lunes, 22 de abril de 2019

XV. Entre el fuego y las pitones


Yanez había puesto la cabeza fuera de la grieta y escuchaba con suma atención, aspirando fuertemente, de vez en cuando, el aire.
Golpes sonoros, producidos por el choque violentísimo de los pesados parang y de los campilán contra las rocas cubrían la inmensa caverna, resonando con una extraña regularidad.
Se habría dicho que los salvajes hijos de los bosques borneanos, bajo la dirección del maldito griego, se habían transformado, en ese momento, en bravísimos mineros.
Sandokan, Tremal-Naik y Kammamuri, que quizá no habían aún comprendido el terrible peligro que los amenazaba, esperaban pacientemente a que el portugués hubiese terminado sus observaciones.
Pasó un minuto, luego Yanez retiró la cabeza. Su cara estaba de tal manera ensombrecida que Sandokan se sintió golpeado.
—¿Qué sucede entonces? —preguntó—. En tantos años que has sido mi compañero, jamás te he visto tan inquieto como en este momento. Explícate, hermanito.

martes, 9 de abril de 2019

XIV. El asedio


Si una granada hubiese estallado a los pies de los dos cachorros de Mompracem y del viejo cazador de la jungla negra, habría producido ciertamente menos efecto que aquel nombre, arrojado allí, casi con indiferencia, por Kammamuri.
¡Teotokris, el condenado griego, el ex favorito del rajá del Assam, que había dado tanto hilo que cortar, se encontraba en el Borneo, a la cabeza de las salvajes hordas de dayak...!
Sandokan había sido el primero en reponerse del estupor inmenso que había producido aquel nombre.
—¿Qué has dicho, Kammamuri? —preguntó—. Repítenos aquel nombre.
—Sí, Teotokris está aquí, señores —dijo el indio.
—¡Es imposible...! —exclamaron a una voz Sandokan, Tremal-Naik y Yanez.
—¡Sí, Teotokris está aquí...! —repitió Kammamuri.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Yanez.
—¿Quién me lo ha dicho...? ¡Si lo he visto yo...!
—¡Tú...!

miércoles, 27 de marzo de 2019

XIII. La caverna de las pitones


No había un momento que perder. Aún cuando una pantera, manchada o negra, circundara en medio del cañaveral en busca de alguna presa, era ciertamente menos peligrosa que aquellos tres dayak, los cuales podían volverse diez, quince e incluso muchos más.
Los colmillos de las bestias feroces son indudablemente peligrosísimos, pero lo son más las flechas bañadas en el jugo del “upas” o del “tjettek”, contra el cual no hay ningún antídoto. El indio y el hijo de las selvas por consiguiente atravesaron rápidamente el cañaveral, dirigiéndose hacia el gran curso del río.
El negrito precedía al maratí, teniendo la cerbatana a la altura de la boca, listo para lanzar contra la terrible y hambrienta bestia la flecha mortal. Pero no avanzaba al azar. Cada dos o tres pasos se detenía para escuchar, luego abría con delicadeza las cañas y no daba un paso adelante si antes no estaba bien seguro de no divisar ningún punto luminoso. Llegados junto a la gran corriente del Marudu, el negrito, que no había dejado de inspeccionar el fondo cenagoso, se volvió hacia Kammamuri, preguntándole:
—“Orang”, ¿sabes nadar?
—¿Por qué me haces esta pregunta? —preguntó el indio.
—Si los dayak inspeccionan el cañaveral, estaremos obligados a abandonarnos a la corriente y a atravesar el río.

miércoles, 13 de marzo de 2019

XII. La fuga milagrosa


Se había trepado sobre el techo, a riesgo de tener una espantosa caída, y manteniéndose bien firme sobre los travesaños y las ligaduras de las grandes hojas de “arengas sacchariferas” y de bananos, amontonadas en estratos, había conseguido llegar a las aves.
—Mis queridas —dijo—, lo siento por ustedes; pero el hambre no razona, y luego los dioses las han creado para llenarnos el vientre.
Las cacatúas protestaron estrepitosamente, aleteando e intentando picotear al hambriento. El maratí no era no obstante hombre de espantarse por tan poco.
Alargó las manos, aferró al ave más grande y la estranguló.
—Por hoy bastará —dijo luego retrocediendo con prudencia—. No consumamos de golpe nuestras provisiones. Y luego el salvaje que me hace compañía deberá contentarse con la cabeza y las tripas. Ya que no ha sido él quien se expusiera al peligro de romperse el cuello.
Alcanzó el borde del techo y se dejó caer ligeramente sobre la pequeña veranda, teniendo bien estrechada a la desgraciada ave.
Estaba por entrar en la choza, cuando oyó hacia tierra golpes sonoros, los cuales repercutían en los bambúes entrecruzados que formaban el sostén.
Kammamuri se inclinó sobre el pequeño parapeto de la veranda y vio a los cuatro dayak de guardia cortar con grandes golpes de “parang ilang” las dos larguísimas pértigas que servían de escala.

miércoles, 27 de febrero de 2019

XI. La reaparición del griego


Kammamuri, como ya habíamos dicho, arrojado al aire por el golpe formidable de la vanguardia de los machos, no había tenido la suerte de sus compañeros de agarrarse enseguida a los “rotang” y a los “nepentes”.
Cayendo a través de un ancho agujero de la red vegetal, se había desplomado desde una altura de media docena de metros, cayendo afortunadamente, después de un par de vueltas sobre sí mismo, justo a horcajadas de una magnífica bestia.
No habiendo perdido nada de su sangre fría y comprendiendo que no habría salido ciertamente vivo, si se hubiese dejado deslizar al suelo, se había enseguida agarrado con suprema energía a los cuernos.
El animalazo, creyendo ciertamente haber sido asaltado por algún tigre o por alguna pantera negra, se había arrojado a carrera precipitada, mugiendo desesperadamente, seguido por toda la vanguardia.
Aquella fuga debía ser, al menos en aquel momento, la salvación del indio.
Teniendo la carabina en bandolera y las municiones bien aseguradas, se había tendido a lo largo del dorso del macho, dejándose transportar en aquella carrera desenfrenada.
El animal galopaba furiosamente, desfondando con ímpetu irresistible los arbustos que le impedían el paso y haciendo saltar de un golpe “rotang” y “nepentes”.

martes, 12 de febrero de 2019

X. Los búfalos salvajes


La noche era magnífica.
La luna ya había salido y proyectaba, entre aquella inmensa masa de vegetales, torrentes de luz azulada, formando bajo los fragmentos de las gigantescas bóvedas, manchas centelleantes.
Una fresca brisa soplaba de la parte del río, haciendo crepitar las enormes hojas de las palmeras, de los cocoteros y de los bananos silvestres.
Entre aquel océano de luz revoloteaban, como cegados por tanto esplendor, grandísimos murciélagos, de alas extraordinariamente desarrolladas, el hocico de zorro y el cuerpo peludo. A lo lejos el Marudu mugía sombríamente, rompiendo contra las orillas y en medio de los cañaverales que cubrían los islotes.
Sandokan, que estaba habituado a recorrer las florestas desde niño, se había orientado rápidamente, guiando a sus compañeros hacia el levante.
No había transcurrido media hora, cuando se encontraron nuevamente en la orilla del Marudu, a unas millas más arriba del lugar donde había naufragado la barcaza.
El río centelleaba como un gigantesco curso de bronce fundido y tenía resplandores soberbios, que eran, de vez en cuando, rotos por la brusca aparición de alguna banda de gaviales hambrientos.

viernes, 25 de enero de 2019

IX. La sorpresa nocturna


Sobre la cima del gigantesco árbol se oían espantosos aullidos, acompañados por crujidos que crecían en intensidad y por una verdadera tormenta de enormes frutas.
Los dos “mawas”, macho y hembra, percatados sin duda de la presencia de aquellos intrusos, se agitaban furiosamente, sacudiendo las ramas cargadas de fruta, con la esperanza de matarlos.
Yanez, Sandokan y sus compañeros, percatados a tiempo de aquella granizada mortal, habían escapado inmediatamente, poniéndose a salvo bajo los densísimos sarmientos de los “piper nigrum”.
—¿Se han vuelto rabiosos, aquellos bestiones? —preguntó Kammamuri, que aparecía un poco espantado, después de la terrible aventura que recién había tenido.
—No te desearía que te encuentres ante ellos en este momento —respondió Yanez—. Si no son molestados, escapan normalmente a los hombres y se van por su camino. Pero cuando los “mawas” se ven asaltados, se vuelven extremadamente peligrosos. No te dejes capturar una segunda vez, porque no respondería por tu vida.
—Intentemos fusilarlos a distancia —dijo Sandokan, el cual tenía la carabina apuntada a lo alto—. Si las hojas no escondiesen su nido, a esta hora alguno habría ciertamente caído a nuestros pies con los miembros fracturados.
—¿Nido, has dicho? —preguntó Tremal-Naik—. Los cuadrumanos no son pájaros, me parece.

viernes, 11 de enero de 2019

VIII. La caza al mawas


La barcaza en efecto se hundía, si no rápidamente, al menos continuamente.
Amenazaba de un instante al otro con volcarse sobre estribor, hacia el cual gravitaban los largos cuerpos de los saurios fulminados por las terribles descargas de los cuatro valientes aventureros.
Yanez había sido el primero en saltar sobre la toldilla, sobre la cual ya se encontraba al menos un pie de agua, y había sido rápido como para apoderarse de la caja llena de municiones, puesta encima del cabrestante de proa.
Los otros no habían tardado en seguirlo.
—¿No se hunde todavía entonces? —preguntó Yanez—. Es una barcaza verdaderamente maravillosa.
—¡Si el agua continúa subiendo! —dijo Tremal-Naik.
—Muy lentamente no obstante —dijo Sandokan—. Los toneles todavía no se han desmoronado, por lo que parece.
—Pero descendamos —dijo Kammamuri—. Las amuras ya beben.
—No estamos mas que a quince metros de la orilla —respondió Yanez—. ¿Tienes miedo tú de atravesar un riacho?
—Si estuviésemos en otro lado, no lo llamarías así, Yanez.
—¿No me llamas más “rajá” entonces, bribón? ¡Soy el príncipe consorte de la “rani” del Assam...!
Un estrépito de risa siguió a la respuesta.

lunes, 31 de diciembre de 2018

VII. El asalto de los gaviales


La batalla aumentaba de veras y amenazaba también con terminar no demasiado bien para los tigres de Mompracem y para los asameses que Yanez había conducido desde la India.
El ataque de los dayak, acertadísimo, contra aquellos leños que en vano habían intentado abordar en la bahía de Kudat, continuaba con un empeño feroz por parte de los isleños, los cuales parecían resueltos a vengarse de la derrota sufrida.
Los troncos continuaban descendiendo, chocando no sólo la barcaza, sino también los “praos”, cuyas cuadernas no podían ofrecer gran resistencia.
Centenares de hombres, protegidos por la oscuridad, los empujaban, intentando desfondar los flancos de los pequeños navíos, y no pensaban solamente en destruirlos, porque disparaban de vez en cuando no pocos tiros de arcabuz y descargaban gran número de dardos.
Los malayos y los indios, habiendo ya comprendido que la barcaza corría peligro de hundirse, habían cortado los remolques; y puesto que el viento faltaba absolutamente, iban a la deriva, defendiéndose ferozmente.

viernes, 14 de diciembre de 2018

VI. Los misterios de las florestas


Hacia el ocaso del día siguiente, la barcaza a vapor regresaba a la bahía de Marudu, llevando a Sandokan, Yanez, Tremal-Naik, Kammamuri y quince malayos.
Fue para todos un golpe fulminante enterarse que el “yacht” había saltado por el aire junto con Nasumbata, el “khidmatgar” y los dos malayos de guardia, porque no podían exactamente saber cómo habían ido las cosas.
Los cuatro hombres, después de haber interrogado a malayos e indios, se habían reunido en la playa, mirando hacia el lugar que veinticuatro horas antes el “yacht” ocupaba.
—Vamos, Yanez —dijo Sandokan, el cual aparecía un poco preocupado—. ¿Qué dices de este inesperado desastre?
—¡Por Júpiter...! —exclamó el portugués, el cual no parecía menos impresionado ni menos sorprendido—. Yo me preguntaba en este momento si tú estás verdaderamente seguro de tus hombres.
—Cuando tú estabas con los cachorros de Mompracem, ¿alguna vez te has percatado de que pudiese haber traidores?
—Pero, hermanito. Tú, para ellos, has sido siempre una especie de semidiós.