jueves, 10 de junio de 2021

V. El asalto de los tigres


El tren, a solo cincuenta metros de distancia, continuaba ardiendo, crepitando y tronando.
Todas las armas de fuego, poseídas por los desgraciados viajeros, al contacto de las llamas se descargaban con un estruendo ensordecedor, mandando proyectiles en todas direcciones.
Los cadáveres, ya cremados, no mandaban más ningún olor nauseabundo, no obstante un humo siempre densísimo todavía rondaba sobre los restos de los vagones. Eran las telas, esteras y almohadas que terminaban de consumirse junto con las colchonetas que servían de cama a la noche.
La locomotora, completamente destripada, todavía tenía trozos de carbón encendido y parecía que aún habiendo volcado, estuviera a punto de escapar de un momento a otro.
No obstante, el fuego cesaba rápidamente como también cesaba el que devoraba la jungla. La vegetación se desvanecía bajo los golpes de las llamas y yacía en tierra incinerada.

viernes, 28 de mayo de 2021

IV. El desastre


Toda Bengala está formada por planicies inmensas, ilimitadas, que siempre bajan al acercarse al delta del Ganges, empapándose de agua.
Las colinas se pueden contar con los dedos de una mano y no son mas que insignificantes elevaciones de algún centenar de metros, cubiertas por bosques impenetrables y habitadas por bestias feroces siempre al acecho.
Más allá de la estación de Bogra, la vegetación había cambiado bruscamente y ofrecía a las miradas maravilladas de los viajeros, ahora junglas gigantescas, pobladas por miríadas de marabúes y otras grandes zancudas, y ahora soberbias florestas de cocos, palmeras tara, mangiferas, pipal, todas plantas de tronco enorme y de follaje inmenso siempre verde oscuro.
Era la vegetación del delta, la verdadera vegetación bengalí.
El tren, lanzado siempre a buena velocidad, devoraba aquellas planicies sin ninguna dificultad, poniendo en fuga con su estrépito a millares y millares de aves y bandas de chacales. La línea era bastante buena y no siendo de un solo carril, no había peligro de ningún choque, al menos hasta más allá del paso del Ganges, todavía bastante lejano.

jueves, 13 de mayo de 2021

III. Dos bribones


Kammamuri y Timul, el joven buscador de pistas, no habían perdido el tiempo.
Después de una carrera furiosa sobre el dorso del penúltimo elefante que le quedaba a Yanez, habían llegado a Koch Bihar, la estación de ferrocarril más próxima a Assam, al menos en aquella época, porque hoy día las líneas se han triplicado, y cuyos trenes conducen directamente a Calcuta pasando a través de selvas inmensas infestadas de tigres y bandoleros indios, no menos audaces que los norteamericanos, y sobre puentes gigantescos tendidos sobre los grandes cursos de agua.
La Eastern Bengal Railway Company ha organizado un servicio verdaderamente admirable. Sus trenes se componen usualmente de pocos coches, bastante amplios y muy cómodos, provistos de cómodas banquetas elevadas, y que por medio de correas, a la noche, se pueden transformar rápidamente en camas.
En los lados opuestos a los compartimentos se abren dos o incluso tres lavabos, para arreglarse y aún para otras cosas que requieren los largos viajes con paradas a larguísimas distancias y bastante escasas.
Las ventanas están protegidas por esteras de vetiver, que son mantenidas siempre húmedas por depósitos especiales, de modo que la temperatura es relativamente fresca, también porque los coches tienen un doble techo que mitiga bastante el calor.

jueves, 29 de abril de 2021

II. La carga de Sahur


Aún cuando en el monte reinase una oscuridad profundísima, el pelotón se batía en retirada con mucha rapidez, ansioso por ponerse momentáneamente a salvo en la pagoda y esperar ahí al cornac.
No obstante, todos procuraban no desplazar las plantas, porque temían que los cercaran en aquellos alrededores, si no los rajputs, los conjurados que eran de temer mucho más.
No creían en absoluto que los parias hubiesen escapado todos, aún cuando nadie hubiese podido impedírselos después de aquella inesperada traición, porque podían haber salido por las otras puertas, dejando, en cambio, herméticamente cerrada la mayor.
Ningún ruido rompía el silencio de la noche. Solamente a lo lejos tres o cuatro chachales, probablemente no habiendo encontrado cena, desahogaban su malhumor con alaridos que atormentaban los oídos.
No obstante, los shikaris, expertos en las florestas, no avanzaban mas que con mucha precaución, pudiendo encontrarse imprevistamente ante algún tigre hambriento, uno de aquellos llamados comedores de hombres, que no vacilan en arrojarse incluso contra varias personas para llevarse alguna.

martes, 13 de abril de 2021

I. La fuga de los elefantes y los rajputs


Incluso Assam, como tantas otras partes de la India, es riquísima en pagodas, abandonadas por siglos y siglos en medio de las florestas por sus sacerdotes, por causas desconocidas.
Luego posee especialmente una, ya apretada por todas partes por los árboles, que muy poco tenía que envidiar al gran choultry de Madurai, una de las más magníficas que se encuentran en la India y que se dice costó treinta y dos años de trabajo.
Era precisamente la de Kalikò, que habría podido, por sus enormes dimensiones, por la magnificencia de sus esculturas, por la altura de sus techos, hacer palidecer incluso a las famosas de Benarés.
En un tiempo debió haber servido para numerosas peregrinaciones, luego quizá la guerra, los bandidos, los thugs, que no perdonaban ni siquiera a los sacerdotes, obligó a suspender sus fiestas sagradas y dejarse atrapar por las plantas parásitas, que son las más tremendas enemigas de los monumentos indostanos, y por los rotang y las lianas, con los calamus interminables que se habían enredado en sus majestuosas columnas, estrechándose alrededor de los gigantescos animales, en su mayoría elefantes de piedra, de estatura gigantesca, separados por las más extrañas encarnaciones de Visnú, y luego habían subido, muy alto, no detenidas más por ningún talwar, y habían invadido los altísimos techos piramidales, envolviendo todo, cubriendo todo.

martes, 6 de abril de 2021

La caída de un imperio

Primera edición (Florencia, 1911)
“La caduta di un impero”, es la cuarta novela que Salgari publica con el editor Bemporad de Florencia, luego de abandonar a su histórico editor genovés Antonio Donath. Se lanzó directamente en formato de libro en 1911, después del suicidio del autor el 25 de abril del mismo año.

Esta novela es una continuación directa de “Il bramino dell’Assam”, de la que no se tienen registros contables de los pagos por parte del editor a Salgari. Por lo que se sospecha que “La caduta di un impero” era el título real de la obra que abarca ambas novelas.

En “La caída de un imperio”, Yanez, junto a Tremal-Naik, Kammamuri y varios compañeros nuevos, se enfrentan a la rebelión desatada por el antiguo rajá Sindhia. Todavía habrá que esperar a la próxima novela para que Sandokan y sus cachorros entren en escena.

jueves, 1 de abril de 2021

Como lo prometido es deuda, pude terminar a tiempo —en 6 meses, en lugar de los 12 habituales— la novena novela de Los piratas de la Malasia. Como quedó explicado en el post introducción de El brahmán de Assam, la novela, en realidad, es la primera parte de La caída de un imperio. Por lo tanto, en algunos días comenzarán a llegar los nuevos capítulos de la décima novela, que terminarán a fines de septiembre de 2021, si todo sale de acuerdo a lo planificado.

Debido a la extensión de la traducción, no pude avanzar con las ediciones e-book. Seguramente quede para el próximo año.

Y antes de terminar, quería dedicar este blog a la memoria de Oscar Rodríguez, ex compañero de laburo, recientemente fallecido en la ciudad de Quebec (Canadá), debido a la pandemia global de COVID-19. Se contagió mientras asistía como voluntario a personas mayores en el Centro de Alojamiento de Saint-Antoine. La muerte lo encontró, solo en su departamento, lejos de sus familiares y sin recibir asistencia médica de ningún tipo.

La última foto que me compartió Oscar, de la primera nevada en su barrio (Quebec, 26 de octubre de 2020)


lunes, 29 de marzo de 2021

XII. La pagoda de Kalikò


Diez minutos después, Yanez, Tremal-Naik, la rani que tenía al pequeño Soarez en brazos y que parecía no estar más presa de aquel misterioso hipnotismo, y Kammamuri, se encontraban reunidos en una cómoda sala, amueblada a la inglesa antes que a la india, con poquísimos muebles, vastas sillas poltronas de bambú, una mesa larguísima con capacidad incluso para treinta personas, y numerosas ménsulas sosteniendo botellas polvorientas.
Los dos cocineros del palacete, ya informados de que el maharajá y sus compañeros deseaban desayunar, habían preparado la mesa, adornándola también con muchas flores.
Perfumes agudos salían de las cocinas esparciéndose incluso en la sala, con gran cólera de Yanez, que por temor a sufrir la suerte de sus ministros, se había jurado no comer mas que huevos duros, abiertos con sus propias manos, y cocos partidos en su presencia.
—¡Miren a qué se ha reducido un maharajá...! —exclamó, golpeando el puño sobre la mesa—. A no poder sacarse el hambre.
—¿Pero temes que también nos envenenen? No lo osarían, mi señor —dijo Surama.
—La traición nos envuelve, mi querida, y no sabemos qué preparan los contratados por Sindhia, que parecen ser todos parias. Tienen demasiado conocimiento de los venenos.

lunes, 15 de marzo de 2021

XI. Noche de angustia


El huracán arreciaba siempre con creciente espanto sobre la capital.
La India sufre de largas sequías, no obstante, como todas las regiones casi ecuatoriales, de vez en cuando se desencadenan y sin que nada los haga prever, ciclones que nada tienen que envidiar en violencia a los de las Antillas, que son tan tristemente famosos.
El cielo, poco antes limpísimo, se cubre imprevistamente de gigantescos nubarrones de color blancuzco que soplan viento a través de sus grietas. Y no son ya ráfagas: son golpes de viento acompañados por descargas eléctricas y truenos. Es siempre recordado en India el famoso ciclón de 1864. El cielo estaba limpísimo sobre Calcuta, la grandiosa capital de Bengala, cuando para el estupor de todos los habitantes se oscureció.
Un viento terrible se desencadenó, junto con la lluvia y los relámpagos, rechazó las aguas del Hugli, que es el último brazo del Ganges y en un momento arrastró a doscientas cuarenta naves, estrellándolas unas contra otras y ahogando a las tripulaciones que, de la población, no podían obtener ninguna ayuda. Colapsaron barrios enteros, fueron derribados imponentes palacios que parecían haber desafiado los siglos, llevados como paja de los pórticos inmensos. Todo quedó patas para arriba y veinte mil personas, entre indios y europeos, permanecieron sepultadas entre las ruinas y cien mil, en las inmensas llanuras que circundan la capital, ya que ninguna aldea pudo resistir a las furias del ciclón.

viernes, 26 de febrero de 2021

X. En búsqueda de la rani


Por desgracia, el incendio ya se había apoderado completamente del imponente y magnífico palacio de los rajás de Assam y, pésimamente combatido por aquella decena de bombas desquiciadas (que a cada momento dejaban de funcionar, estando las mangueras todas acribilladas quizá por los dientes de las ratas, la plaga de la India), devoraba con mayor furor, alimentado por el viento nocturno que descendía de las no lejanas montañas. Si las poderosas murallas de piedra y los dos pisos inferiores resistían, los techos y las galerías de madera de palisandro, y los pisos superiores de palo de rosa, se quemaban alegremente, lanzando hacia el cielo llamas espantosas.
Ya los rajputs, la policía y la muchedumbre, desanimados por la inutilidad de sus esfuerzos y espantados por los continuos remolinos de chispas que salían de las ventanas y que se derramaba en las calles mordiendo las carnes desnudas de los indios, habían renunciado a la lucha. Solamente hacia un ángulo del palacio, donde se encontraban los apartamentos de la rani, las bombas funcionaban bien o mal, y los rajputs desplegados en grandes cadenas no cesaban de pasarse grandes baldes de agua que luego eran vaciados dentro del gigantesco horno.