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miércoles, 17 de septiembre de 2014

XXXII. La última pugna del Tigre


Habiendo cambiado el rumbo, los piratas se pusieron febrilmente a la obra, a fin de prepararse para la lucha que debía ser sin duda tremenda y quizá la última que empeñaban contra el aborrecido enemigo.
Cargaban los cañones, montaban las espingardas, abrían los barriles de pólvora, amontonaban a proa y a popa enormes cantidades de balas y granadas, quitaban las maniobras inútiles y reforzaban las más necesarias, improvisaban barricadas y preparaban los garfios de abordaje. Incluso los recipientes de bebidas alcohólicas fueron llevados a cubierta, para verterlos sobre el puente del leño enemigo e incendiarlo.
Sandokan los animaba a todos con el gesto y con la voz, prometiendo a todos mandar a pique a aquel navío que lo había tenido encadenado, y que le había destruído a los más valientes campeones de la piratería y raptado a su prometida.
—¡Sí, destruiré a aquel maldito, lo incendiaré! —exclamaba—. Dios quiera que llegue a tiempo para impedir al lord raptármela.
—Asaltaremos incluso al lord, si fuera necesario —dijo Yanez—. ¿Quién resistirá el ataque de ciento veinte tigres de Mompracem?

lunes, 8 de septiembre de 2014

XXXI. Yanez


La suspensión de la vida, como había dicho Sandokan, debía durar seis horas, ni un segundo más, ni un segundo menos, y así de hecho debía ser, porque apenas hundidos, los dos piratas volvieron rápidamente en sí sin sentir la más mínima alteración de fuerzas.
Vueltos a flote con un vigoroso golpe de talón, giraron de súbito los ojos alrededor. A menos de un cable divisaron al crucero, que se alejaba a poco vapor hacia el oriente.
El primer movimiento de Sandokan fue el de perseguirlo, mientras Juioko aún todo aturdido por aquella extraña y para él inexplicable resucitación, se hacía prudentemente a la mar.
El Tigre se detuvo no obstante casi de súbito dejándose mecer entre las olas, pero con los ojos fijos en aquel leño que le raptaba a la desgraciada niña. Un alarido sofocado le irrumpió del pecho y se le apagó entre los encrespados labios.
—¡Perdida! —exclamó con voz apagada por el dolor.

viernes, 22 de agosto de 2014

XXX. La fuga


Habiendo partido el teniente, Sandokan se sentó sobre el último escalón de la escalera, con la cabeza apretada entre las manos, sumergiéndose en profundos pensamientos.
Un dolor inmenso se transparentaba en sus facciones. Si hubiese sido capaz de llorar, no pocas lágrimas habrían mojado sus mejillas.
Juioko se había acurrucado a breve distancia, mirando con ansiedad a su jefe. Viéndolo absorto en sus pensamientos, no había más osado interrogarlo sobre sus futuros proyectos.
Habían transcurrido quince o veinte minutos, cuando la escotilla volvió a alzarse. Sandokan viendo entrar un rayo de luz, se había precipitadamente alzado mirando hacia la escalera.
Una mujer descendía rápidamente. Era la joven de los cabellos de oro, pálida, es más, lívida y lagrimeante.

lunes, 18 de agosto de 2014

XXIX. Los prisioneros


Cuando volvió en sí, aún semi aturdido por el feo golpe recibido en el cráneo, se encontró, no más libre sobre el puente de su propio leño, sino encadenado en la bodega de la corbeta.
Primero se creyó presa de un terrible sueño, pero el dolor que le martirizaba aún la cabeza, las carnes desgarradas en varios lugares por las puntas de las bayonetas y sobre todo las cadenas que le apretaban las muñecas lo devolvieron en breve a la realidad.
Se alzó sacudiendo furiosamente los hierros y arrojó alrededor una mirada turbada, como si no estuviese aún muy seguro de no encontrarse más sobre su leño, luego un alarido le irrumpió de los labios, un alarido de bestia herida.
—¡Prisionero...! —exclamó rechinando los dientes e intentando torcer las cadenas—. ¿Qué ha sucedido entonces...? ¿Hemos sido una vez más vencidos por los ingleses...? ¡Muerte y condenación...! ¡Qué terrible despertar! ¿Y Marianna...? ¿Qué le ha sucedido a aquella pobre niña? ¡Quizá esté muerta...!
Un espasmo tremendo le apretó el corazón con aquel pensamiento.

miércoles, 6 de agosto de 2014

XXVIII. En el mar


Los piratas reducidos a sólo setenta, la mayor parte heridos pero aún sedientos de sangre, dispuestos a reanudar la lucha, anhelantes de venganza, se retiraron guiados por los valerosos jefes, el Tigre de la Malasia y Yanez, milagrosamente escapados al hierro y al plomo enemigo.
Sandokan, aún cuando hubiese ya perdido para siempre su dominio, su isla, su mar, todo, conservaba en aquella retirada una calma verdaderamente admirable. Sin duda él, que ya había previsto el inminente fin de la piratería y que ya se había habituado a la idea de retirarse lejos de aquellos mares, se consolaba pensando que entre tanto desastre le quedaba aún su adorada Perla de Labuan.
No obstante, sobre su rostro se divisaban los rastros de una fuerte conmoción, que en vano se esforzaba por esconder.
Apresurando el paso, los piratas llegaron en breve sobre las orillas de un torrente desecado, donde encontraron a Marianna y a los seis hombres que la custodiaban. La joven se precipitó entre los brazos de Sandokan que la estrechó tiernamente al pecho.
—Gracias a Dios —dijo ella—. Regresas a mí aún vivo.
—Vivo sí, pero derrotado —respondió con voz triste.

viernes, 25 de julio de 2014

XXVII. El bombardeo de Mompracem


Al día siguiente parecía que el delirio se hubiese apoderado de los piratas de Mompracem. No eran hombres, sino titanes que trabajaban con energía sobrehumana para fortificar su isla que ya no querían abandonar más, desde que la Perla de Labuan había jurado quedarse.
Se afanaban alrededor de las baterías, levantaban nuevas trincheras, golpeaban furiosamente las rocas para arrancar bloques que debían reforzar los reductos, llenaban los gaviones que disponían delante de los cañones, derribaban árboles para levantar nuevas empalizadas, construían nuevos bastiones que armaban con las artillerías retiradas de los praos, excavaban trampas, preparaban minas, llenaban los fosos de montones de espinas y plantaban en el fondo puntas de hierro envenenadas con el jugo del upas; fundían balas, reforzaban el polvorín, afilaban las armas.
La Reina de Mompracem, bella fascinante, centelleante de oro y perlas, estaba allí animando con su voz y con sus sonrisas.
Sandokan estaba a la cabeza de todos y trabajaba con una actividad febril que parecía una verdadera locura. Corría donde era necesaria su intervención, ayudaba a sus hombres a colocar en batería la artillería, partía rocas para obtener materiales, dirigía las obras de defensa desde todos los puntos, válidamente ayudado por Yanez, que parecía haber perdido su acostumbrada calma.

jueves, 17 de julio de 2014

XXVI. La Reina de Mompracem


Desgraciadamente Mompracem, la isla considerada tan formidable como para asustar a los más valerosos con solo verla, no solo había sido violada, sino que por poco no había caído en las manos de los enemigos.
Los ingleses, probablemente informados de la partida de Sandokan, seguros de encontrar un presidio débil, se habían de improviso dirigido contra la isla, bombardeando las fortificaciones, mandando a pique varios leños e incendiando parte de la villa. Habían tenido la audacia hasta de desembarcar tropas para intentar apoderársela, pero el valor de Giro-Batol y de sus cachorros había finalmente triunfado y los enemigos habían sido obligados a retirarse por el temor de ser sorprendidos por la espalda por los praos de Sandokan, que los creían no lejos. Había sido una victoria, es verdad, pero por poco la isla no había ido a manos del enemigo.
Cuando Sandokan y sus hombres desembarcaron, los piratas de Mompracem reducidos a la mitad, se precipitaron a su encuentro con inmensos vivas, reclamando venganza contra los invasores.
—Vayamos a Labuan, Tigre de la Malasia —aullaban—. ¡Devolvamos las balas que han lanzado contra nosotros!
—Capitán —dijo Giro-Batol adelantándose—. Hemos hecho lo posible por abordar la escuadra que nos asaltó, pero no lo conseguimos. Condúzcanos a Labuan y destruiremos aquella isla hasta el último árbol, hasta el último arbusto.

miércoles, 9 de julio de 2014

XXV. A Mompracem


Habiendo castigado el leño enemigo que había debido detenerse para reparar los gravísimos daños causados por la granada, tan diestramente lanzada por Sandokan, el prao cubierto de sus inmensas velas se había de súbito alejado, con aquella velocidad que es propia de aquel tipo de leños que desafían a los más veloces clíperes de la marina de los dos mundos. Marianna, abatida por tantas emociones, se había nuevamente retirado al gracioso camarote y también buena parte de la tripulación había dejado la cubierta no estando el leño amenazado por ningún peligro, al menos por el momento. Yanez y Sandokan, no obstante, no habían dejado el puente. Sentados sobre el coronamiento de popa charlaban entre ellos, mirando de vez en cuando hacia el este, a donde se divisaba aún un sutil penacho de humo.
—Aquel piróscafo tendrá mucho que hacer para arrastrarse hasta Victoria —decía Yanez.
—La bomba lo ha maltratado tan gravemente como para hacerle imposible toda tentativa de persecución.
—¿Crees que nos lo haya mandado detrás lord Guillonk?
—No, Yanez —respondió Sandokan—. Al lord le habría faltado tiempo como para acudir a Victoria y advertir al gobernador lo que ha sucedido. Aquel leño no obstante debía buscarnos quizá desde hace algunos días. Ya en la isla se debía saber que nosotros habíamos desembarcado.
—¿Crees que el lord nos dejará tranquilos...?
—Lo dudo mucho, Yanez. Conozco a aquel hombre y sé cuán tenaz y vengativo es. Nosotros debemos esperar, y pronto, un formidable asalto.

martes, 1 de julio de 2014

XXIV. La mujer del Tigre


La noche era magnífica. La luna, aquel astro de las noches serenas, resplandecía en un cielo sin nubes, proyectando su pálida luz de un azul transparente, de una infinita dulzura, sobre las oscuras y misteriosas florestas, sobre las murmurantes aguas del riachuelo y reflejándose con vago temblequeo sobre las olas del amplio mar de la Malasia.
Una suave brisa, cargada de las exhalaciones perfumadas de las grandes plantas, agitaba con un leve susurro el follaje y descendiendo al plácido mar moría en los lejanos horizontes del oeste.
Todo estaba en silencio, todo era misterio y paz.
Sólo de vez en cuando se oía la resaca que rompía con monótono gorgoteo sobre las desiertas arenas de la playa, el gemido de la brisa parecía un débil lamento y un sollozo que se alzaba sobre el puente del prao corsario.
El veloz leño había dejado la desembocadura del riachuelo y huía hacia occidente, dejando detrás Labuan que ya se confundía en la oscuridad.
Tres personas solas velaban sobre el puente: Yanez, taciturno, triste, sombrío, sentado en popa con una mano sobre la caña del timón; Sandokan y la niña de los cabellos de oro, sentados a proa, a la sombra de las grandes velas, acariciados por la brisa nocturna.
El pirata estrechaba al pecho a la bella fugitiva y le limpiaba las lágrimas que brillaban sobre sus pestañas.

martes, 17 de junio de 2014

XXIII. Yanez a la villa


La misión del portugués era sin duda una de las más arriesgadas, de las más audaces que aquel bravo hombre había afrontado en su vida, porque habría bastado una palabra, una sospecha sola para lanzarlo desde la cima de una entena con una buena cuerda al cuello.
No obstante el pirata se preparaba para jugar la peligrosísima carta con gran coraje y con mucha calma, confiando en su propia sangre fría y sobre todo en su buena estrella que nunca se había cansado de protegerlo.
Se irguió fieramente en la silla de montar, se rizó los bigotes para hacer más bella su figura, se acomodó el cabello inclinándolo coquetamente sobre la oreja y empujó al caballo a la carrera no escatimando los golpes de espuela y los azotes. Después de dos horas de aquella carrera furiosa se encontraba de improviso delante de una cerca detrás de la cual se elevaba la graciosa villa de lord James.
—¿Quién vive? —preguntó un soldado que estaba emboscado delante de la verja, escondido detrás del tronco de un árbol.
—Eh, joven, baja el fusil que no soy ni un tigre ni una babirusa —dijo el portugués deteniendo al caballo—. ¡Por Júpiter! ¿No ves que soy un colega tuyo, es más, un superior tuyo?
—Disculpe, pero tengo orden de no dejar entrar a nadie sin saber de qué parte viene y qué desea.
—¡Animal! Vengo aquí por orden del baronet William Rosenthal y voy donde lord.
—¡Pase!
Abrió la verja, llamó a algunos camaradas que paseaban en el parque para advertirles lo que sucedía y se hizo a una parte.

jueves, 22 de mayo de 2014

XXII. El prisionero


Habiendo atravesado el riachuelo, Yanez condujo a Sandokan en medio de un espeso matorral donde se encontraban emboscados veinte hombres completamente armados y provistos cada uno de un pequeño saco de víveres y de una colcha de lana. Paranoa y su subjefe Ikaut también estaban.
—¿Están todos? —preguntó Yanez.
—Todos —respondieron.
—Entonces escúchame atentamente, Ikaut —retomó el portugués—. Tú regresarás a bordo y cualquier cosa que suceda mandarás aquí a uno de tus hombres que encontrará un camarada siempre a la espera de órdenes. Nosotros te transmitiremos nuestros comandos que deberás cumplir inmediatamente, sin el menor retardo. Cuidado con ser prudente y de no hacerte sorprender por los casacas rojas y no olvides que nosotros, aunque estemos lejos, en un momento podemos ser informados o informarte de lo que pueda suceder.
—Cuente conmigo, señor Yanez.
—Vuelve ahora a bordo y vela.
Mientras el subjefe brincaba en el bote, Yanez puesto a la cabeza del pelotón, se ponía en camino remontando el curso el pequeño río.
—¿Adónde me conduces? —preguntó Sandokan, que no comprendía nada.
—Espera un poco, hermanito mío. Dime, ante todo, ¿cuánto puede distar del mar la villa de lord Guillonk?
—Alrededor de dos millas en línea recta.

martes, 13 de mayo de 2014

XXI. El asalto de la pantera


Dos formidables enemigos estaban de frente a los dos piratas; el uno no menos peligroso que el otro, pero parecía por el momento que no tenían ninguna intención de ocuparse de los dos hombres porque, en vez de descender a lo largo del torrente, se movían rápidamente al encuentro como si hubiesen tenido intenciones de medir sus fuerzas. El animal que Sandokan había llamado harimau dahan era una espléndida pantera nebulosa de Borneo; el otro en cambio era uno de aquellos grandes simios, un orang utan, que son muy numerosos aún en Borneo y en las islas vecinas y que son tan temidos por su fuerza prodigiosa y hasta por su ferocidad.
La pantera quizá hambrienta, viendo al hombre de los bosques pasar sobre la orilla opuesta, se había prontamente lanzado sobre una gruesa rama que se curvaba casi horizontalmente sobre la corriente, formando una especie de puente.
Como se dijo, era una fiera bellísima y otro tanto peligrosa también.
Tenía la talla y un poco también el aspecto de un pequeño tigre, con la cabeza en cambio más redonda y poco desarrollada, piernas cortas y robustas y el pelaje amarillo oscuro con manchas y con arandelas más sombrías.
Debía medir al menos un metro y medio de longitud, por consiguiente debía ser uno de los más grandes de la familia.
Su adversario era un gran simio feo, alto de alrededor de un metro y cuarenta centímetros, pero con los brazos tan desmesurados como para tocar los dos metros y medio en total.

lunes, 28 de abril de 2014

XX. A través de la floresta


El espanto que sintieron los soldados al ver aparecer delante al formidable pirata había sido tal que súbitamente ninguno había pensado en hacer uso de sus propias armas.
Cuando, repuestos de la sorpresa, quisieron reanudar la ofensiva, ya era demasiado tarde.
Los dos piratas, sin cuidarse de los toques de trompeta que partían de la villa y de los tiros de fusil de los soldados esparcidos por el parque, tiros disparados al azar, no sabiendo aún aquellos hombres de qué se trataba, estaban ya en medio de los parterres y de los matorrales de arbustos.
En dos minutos, Yanez y Sandokan, trotando furiosamente llegaron en medio de los grandes árboles.
Tomaron aliento y miraron alrededor.
Los soldados que habían intentado bloquearlos en la estufa se habían lanzado fuera del invernadero, aullando con todas sus fuerzas y haciendo fuego en medio de los árboles. Aquellos de la villa, comprendiendo finalmente que se trataba de algo grave y quizá sospechando que sus compañeros habían descubierto al formidable Tigre de la Malasia, corrían a través del parque para llegar a la empalizada.
—Demasiado tarde, mis queridos —dijo Yanez—. Nosotros llegamos antes.
—Paso de carrera —dijo Sandokan—. No dejemos que nos corten la ruta.

miércoles, 16 de abril de 2014

XIX. El fantasma de los casacas rojas


La partida ya estaba irremediablemente perdida, mejor dicho amenazaba con volverse seriamente peligrosa para el pirata y para su compañero.
No era para presumir que el centinela por causa de la oscuridad y la distancia hubiese podido divisar distintamente al pirata que se había prontamente escondido detrás de un matorral, no obstante, podía abandonar su puesto e ir a descubrirlo o llamar a otros compañeros.
Sandokan comprendió de súbito que estaba por exponerse a un gran peligro, por esto en vez de avanzar permaneció inmóvil detrás de aquel reparo. El centinela repitió la intimación, luego no recibiendo ninguna respuesta dio algunos pasos adelante encorvándose a derecha e izquierda para mejor asegurarse de lo que se escondía detrás del matorral; luego, pensando quizá haberse engañado, volvió hacia el palacete poniéndose en guardia en la entrada.
Sandokan, aún cuando sintiese encima un vivísimo deseo de cumplir la temeraria empresa, se puso a retroceder lentamente con mil precauciones, pasando de un tronco a otro y arrastrándose detrás de los matorrales, sin despegar la mirada del soldado que tenía siempre el fusil en mano, dispuesto a descargarlo.

martes, 8 de abril de 2014

XVIII. Dos piratas en una estufa


Cualquier otro hombre que no hubiese sido un malayo, se habría sin duda roto las piernas en aquel salto, pero no sucedió así con Sandokan que, más allá de ser sólido como el acero, poseía una agilidad de cuadrumano. Había apenas tocado tierra, hundiéndose en medio de un parterre, que estaba ya en pie con el kris en el puño, listo para defenderse. El portugués afortunadamente estaba ahí. Le saltó encima y aferrándolo por los hombros lo empujó bruscamente hacia un grupo de árboles diciéndole:
—¡Pero huye, desgraciado! ¿Quieres hacerte fusilar?
—Déjame Yanez —dijo el pirata que estaba presa de una viva exaltación—. ¡Asaltemos la villa!
Tres o cuatro soldados aparecieron de una ventana poniéndolos en la mira con los fusiles.
—¡Sálvate, Sandokan! —se oyó gritar a Marianna.
El pirata dio un salto de diez pasos saludado por una descarga de fusiles y una bala le atravesó el turbante. Se volvió rugiendo como una fiera y descargó su carabina contra una ventana rompiendo los vidrios y golpeando en la frente a un soldado.
—¡Ven! —gritó Yanez, arrastrándolo hacia la empalizada—. Ven, testarudo imprudente.

martes, 25 de marzo de 2014

XVII. El encuentro nocturno


La noche era tempestuosa, no habiéndose aún calmado el huracán. El viento rugía y ululaba en mil tonos bajo los montes, torciendo las ramas de las plantas y haciendo girar en lo alto masas de follaje, doblando y arrancando los jóvenes árboles y sacudiendo poderosamente a aquellos añosos. De vez en cuando los relámpagos deslumbrantes rompían la densa oscuridad y los rayos caían abatiendo e incendiando las más altas plantas de la floresta.
Era una verdadera noche de infierno, una noche propicia para intentar un audaz golpe de mano sobre la villa. Desgraciadamente los hombres de los praos no estaban allí para ayudar a Sandokan en la temeraria empresa.
Aún cuando el huracán arreciase, los dos piratas no se detenían. Guiados por las luces de los relámpagos buscaban llegar al riachuelo para ver si algún prao había podido refugiarse en la pequeña bahía.
Sin preocuparse por la lluvia que caía a torrentes, pero cuidándose bien de hacerse golpear por las gruesas ramas que el viento quebraba, después de dos horas llegaron inesperadamente cerca de la desembocadura del riachuelo, mientras que para ir a la villa habían empleado el doble de tiempo.
—En medio de la oscuridad nos hemos guiado mejor que en pleno día —dijo Yanez—. Una verdadera fortuna con semejante noche.
Sandokan descendió a la orilla y, esperado un relámpago, lanzó una rápida mirada sobre las aguas de la bahía.

lunes, 10 de marzo de 2014

XVI. La expedición contra Labuan


Los noventa hombres se embarcaron en los praos: Yanez y Sandokan tomaron puesto sobre el más grande y más sólido, que llevaba el doble de cañones y una media docena de gruesas espingardas y que además estaba defendido por gruesas láminas de hierro.
Las anclas fueron zarpadas, las velas orientadas y la expedición salió de la bahía entre las aclamaciones de las bandas atestadas en las orillas y sobre los bastiones.
El cielo estaba sereno y el mar liso como si fuese de aceite, pero hacia el sur aparecían algunas nubes de un color particular, de una forma extraña y que nada presagiaban de bueno.
Sandokan, más allá de ser un catalejo excelente era también un buen barómetro, olfateó una próxima perturbación atmosférica, sin embargo no se inquietó.
—Si los hombres no son capaces de detenerme, tanto menos lo hará la tempestad. Me siento tan fuerte como para desafiar hasta a los furores de la naturaleza —dijo.
—¿Temes un violento huracán? —preguntó Yanez.
—Sí, pero no me hará volver atrás. Es más, nos será favorable, hermanito mío, porque podremos desembarcar sin ser inquietados por los cruceros.

martes, 18 de febrero de 2014

XV. El caporal inglés


Cuando se despertó se encontró acostado sobre una otomana, transportado por los malayos consagrados a su servicio.
Los vidrios partidos habían sido eliminados de allí, el oro y las perlas habían sido recolocados en las estanterías, los muebles enderezados y acomodados mejor. Solo se veían los rastros dejados por la cimitarra del pirata sobre la tapicería que pendía aún lacerada de los muros.
Sandokan se frotó varias veces los ojos y se pasó varias veces las manos sobre la ardiente frente como si buscase acordarse lo que había hecho.
—No pude haber soñado —murmuró—. Sí, estaba ebrio y me sentía feliz, pero ahora el fuego vuelve a inflamar mi corazón; ¿no lo podré apagar nunca más? ¡Qué pasión ha invadido el corazón del Tigre...!
Se arrancó el uniforme del sargento Willis, se puso nuevas vestimentas centelleantes de oro y perlas, se puso en la cabeza un rico turbante coronado con un zafiro grueso como una nuez, se pasó entre los pliegues de la faja un nuevo kris y una nueva cimitarra y salió.
Aspiró una bocanada de aire marino, que le disipó completamente los últimos vapores de la embriaguez, miró al sol que estaba ya bien alto, luego se volvió hacia oriente mirando en dirección de la lejana Labuan y suspiró.
—¡Pobre Marianna...! —murmuró, comprimiéndose el pecho.

lunes, 10 de febrero de 2014

XIV. Amor y embriaguez


Llegado a la cima de la gran peña, Sandokan se detuvo sobre el borde y su mirada se fue lejos, lejos hacia el este, en dirección de Labuan.
—¡Gran Dios! —murmuró—. ¡Qué distancia me separa de aquella criatura celestial! ¿Qué hará ella a esta hora? ¿Me llorará por muerto o me llorará prisionero?
Un sordo gemido le salió de los labios e inclinó la cabeza sobre el pecho.
—¡Fatalidad! —murmuró.
Aspiró el viento de la noche como si aspirase el lejano perfume de su dilecta, luego se acercó a lentos pasos a la gran cabaña, donde había aún iluminada una estancia.
Miró a través de los vidrios de una ventana y vio a un hombre sentado delante de una mesa, con la cabeza entre las manos.
—Yanez —dijo, sonriendo tristemente—. ¿Qué dirá cuando sepa que el Tigre regresa vencido y embrujado?
Sofocó un suspiro y abrió la puerta poco a poco, sin que Yanez lo oyese.
—Y bien, hermano —dijo, después de algunos instantes—. ¿Has olvidado al Tigre de la Malasia?

jueves, 30 de enero de 2014

XIII. Rumbo a Mompracem


El viento soplaba del este, vale decir que no podía ser más favorable. La canoa, con su vela extendida, hilaba bastante rápido inclinada sobre estribor, interponiendo, entre el pirata que se sentía extremadamente conmovido y la pobre Marianna, el vasto mar de la Malasia.
Sandokan, sentado a popa, con la cabeza entre las manos, no hablaba y tenía los ojos fijos en Labuan que poco a poco se perdía en la oscuridad; Giro-Batol sentado a proa, feliz, sonriente charlaba por diez, manteniendo los ojos hacia el oeste, allá donde se debía mostrar la formidable isla de Mompracem.
—Vamos, capitán —dijo éste, que no podía callar un solo instante—. ¿Por qué ponerse sombrío ahora que estamos por volver a ver nuestra isla? Se diría que usted añora Labuan.
—Sí, la añoro, Giro-Batol —respondió Sandokan con voz sorda.
—¡Oh! ¿Quizá lo han embrujado aquellos perros ingleses? Sin embargo, capitán, le daban caza por los bosques y por las praderas, ávidos de su sangre. ¡Ah! Querría verlos mañana si se darán cuenta de su fuga, morderse los dedos por la rabia y querría oír las imprecaciones de sus mujeres.
—¡De sus mujeres! —exclamó Sandokan, sacudiéndose.