lunes, 15 de julio de 2019

XXII. La retirada al Kinabalu


Sandokan y Yanez se habían arrojado abajo de la roca, decididos a oponer la más desesperada resistencia en espera de la señal, no queriendo absolutamente intentar el descenso, si antes no tenían la certeza de que Sapagar y el jefe de los negritos estaban seguros.
El éxito de la expedición podía depender ahora de aquellos dos hombres. Un refuerzo de veinte malayos, probados en todas las batallas por tierra y por mar y además cargados de municiones, no era para despreciarse en una lucha que podía preparar, sobre las orillas del misterioso lago, inoportunas y gravísimas sorpresas.
Los cuatro grupos, a la alarma dada por el centinela, habían enseguida respondido con cuatro sonoros tiros de espingarda, cubriendo de clavos los flancos del Kaidangan.
Los dayak debían haber sentido el efecto de aquellos abundantes chorros de clavos, porque las descargas fueron seguidas por agudísimos alaridos de dolor.

lunes, 1 de julio de 2019

XXI. El ataque al Kaidangan


Los previsores malayos y negritos, que conocían mucho mejor que los asameses el Borneo, sus florestas y sus páramos interminables, cortadas una veintena de gigantescas patas de rinoceronte que podían pasar, hasta cierto punto, como enormes jamones si hubiesen estado ahumadas, a los comandos lanzados por Sapagar y Kammamuri habían reanudado la marcha, ansiosos por descansar con total seguridad, sobre las faldas o sobre la cima del Kaidangan, ya muy cerca.
Desembarazados de aquellos molestos rinocerontes, podían ahora proceder tranquilos, no teniendo que temer mas que un asalto por parte de los dayak guiados por el griego, asalto muy problemático, al menos por el momento, según el parecer de Sandokan y Yanez. Fue solamente hacia el ocaso que la tropa alcanzó la base del Kaidangan.
Aún cuando se quisiera llamarla cadena, no es mas que un pico aislado, de dimensiones enormes, que no alcanza por cierto los mil metros de altitud, con vastos flancos cubiertos de densas florestas.

lunes, 17 de junio de 2019

XX. Cargas furiosas


Los malayos, asameses y negritos, que estaban hartándose de carne de rinoceronte alrededor de las gigantescas hogueras, se habían todos levantado precipitadamente arrojándose sobre las pilas de carabinas, porque ni siquiera a ellos había escapado aquel amenazador “niff-niff”.
Si se hubiese tratado de un solo animal, quizá no hubieran estado muy preocupados; pero sabiendo que muchos otros vagaban por la floresta y completamente ciegos, no había mucho de qué reírse.
Aquellas masas, irritadas por las quemaduras, podían de un momento a otro regresar instintivamente sobre sus pasos y arrollar campamento y acampantes, sin que ninguna fuerza humana hubiese podido contener aquel impulso poderoso, espantoso. No obstante era cierto que los árboles todavía estaban ahí para ofrecer otra vez un asilo segurísimo.
Si no muchos, uno por lo menos de aquellos desgraciados animales circundaba en las cercanías del campo desahogando su rabia y sus dolores contra los arbustos y contra las plantas de tallo poco grueso.
Se oían crujidos que se volvían siempre más ruidosos y también el golpear sonoro de la cadena contra los troncos.

miércoles, 5 de junio de 2019

XIX. El asalto de los rinocerontes


Ocho días después, malayos, asameses y negritos abandonaban la aldea aérea y el campamento para reanudar su marcha hacia el Kinabalu.
La columna estaba soberbiamente organizada, porque Kammamuri, a fuerza de alaridos y golpes, había conseguido, cosa increíble, transformar a los cuarenta guerreros del jefe en verdaderos soldados, que hubieran podido no verse mal frente al 1er. Regimiento de Fusileros de Bengala, con gran estupor de Yanez, Sandokan y Tremal-Naik.
Decididamente incluso aquel fidelísimo sirviente del ex cazador de la jungla negra había nacido... general de la Confederación maratha, o por lo menos un excelente sargento instructor.

jueves, 23 de mayo de 2019

XVIII. Los sargentos instructores


Los negritos del Borneo, al igual que los de las Filipinas, de las Célebes, de Palawan y de otras grandes islas del mar de la China Meridional, sabiéndose demasiado débiles para oponer una válida resistencia a sus enemigos que parecen sentir una verdadera alegría feroz en destruirlos, como si fuesen espíritus maléficos, no construyen sus aldeas en tierra.
Con el propósito de preservarse de los imprevistos asaltos y estragos, prefieren, y no sin razón, formar, sobre altísimas plantas sólidas plataformas y levantar encima refugios que no se podrían llamar ni siquiera cabañas, porque no son más que simples cobertizos, abiertos a todos los vientos y a las furiosas lluvias que de vez en cuando, aunque con largos intervalos, se desencadenan sobre aquellas regiones ecuatoriales e intertropicales.

jueves, 16 de mayo de 2019

XVII. La aldea de los negritos


El combate ya había terminado y muy probablemente no se reanudaría.
Los dayak, completamente desbaratados por los tiros de espingarda, por las descargas incesantes de las carabinas y por la última carga guiada por Sandokan, habían ya renunciado a intentar contraataques contra los demonios de Mompracem y los montañeses que Yanez había conducido desde la India, gente no menos dura que los otros, a pesar de su aspecto delgadísimo y no muy guerrero.
Las dos columnas, después de haberse asegurado bien que entre los arbustos no hubieran mas que cadáveres, se habían batido solícitamente en retirada para ayudar a los hombres destinados al servicio de las espingardas.
La subida de la colina fue realizada sin que ninguna flecha envenenada partiese del frente de la inmensa floresta.
Los dayak, debían haber abandonado, al menos por el momento, definitivamente la empresa, demasiado superior a sus fuerzas, y también a su coraje.
Cuando Sandokan llegó al agujero, del cual salían ya densos nubarrones de humo apestoso, encontró a Yanez de pie sobre otra roca, con las manos hundidas en los bolsillos y el cigarrillo en la boca.

viernes, 3 de mayo de 2019

XVI. Los malayos al rescate


Mientras Sandokan y sus compañeros corrían peligro de morir quemados vivos dentro de la fatal caverna, o por lo menos asfixiados, el negrito galopaba desesperadamente a través de las florestas para alcanzar el río.
Deslizándose cautamente entre los arbustos que cubrían la colina, había conseguido escapar sin ser visto por los dayak que trabajaban alrededor de la cuenca de petróleo, y ganar la llanura.
Como todos los hombres primitivos, sabía orientarse enseguida sin tener necesidad de brújula. Incluso con el cielo cubierto habría conseguido igualmente encontrar la dirección justa.
Alcanzada la floresta, se había lanzado, con la agilidad de un ciervo, teniendo bien estrechado el trozo de papel y repitiendo los dos nombres de Yanez y del Tigre de la Malasia, por temor a olvidárselos. Siempre corriendo hasta el agotamiento, dos horas después alcanzaba el Marudu.
El río en aquel lugar estaba absolutamente desierto. Solamente bandadas de pájaros volaban de una a otra orilla, gritando a todo pulmón, como para saludar al astro diurno que estaba por surgir por encima de las grandes florestas.
El negrito se detuvo un momento, bebió un sorbo de agua, recogió una banana, luego volvió a partir a gran carrera.

lunes, 22 de abril de 2019

XV. Entre el fuego y las pitones


Yanez había puesto la cabeza fuera de la grieta y escuchaba con suma atención, aspirando fuertemente, de vez en cuando, el aire.
Golpes sonoros, producidos por el choque violentísimo de los pesados parang y de los campilán contra las rocas cubrían la inmensa caverna, resonando con una extraña regularidad.
Se habría dicho que los salvajes hijos de los bosques borneanos, bajo la dirección del maldito griego, se habían transformado, en ese momento, en bravísimos mineros.
Sandokan, Tremal-Naik y Kammamuri, que quizá no habían aún comprendido el terrible peligro que los amenazaba, esperaban pacientemente a que el portugués hubiese terminado sus observaciones.
Pasó un minuto, luego Yanez retiró la cabeza. Su cara estaba de tal manera ensombrecida que Sandokan se sintió golpeado.
—¿Qué sucede entonces? —preguntó—. En tantos años que has sido mi compañero, jamás te he visto tan inquieto como en este momento. Explícate, hermanito.

martes, 9 de abril de 2019

XIV. El asedio


Si una granada hubiese estallado a los pies de los dos cachorros de Mompracem y del viejo cazador de la jungla negra, habría producido ciertamente menos efecto que aquel nombre, arrojado allí, casi con indiferencia, por Kammamuri.
¡Teotokris, el condenado griego, el ex favorito del rajá del Assam, que había dado tanto hilo que cortar, se encontraba en el Borneo, a la cabeza de las salvajes hordas de dayak...!
Sandokan había sido el primero en reponerse del estupor inmenso que había producido aquel nombre.
—¿Qué has dicho, Kammamuri? —preguntó—. Repítenos aquel nombre.
—Sí, Teotokris está aquí, señores —dijo el indio.
—¡Es imposible...! —exclamaron a una voz Sandokan, Tremal-Naik y Yanez.
—¡Sí, Teotokris está aquí...! —repitió Kammamuri.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Yanez.
—¿Quién me lo ha dicho...? ¡Si lo he visto yo...!
—¡Tú...!

miércoles, 27 de marzo de 2019

XIII. La caverna de las pitones


No había un momento que perder. Aún cuando una pantera, manchada o negra, circundara en medio del cañaveral en busca de alguna presa, era ciertamente menos peligrosa que aquellos tres dayak que podían volverse diez, quince e incluso muchos más.
Los colmillos de las bestias feroces son indudablemente peligrosísimos, pero lo son más las flechas bañadas en el jugo del upas o del tjettek, contra el cual no hay ningún antídoto. El indio y el hijo de las selvas por consiguiente atravesaron rápidamente el cañaveral, dirigiéndose hacia el gran curso del río.
El negrito precedía al maratí, teniendo la cerbatana a la altura de la boca, listo para lanzar contra la terrible y hambrienta bestia la flecha mortal. Pero no avanzaba al azar. Cada dos o tres pasos se detenía para escuchar, luego abría con delicadeza las cañas y no daba un paso adelante si antes no estaba bien seguro de no divisar ningún punto luminoso. Llegados junto a la gran corriente del Marudu, el negrito, que no había dejado de inspeccionar el fondo cenagoso, se volvió hacia Kammamuri, preguntándole:
—Orang, ¿sabes nadar?
—¿Por qué me haces esta pregunta? —preguntó el indio.
—Si los dayak inspeccionan el cañaveral, estaremos obligados a abandonarnos a la corriente y a atravesar el río.