
Habiendo cambiado el rumbo, los piratas se pusieron febrilmente a la obra, a fin de prepararse para la lucha que debía ser sin duda tremenda y quizá la última que empeñaban contra el aborrecido enemigo.
Cargaban los cañones, montaban las espingardas, abrían los barriles de pólvora, amontonaban a proa y a popa enormes cantidades de balas y granadas, quitaban las maniobras inútiles y reforzaban las más necesarias, improvisaban barricadas y preparaban los garfios de abordaje. Incluso los recipientes de bebidas alcohólicas fueron llevados a cubierta, para verterlos sobre el puente del leño enemigo e incendiarlo.
Sandokan los animaba a todos con el gesto y con la voz, prometiendo a todos mandar a pique a aquel navío que lo había tenido encadenado, y que le había destruído a los más valientes campeones de la piratería y raptado a su prometida.
—¡Sí, destruiré a aquel maldito, lo incendiaré! —exclamaba—. Dios quiera que llegue a tiempo para impedir al lord raptármela.
—Asaltaremos incluso al lord, si fuera necesario —dijo Yanez—. ¿Quién resistirá el ataque de ciento veinte tigres de Mompracem?

















