jueves, 12 de julio de 2018

XXIV. La rendición de Yanez


El elefante, derribado el obstáculo, se había apresuradamente alejado una veintena de pasos, luego se había volteado presentando a los asediados su formidable trompa, que estrechaba en la extremidad una maciza barra de hierro.
Sentado entre las dos orejas estaba su “cornac”, armado con el gancho a fin de empujarlo al ataque.
Detrás y a los flancos se habían reunido treinta o cuarenta “sijes”; no obstante otros debían encontrarse en el patio a juzgar por los gritos y por los comandos que se oían.
La puerta era tan amplia que el elefante podía entrar sin esfuerzo a la sala, la cual, quizá en otros tiempos, había servido de cuadra para aquellos colosales paquidermos.
Antes de que el gran animal subiese al primer escalón, una veintena de “sijes” se arrojaron adelante, disparando a lo loco entre los divanes y las sillas, con la esperanza de hacer descargar las carabinas de los asediados; estos no obstante, que estaban bien reparados de las balas de los adversarios, se cuidaron bien de caer en la trampa.
No recibiendo respuesta, los “sijes”, después de haber consumido sin ningún resultado un centenar de cartuchos, dejaron el paso al paquidermo, el cual avanzó valientemente obstruyendo, con su cuerpazo, toda la puerta.
Era el momento esperado por Yanez.

martes, 3 de julio de 2018

XXIII. Las terribles revelaciones del griego


Yanez no debía aún haber llegado a su apartamento, cuando las cortinas que servían, como habíamos dicho, de fondo al lecho-trono, sobre el que se encontraba todavía el “rajá”, se abrieron y Teotokris apareció. Este no estaba aún completamente recuperado y ciertamente el príncipe no lo esperaba, porque, al divisarlo, no pudo frenar un gesto de sorpresa, exclamando al mismo tiempo:
—¡Tú...!
—Yo, Alteza —respondió el griego.
—¿Por qué has dejado tu lecho? Esa es una imprudencia.
—La gente que pertenece a mi raza, es la más sólida de la Europa —dijo— y luego no me gusta cansarme en el lecho.
—¿Entonces está mejor tu herida?
—Dentro de pocos días no quedará, sobre mi piel, ningún rastro más.
—¿Y por qué te has levantado?
—Porque quería escuchar lo que decía aquel milord.
—¿No sabes entonces que ha vencido?
—Desgraciadamente —respondió el griego con los dientes estrechados—. Sin embargo yo había urdido bien la cosa y si perdía, tú habrías podido desembarazarte para siempre de aquel espía.
—¡Espía! —exclamó el “rajá”.

viernes, 29 de junio de 2018

XXII. La prueba del agua


Soñaba con Surama, que ya veía sentada sobre el trono del “rajá”, con un “dhoti” azul todo estrellado de diamantes de Guyarat y de Visapur, cuando tres golpes fuertísimos, dados contra la puerta de su habitación, lo hicieron brincar en pie.
—¡Entra, por Júpiter! —exclamó con voz tonante—. ¿Es ese el modo de despertar a un milord?
El mayordomo, todo humilde, avanzó diciendo:
—Señor, es mediodía.
—¡Ah! buenísimo. No me acordaba más de la orden que te había dado. ¿Han preguntado por mí?
—Varias veces, señor, un oficial del “rajá” se ha presentado insistiendo en verlo.
—¿Y mis malayos no se han fastidiado?
—Han terminado por arrojarlo escaleras abajo.

viernes, 22 de junio de 2018

XXI. Una cacería emocionante


Mientras Sandokan trabajaba tenazmente y con buena suerte para liberar a Surama, Yanez descansaba, al menos aparentemente, en la corte del “rajá”, pasando su tiempo bebiendo, comiendo, y fumando la mayor cantidad de cigarrillos que podía y admirando las bellísimas “bayaderas”, que cada noche entrelazaban danzas en el vasto patio del palacio al sonido de los tambores de todo tipo, y a los luchadores, teniendo siempre un buen número los príncipes indios.
No perdía no obstante de vista al griego y no dejaba de informarse minuciosamente, cada mañana, de la recuperación de su adversario, sabiendo bien que el mayor peligro estaba oculto en el cerebro de aquel aventurero.
Una cosa no obstante lo había atormentado enseguida, cierta frialdad que había notado en el “rajá”. Después de aquella famosa representación teatral y su duelo, el príncipe no se había ocupado más de él, ni tampoco lo había hecho llamar, como si en todo el reino los animales feroces hubiesen desaparecido.
Esto aburría no poco a aquel hombre de acción que era todo menos un amante de la pereza y la indolencia india.
—¡Por Júpiter! —exclamaba cada mañana, rodando bajo su espléndido lecho dorado y tallado—. ¿Qué cazador soy entonces yo? ¿Es posible que los animales feroces no coman más indios en el Assam? Sin embargo los tigres no deben faltar en este país que tiene tantas florestas y tantas junglas.

martes, 12 de junio de 2018

XX. La retirada a través de los techos


Como Bindar había dicho, justo bajo la pared que sostenía la última azotea, se abrían dos ventanas bastante angostas, pero suficientes como para dejar pasar un hombre, y reparadas por simples esteras de cocotero.
Sandokan que se había reunido con Tremal-Naik, Kammamuri y Surama, después de haberlas observado un momento, sacó de la faja el “kris” y con un golpe sólo destripó el grosero tejido, introduciendo la cabeza a través del desgarro.
—¿No hay nadie? —preguntó el bengalí.
—Parece que los gritos y los fusilazos no han aún estropeado el sueño a los habitantes de esta casa —respondió Sandokan—. ¿Quién tiene una antorcha?
—Yo, “sahib” —respondió Bindar.
—Enciéndela, muchacho previsor.
—Aquí está amo.
El Tigre de la Malasia desfondó la estera arrancándola completamente; tomó la antorcha, armó la pistola y entró en un cuchitril lleno solamente de viejos muebles fuera de uso.
—Que todos me sigan —comandó— y tengan listas las armas.

martes, 22 de mayo de 2018

XIX. La liberación de Surama


Sandokan se encontró en un espléndido dormitorio, de estilo griego oriental, adornado con riquísimos divanes de seda blanca, bordados de oro, de tapetes turcos y persas y de amplias cortinas de seda azul colocadas delante de las ventanas. Sólo el lecho, macizo, con incrustaciones de madreperla y que se encontraba justo en el medio, y algunos muebles ligeros, eran de procedencia india.
Surama, viendo entrar a Sandokan, se le lanzó encima conteniendo, como habíamos dicho, a duras penas un grito. El mayordomo del favorito le había hecho poner un amplio “sari” de seda rosada, con un gran dobladillo azul, que hacía doblemente resaltar la morena belleza de la joven asamesa.
—Cierra bien la puerta —le dijo enseguida Sandokan en voz baja—. Nadie debe sorprenderme en tu estancia.
—¿Pero cómo, señor, está aquí?
—Calla ahora: la puerta.
Surama bajó los dos ganchos, asegurándola sólidamente.

lunes, 14 de mayo de 2018

XVIII. El joven shudra


Sandokan, que normalmente estaba siempre tranquilo al igual que su hermanito Yanez, se había puesto nerviosísimo. Su sangre ardiente de borneano le hervía en las venas, a pesar de estar entrado en años.
Habituado a los asaltos impetuosos, envejecido entre los golpes de cimitarra y el humo de las espingardas y de los cañones de sus praos, el formidable pirata se encontraba desconcertado por no haber encontrado la ocasión de usar las manos. Caminaba rápidamente, atormentando la empuñadura de su cimitarra y barboteando. Incluso Tremal-Naik por otra parte no parecía completamente calmado.
La duda de no poder liberar prontamente a Surama, o de no encontrarla en el palacio del favorito del “rajá”, trastornaba un poco sus formidables fibras. Sin embargo eran hombres que habían conducido a buen puerto muchas otras empresas incluso más difíciles, ya sea en la India como en los mares de la Malasia.

jueves, 26 de abril de 2018

XVII. La confesión del faquir


Tantia devorado por una sed espantosa, quemado por el sol que lo golpeaba directamente sobre el desnudo cráneo, quemado internamente por el pimiento y comprimido por la tierra, parecía que estuviese justo al extremo de sus fuerzas.
Los ojos se le salían de las órbitas, tenía espuma en los labios y su brazo anquilosado sufría temblores, como si de un momento a otro fuese a quebrarse bajo los esfuerzos desesperados que hacía su propietario, para bajarlo hacia la bacía llena de agua.
Alaridos espantosos, que se asemejaban a los aullidos de un lobo hidrófobo, escapaban de vez en cuando del pecho oprimido por la tierra.
Viendo a Sandokan y a Tremal-Naik, sus ojos se inyectaron de sangre y su rostro asumió un aspecto horrible.
—¡Agua! —rugió.
—Sí, cuanto quieras, si te decides a hablar —respondió Sandokan sentándose de frente al miserable—. Quiero hacerte una propuesta. Dime antes cuánto te han dado por raptar a aquella joven india o por ayudar a sus raptores.

jueves, 19 de abril de 2018

XVI. Entre las panteras y la oscuridad


En la India no es raro encontrar no sólo en las junglas, que un día debían haber estado cultivadas y pobladas, sino también en medio de las densas florestas, restos de ciudades y espléndidas pagodas.
Los antiguos “rajás”, más caprichosos que los modernos, acostumbraban a cambiar con frecuencia su residencia, ya sea para escapar a la proximidad de bestias peligrosas que no eran capaces de destruir, como por algún motivo político.
Fundar una nueva ciudad estaba entonces de moda, mucho más que la mano de obra costaba tan poco, que con algunos millones de rupias otra mejor podía surgir y en brevísimo tiempo.
Ocurría por consiguiente a menudo, incluso al día de hoy, encontrarse imprevistamente delante de ruinas grandiosas, semi cubiertas por una densa vegetación.
La fertilidad del suelo, el gran calor y la humedad de la noche, favorecen en modo extraordinario, en aquella península, el desarrollo de la vegetación.

miércoles, 28 de marzo de 2018

XV. El ataque de la pagoda subterránea


Después de aquellos dos disparos, que anunciaban algo grave, habiéndose oído hacia la izquierda, o sea en la dirección en la cual se encontraba la pagoda subterránea, había seguido un largo silencio.
Aquellos dos tiros debían haber sido disparados por los centinelas, que velaban entre los matorrales que circundaban la inmensa roca. Sandokan conocía demasiado bien las carabinas de sus hombres como para equivocarse.
—¿Habrán hecho fuego contra algún espía? —preguntó Tremal-Naik a Sandokan, el cual, inclinado sobre la proa de la “bagala”, escuchaba atentamente.
—No lo sé —respondió el pirata—. Sin embargo mi inquietud ha crecido. Diría que esperaba una traición.
—Pudo ser también una falsa alarma, amigo —dijo Tremal-Naik.
—Calla.
Otros dos disparos atronaron en aquel instante, seguidos casi al instante por una descarga nutrida.