentan recuperar su añorada isla. También son de la partida Tremal-Naik, Kammamuri y sus últimos, y cada vez más viejos, cachorros de Mompracem.

martes, 1 de octubre de 2019

Se7en

Terminada la traducción de la séptima novela con bastante anticipación, me puse a completar y mejorar las traducciones de las anteriores, algo que venía prometiendo desde hacía rato.

En todas estoy agregando más ilustraciones de las ediciones originales, además de ajustar algunas referencias y completar otras. Estoy releyendo todo, ajustando fechas y lapsos temporales, para que tengan mayor coherencia, además de mejorar y corregir algunos errores que encuentro en los textos traducidos. Este proceso lo voy haciendo de a poco y espero terminarlo para principios de 2020.

La octava novela, que empieza en breve, no la había leído en su momento, así que me voy sorprendiendo a medida que traduzco. Seguramente también haga ajustes posteriores, conforme avance en la historia.

Según algunos expertos, se sospecha que Salgari recibió ayuda para escribir esta novela. Si es así, se nota, ya que en los primeros capítulos que estoy traduciendo, hay muchos más detalles de color, como referencias históricas, que en los anteriores libros.

La edición e-book de todo lo publicado sigue siendo un proyecto inconcluso, pero no abandonado. No prometo nada, porque es un trabajo que requiere bastante tiempo para que quede bien. No es cuestión de copiar y pegar, sino de hacer algo prolijo y que se adapte lo mejor posible a los e-readers. Igualmente, este blog se puede leer bien en celulares y tablets.

Bueno, como vengo diciendo desde hace ¿siete años ya?, espero que lo disfruten, y ya saben: ¡Toda ayuda es bienvenida!

martes, 17 de septiembre de 2019

XXVII. La toma de la capital


Toda la noche la flotilla bogó lentamente sobre el lago con las tripulaciones reducidas, no teniendo Sandokan ningún apuro en asaltar la capital.
Quería dar tiempo al griego y a los hijos del rajá de reconducir a las hordas dayak a la gran aldea para sorprenderlos a todos juntos y terminar con un golpe solo la campaña.
El rajá debía no obstante prepararse para una extrema defensa y reunir a su vez refuerzos. Y en efecto, cuando el viento giraba al septentrión llevaba a los oídos de los conquistadores los fragorosos sonidos de los gong.
En todas las aldeas costeras se daba la alarma, y quizá se reclutaban guerreros para conducirlos a la capital, ya gravemente amenazada después de que Sandokan se había apoderado por sorpresa de la flotilla.
Antes del alba las treinta barcas se alejaban nuevamente de las riberas para no dejarse ver. Afortunadamente el lago continuaba manteniéndose tranquilo y ninguna nube se mostraba sobre el terso cielo, por consiguiente no había que temer, al menos por el momento, ninguna tempestad, y los conquistadores podían mantenerse tranquilamente lejos de todos los puertos de refugio.

jueves, 5 de septiembre de 2019

XXVI. El lago misterioso


Por cuatro días los hombres de la expedición descansaron sobre el margen de las tierras bajas, comiendo abundantemente y durmiendo sabrosamente.
De vez en cuando algún explorador llegaba, pero sin traer noticias importantes de los misteriosos movimientos de los enemigos.
Algunos se habían arriesgado incluso a las orillas del gran lago, sin haber encontrado a las hordas de los dayak. Solamente unos pocos pelotones de exploradores habían sido divisados al poniente del Kinabalu.
—¿Dónde se encuentra entonces el grueso de las gentes del rajá blanco? —Esto era lo que se había preguntado continuamente, no sin cierta inquietud, Sandokan, durante aquella larga parada.
El quinto día, después de un breve consejo de guerra mantenido por los jefes y subjefes, el avance fue decidido. Ya que los dayak no se sentían con suficientes fuerzas como para detener a los conquistadores, no había otra cosa que hacer que ir a buscarlos y asaltar resueltamente su capital.
—Terminémosla —dijo Yanez, mientras las columnas se organizaban—. Tengo prisa por desayunar en la ciudad principal de aquel pillo rajá. Veremos si su palacio real vale tanto como el mío.
Los conquistadores estaban por ponerse en marcha, cuando llegaron al campo dos negritos, de los cuales Sandokan no había tenido más noticias y que ya habían sido considerados como perdidos.

jueves, 22 de agosto de 2019

XXV. Sobre las puntas de las flechas envenenadas


No se trataba verdaderamente de una colina, sino de una simple ondulación del suelo, larga de apenas un centenar de metros y ancha de no más de una docena, emergente del lodo y del agua una media docena de pies y no más. Las plantas, casi todas de gran fuste, habían resistido al incendio, aunque perdiendo, como habíamos dicho, todas sus hojas, la corteza y los calamus rotang que lo envolvían y que las habían quizá preservado de una destrucción total.
Un número extraordinario de cacatúas, argos y cálaos rinocerontes, se había refugiado en sus ramas medio carbonizadas. Aquellas aves parecían todavía atontadas por el espanto sentido y no se habían movido viendo llegar a la columna.
La comida estaba asegurada. En efecto los malayos y asameses, que eran los mejores tiradores, no dejaron escapar la ocasión conseguirla. Mientras los negritos, ayudados por sus mujeres y por los dayak, preparaban el campo, formidables descargas atronaron sobre toda la línea de la ondulación haciendo caer una verdadera lluvia de aves.
Sandokan, Yanez y Tremal-Naik se habían mientras tanto dirigido hacia la otra parte de la pequeña loma para dar una mirada a la vasta llanura. Más allá el agua se extendía hasta perderse de vista, cubriendo el estrato de cenizas por varias pulgadas.
—¿Una verdadera inundación, entonces, Sandokan? —preguntó Tremal-Naik.
—Lo ves —respondió el Tigre de la Malasia.

lunes, 12 de agosto de 2019

XXIV. Otra emboscada del griego


Las dos columnas, ahora ya reunidas, habían reanudado la carrera hacia las florestas de la montaña, protegidas por las espingardas maniobradas por Kammamuri y por sus diez hombres.
Los dayak, siempre valientes, no habían tardado en reordenarse lo mejor que pudieron e intentaban volver nuevamente a la carga, para destruir a sus formidables adversarios antes de que hubiesen podido encontrar un asilo seguro sobre la cima del Kinabalu.
Eran por otra parte esfuerzos inútiles ya, porque en pocos minutos las dos columnas se encontraban en medio de los montes.
Incluso las cuatro espingardas de Sambigliong habían sido puestas en batería cerca de las de Kammamuri y comenzaban a abrir fuego, apoyadas por más de trescientas carabinas.
El impulso de los dayak fue por consiguiente enseguida detenido, y aquellos salvajes, ahora ya convencidos de haber perdido la jornada, se replegaban desordenadamente ante aquel huracán de plomo y de hierro que hacía verdaderos estragos.
—Creo que la batalla ha terminado —dijo Sandokan que dominaba la situación de lo alto de una roca, junto con el inseparable Yanez—. Por un tiempo los cazadores de cabezas y el griego nos dejarán, espero, tranquilos. Ordena a Kammamuri hacer retirar las espingardas hacia la desembocadura del barranco y nosotros alcancemos la cumbre.
—No hay más que hacer —respondió el portugués que observaba en aquel momento, más que a los dayak, a su sombrero atravesado por una flecha, probablemente envenenada, sin no obstante manifestar la menor emoción por el peligro evitado—. ¿Y Sambigliong?

martes, 30 de julio de 2019

XXIII. Sobre el Kinabalu


La columna, aún cuando extremada de fuerzas, se había vuelto a poner en camino a través de aquella interminable llanura herbácea, que recordaba a las inmensas estepas del Turquestán. Un aire caliente y pesado, presagio de algún otro huracán, reinaba sobre la tierra baja que descendía hacia el gran lago del Borneo septentrional.
No obstante ninguna nube vagaba en el cielo transparentísimo, tachonado por miríadas y miríadas de astros fulgidísimos.
A lo lejos mugían los grandísimos sapos de los pantanos, y de vez en cuando se alzaba el “ha-hug” de algún tigre hambriento, rabioso por no haber podido todavía encontrar su cena.
De trecho en trecho un soplo de aire muy caliente, que venía de las regiones meridionales, pasaba sobre la llanura cortando la respiración y curvando las altas hierbas con un susurro que no tenía nada de desagradable pero que alarmaba a los negritos que esperaban a cada instante ver surgir, entre aquellos vegetales, a los cazadores de cabezas.
Aquella segunda marcha, más veloz que la primera, duró hasta el alba; luego negritos, asameses y malayos se dejaron caer al suelo. Incluso Sandokan, Yanez y Tremal-Naik no podían más.

lunes, 15 de julio de 2019

XXII. La retirada al Kinabalu


Sandokan y Yanez se habían arrojado abajo de la roca, decididos a oponer la más desesperada resistencia en espera de la señal, no queriendo absolutamente intentar el descenso, si antes no tenían la certeza de que Sapagar y el jefe de los negritos estaban seguros.
El éxito de la expedición podía depender ahora de aquellos dos hombres. Un refuerzo de veinte malayos, probados en todas las batallas por tierra y por mar y además cargados de municiones, no era para despreciarse en una lucha que podía preparar, sobre las orillas del misterioso lago, inoportunas y gravísimas sorpresas.
Los cuatro grupos, a la alarma dada por el centinela, habían enseguida respondido con cuatro sonoros tiros de espingarda, cubriendo de clavos los flancos del Kaidangan.
Los dayak debían haber sentido el efecto de aquellos abundantes chorros de clavos, porque las descargas fueron seguidas por agudísimos alaridos de dolor.

lunes, 1 de julio de 2019

XXI. El ataque al Kaidangan


Los previsores malayos y negritos, que conocían mucho mejor que los asameses el Borneo, sus florestas y sus páramos interminables, cortadas una veintena de gigantescas patas de rinoceronte que podían pasar, hasta cierto punto, como enormes jamones si hubiesen estado ahumadas, a los comandos lanzados por Sapagar y Kammamuri habían reanudado la marcha, ansiosos por descansar con total seguridad, sobre las faldas o sobre la cima del Kaidangan, ya muy cerca.
Desembarazados de aquellos molestos rinocerontes, podían ahora proceder tranquilos, no teniendo que temer mas que un asalto por parte de los dayak guiados por el griego, asalto muy problemático, al menos por el momento, según el parecer de Sandokan y Yanez. Fue solamente hacia el ocaso que la tropa alcanzó la base del Kaidangan.
Aún cuando se quisiera llamarla cadena, no es mas que un pico aislado, de dimensiones enormes, que no alcanza por cierto los mil metros de altitud, con vastos flancos cubiertos de densas florestas.