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martes, 17 de septiembre de 2019

XXVII. La toma de la capital


Toda la noche la flotilla bogó lentamente sobre el lago con las tripulaciones reducidas, no teniendo Sandokan ningún apuro en asaltar la capital.
Quería dar tiempo al griego y a los hijos del rajá de reconducir a las hordas dayak a la gran aldea para sorprenderlos a todos juntos y terminar con un golpe solo la campaña.
El rajá debía no obstante prepararse para una extrema defensa y reunir a su vez refuerzos. Y en efecto, cuando el viento giraba al septentrión llevaba a los oídos de los conquistadores los fragorosos sonidos de los gong.
En todas las aldeas costeras se daba la alarma, y quizá se reclutaban guerreros para conducirlos a la capital, ya gravemente amenazada después de que Sandokan se había apoderado por sorpresa de la flotilla.
Antes del alba las treinta barcas se alejaban nuevamente de las riberas para no dejarse ver. Afortunadamente el lago continuaba manteniéndose tranquilo y ninguna nube se mostraba sobre el terso cielo, por consiguiente no había que temer, al menos por el momento, ninguna tempestad, y los conquistadores podían mantenerse tranquilamente lejos de todos los puertos de refugio.

jueves, 5 de septiembre de 2019

XXVI. El lago misterioso


Por cuatro días los hombres de la expedición descansaron sobre el margen de las tierras bajas, comiendo abundantemente y durmiendo sabrosamente.
De vez en cuando algún explorador llegaba, pero sin traer noticias importantes de los misteriosos movimientos de los enemigos.
Algunos se habían arriesgado incluso a las orillas del gran lago, sin haber encontrado a las hordas de los dayak. Solamente unos pocos pelotones de exploradores habían sido divisados al poniente del Kinabalu.
—¿Dónde se encuentra entonces el grueso de las gentes del rajá blanco? —Esto era lo que se había preguntado continuamente, no sin cierta inquietud, Sandokan, durante aquella larga parada.
El quinto día, después de un breve consejo de guerra mantenido por los jefes y subjefes, el avance fue decidido. Ya que los dayak no se sentían con suficientes fuerzas como para detener a los conquistadores, no había otra cosa que hacer que ir a buscarlos y asaltar resueltamente su capital.
—Terminémosla —dijo Yanez, mientras las columnas se organizaban—. Tengo prisa por desayunar en la ciudad principal de aquel pillo rajá. Veremos si su palacio real vale tanto como el mío.
Los conquistadores estaban por ponerse en marcha, cuando llegaron al campo dos negritos, de los cuales Sandokan no había tenido más noticias y que ya habían sido considerados como perdidos.

jueves, 22 de agosto de 2019

XXV. Sobre las puntas de las flechas envenenadas


No se trataba verdaderamente de una colina, sino de una simple ondulación del suelo, larga de apenas un centenar de metros y ancha de no más de una docena, emergente del lodo y del agua una media docena de pies y no más. Las plantas, casi todas de gran fuste, habían resistido al incendio, aunque perdiendo, como habíamos dicho, todas sus hojas, la corteza y los calamus rotang que lo envolvían y que las habían quizá preservado de una destrucción total.
Un número extraordinario de cacatúas, argos y cálaos rinocerontes, se había refugiado en sus ramas medio carbonizadas. Aquellas aves parecían todavía atontadas por el espanto sentido y no se habían movido viendo llegar a la columna.
La comida estaba asegurada. En efecto los malayos y asameses, que eran los mejores tiradores, no dejaron escapar la ocasión conseguirla. Mientras los negritos, ayudados por sus mujeres y por los dayak, preparaban el campo, formidables descargas atronaron sobre toda la línea de la ondulación haciendo caer una verdadera lluvia de aves.
Sandokan, Yanez y Tremal-Naik se habían mientras tanto dirigido hacia la otra parte de la pequeña loma para dar una mirada a la vasta llanura. Más allá el agua se extendía hasta perderse de vista, cubriendo el estrato de cenizas por varias pulgadas.
—¿Una verdadera inundación, entonces, Sandokan? —preguntó Tremal-Naik.
—Lo ves —respondió el Tigre de la Malasia.

lunes, 12 de agosto de 2019

XXIV. Otra emboscada del griego


Las dos columnas, ahora ya reunidas, habían reanudado la carrera hacia las florestas de la montaña, protegidas por las espingardas maniobradas por Kammamuri y por sus diez hombres.
Los dayak, siempre valientes, no habían tardado en reordenarse lo mejor que pudieron e intentaban volver nuevamente a la carga, para destruir a sus formidables adversarios antes de que hubiesen podido encontrar un asilo seguro sobre la cima del Kinabalu.
Eran por otra parte esfuerzos inútiles ya, porque en pocos minutos las dos columnas se encontraban en medio de los montes.
Incluso las cuatro espingardas de Sambigliong habían sido puestas en batería cerca de las de Kammamuri y comenzaban a abrir fuego, apoyadas por más de trescientas carabinas.
El impulso de los dayak fue por consiguiente enseguida detenido, y aquellos salvajes, ahora ya convencidos de haber perdido la jornada, se replegaban desordenadamente ante aquel huracán de plomo y de hierro que hacía verdaderos estragos.
—Creo que la batalla ha terminado —dijo Sandokan que dominaba la situación de lo alto de una roca, junto con el inseparable Yanez—. Por un tiempo los cazadores de cabezas y el griego nos dejarán, espero, tranquilos. Ordena a Kammamuri hacer retirar las espingardas hacia la desembocadura del barranco y nosotros alcancemos la cumbre.
—No hay más que hacer —respondió el portugués que observaba en aquel momento, más que a los dayak, a su sombrero atravesado por una flecha, probablemente envenenada, sin no obstante manifestar la menor emoción por el peligro evitado—. ¿Y Sambigliong?

martes, 30 de julio de 2019

XXIII. Sobre el Kinabalu


La columna, aún cuando extremada de fuerzas, se había vuelto a poner en camino a través de aquella interminable llanura herbácea, que recordaba a las inmensas estepas del Turquestán. Un aire caliente y pesado, presagio de algún otro huracán, reinaba sobre la tierra baja que descendía hacia el gran lago del Borneo septentrional.
No obstante ninguna nube vagaba en el cielo transparentísimo, tachonado por miríadas y miríadas de astros fulgidísimos.
A lo lejos bramaban los grandísimos sapos de los pantanos, y de vez en cuando se alzaba el “ha-hug” de algún tigre hambriento, rabioso por no haber podido todavía encontrar su cena.
De trecho en trecho un soplo de aire muy caliente, que venía de las regiones meridionales, pasaba sobre la llanura cortando la respiración y curvando las altas hierbas con un susurro que no tenía nada de desagradable pero que alarmaba a los negritos que esperaban a cada instante ver surgir, entre aquellos vegetales, a los cazadores de cabezas.
Aquella segunda marcha, más veloz que la primera, duró hasta el alba; luego negritos, asameses y malayos se dejaron caer al suelo. Incluso Sandokan, Yanez y Tremal-Naik no podían más.

lunes, 15 de julio de 2019

XXII. La retirada al Kinabalu


Sandokan y Yanez se habían arrojado abajo de la roca, decididos a oponer la más desesperada resistencia en espera de la señal, no queriendo absolutamente intentar el descenso, si antes no tenían la certeza de que Sapagar y el jefe de los negritos estaban seguros.
El éxito de la expedición podía depender ahora de aquellos dos hombres. Un refuerzo de veinte malayos, probados en todas las batallas por tierra y por mar y además cargados de municiones, no era para despreciarse en una lucha que podía preparar, sobre las orillas del misterioso lago, inoportunas y gravísimas sorpresas.
Los cuatro grupos, a la alarma dada por el centinela, habían enseguida respondido con cuatro sonoros tiros de espingarda, cubriendo de clavos los flancos del Kaidangan.
Los dayak debían haber sentido el efecto de aquellos abundantes chorros de clavos, porque las descargas fueron seguidas por agudísimos alaridos de dolor.

lunes, 1 de julio de 2019

XXI. El ataque al Kaidangan


Los previsores malayos y negritos, que conocían mucho mejor que los asameses el Borneo, sus florestas y sus páramos interminables, cortadas una veintena de gigantescas patas de rinoceronte que podían pasar, hasta cierto punto, como enormes jamones si hubiesen estado ahumadas, a los comandos lanzados por Sapagar y Kammamuri habían reanudado la marcha, ansiosos por descansar con total seguridad, sobre las faldas o sobre la cima del Kaidangan, ya muy cerca.
Desembarazados de aquellos molestos rinocerontes, podían ahora proceder tranquilos, no teniendo que temer mas que un asalto por parte de los dayak guiados por el griego, asalto muy problemático, al menos por el momento, según el parecer de Sandokan y Yanez. Fue solamente hacia el ocaso que la tropa alcanzó la base del Kaidangan.
Aún cuando se quisiera llamarla cadena, no es mas que un pico aislado, de dimensiones enormes, que no alcanza por cierto los mil metros de altitud, con vastos flancos cubiertos de densas florestas.

lunes, 17 de junio de 2019

XX. Cargas furiosas


Los malayos, asameses y negritos, que estaban hartándose de carne de rinoceronte alrededor de las gigantescas hogueras, se habían todos levantado precipitadamente arrojándose sobre las pilas de carabinas, porque ni siquiera a ellos había escapado aquel amenazador “niff-niff”.
Si se hubiese tratado de un solo animal, quizá no hubieran estado muy preocupados; pero sabiendo que muchos otros vagaban por la floresta y completamente ciegos, no había mucho de qué reírse.
Aquellas masas, irritadas por las quemaduras, podían de un momento a otro regresar instintivamente sobre sus pasos y arrollar campamento y acampantes, sin que ninguna fuerza humana hubiese podido contener aquel impulso poderoso, espantoso. No obstante era cierto que los árboles todavía estaban ahí para ofrecer otra vez un asilo segurísimo.
Si no muchos, uno por lo menos de aquellos desgraciados animales circundaba en las cercanías del campo desahogando su rabia y sus dolores contra los arbustos y contra las plantas de tallo poco grueso.
Se oían crujidos que se volvían siempre más ruidosos y también el golpear sonoro de la cadena contra los troncos.

miércoles, 5 de junio de 2019

XIX. El asalto de los rinocerontes


Ocho días después, malayos, asameses y negritos abandonaban la aldea aérea y el campamento para reanudar su marcha hacia el Kinabalu.
La columna estaba soberbiamente organizada, porque Kammamuri, a fuerza de alaridos y golpes, había conseguido, cosa increíble, transformar a los cuarenta guerreros del jefe en verdaderos soldados, que hubieran podido no verse mal frente al 1er. Regimiento de Fusileros de Bengala, con gran estupor de Yanez, Sandokan y Tremal-Naik.
Decididamente incluso aquel fidelísimo sirviente del ex cazador de la jungla negra había nacido... general de la Confederación maratha, o por lo menos un excelente sargento instructor.

jueves, 23 de mayo de 2019

XVIII. Los sargentos instructores


Los negritos del Borneo, al igual que los de las Filipinas, de las Célebes, de Palawan y de otras grandes islas del mar de la China Meridional, sabiéndose demasiado débiles para oponer una válida resistencia a sus enemigos que parecen sentir una verdadera alegría feroz en destruirlos, como si fuesen espíritus maléficos, no construyen sus aldeas en tierra.
Con el propósito de preservarse de los imprevistos asaltos y estragos, prefieren, y no sin razón, formar, sobre altísimas plantas sólidas plataformas y levantar encima refugios que no se podrían llamar ni siquiera cabañas, porque no son más que simples cobertizos, abiertos a todos los vientos y a las furiosas lluvias que de vez en cuando, aunque con largos intervalos, se desencadenan sobre aquellas regiones ecuatoriales e intertropicales.

jueves, 16 de mayo de 2019

XVII. La aldea de los negritos


El combate ya había terminado y muy probablemente no se reanudaría.
Los dayak, completamente desbaratados por los tiros de espingarda, por las descargas incesantes de las carabinas y por la última carga guiada por Sandokan, habían ya renunciado a intentar contraataques contra los demonios de Mompracem y los montañeses que Yanez había conducido desde la India, gente no menos dura que los otros, a pesar de su aspecto delgadísimo y no muy guerrero.
Las dos columnas, después de haberse asegurado bien que entre los arbustos no hubieran mas que cadáveres, se habían batido solícitamente en retirada para ayudar a los hombres destinados al servicio de las espingardas.
La subida de la colina fue realizada sin que ninguna flecha envenenada partiese del frente de la inmensa floresta.
Los dayak, debían haber abandonado, al menos por el momento, definitivamente la empresa, demasiado superior a sus fuerzas, y también a su coraje.
Cuando Sandokan llegó al agujero, del cual salían ya densos nubarrones de humo apestoso, encontró a Yanez de pie sobre otra roca, con las manos hundidas en los bolsillos y el cigarrillo en la boca.

viernes, 3 de mayo de 2019

XVI. Los malayos al rescate


Mientras Sandokan y sus compañeros corrían peligro de morir quemados vivos dentro de la fatal caverna, o por lo menos asfixiados, el negrito galopaba desesperadamente a través de las florestas para alcanzar el río.
Deslizándose cautamente entre los arbustos que cubrían la colina, había conseguido escapar sin ser visto por los dayak que trabajaban alrededor de la cuenca de petróleo, y ganar la llanura.
Como todos los hombres primitivos, sabía orientarse enseguida sin tener necesidad de brújula. Incluso con el cielo cubierto habría conseguido igualmente encontrar la dirección justa.
Alcanzada la floresta, se había lanzado, con la agilidad de un ciervo, teniendo bien estrechado el trozo de papel y repitiendo los dos nombres de Yanez y del Tigre de la Malasia, por temor a olvidárselos. Siempre corriendo hasta el agotamiento, dos horas después alcanzaba el Marudu.
El río en aquel lugar estaba absolutamente desierto. Solamente bandadas de pájaros volaban de una a otra orilla, gritando a todo pulmón, como para saludar al astro diurno que estaba por surgir por encima de las grandes florestas.
El negrito se detuvo un momento, bebió un sorbo de agua, recogió una banana, luego volvió a partir a gran carrera.

lunes, 22 de abril de 2019

XV. Entre el fuego y las pitones


Yanez había puesto la cabeza fuera de la grieta y escuchaba con suma atención, aspirando fuertemente, de vez en cuando, el aire.
Golpes sonoros, producidos por el choque violentísimo de los pesados parang y de los campilán contra las rocas cubrían la inmensa caverna, resonando con una extraña regularidad.
Se habría dicho que los salvajes hijos de los bosques borneanos, bajo la dirección del maldito griego, se habían transformado, en ese momento, en bravísimos mineros.
Sandokan, Tremal-Naik y Kammamuri, que quizá no habían aún comprendido el terrible peligro que los amenazaba, esperaban pacientemente a que el portugués hubiese terminado sus observaciones.
Pasó un minuto, luego Yanez retiró la cabeza. Su cara estaba de tal manera ensombrecida que Sandokan se sintió golpeado.
—¿Qué sucede entonces? —preguntó—. En tantos años que has sido mi compañero, jamás te he visto tan inquieto como en este momento. Explícate, hermanito.

martes, 9 de abril de 2019

XIV. El asedio


Si una granada hubiese estallado a los pies de los dos cachorros de Mompracem y del viejo cazador de la jungla negra, habría producido ciertamente menos efecto que aquel nombre, arrojado allí, casi con indiferencia, por Kammamuri.
¡Teotokris, el condenado griego, el ex favorito del rajá de Assam, que había dado tanto hilo que cortar, se encontraba en el Borneo, a la cabeza de las salvajes hordas de dayak...!
Sandokan había sido el primero en reponerse del estupor inmenso que había producido aquel nombre.
—¿Qué has dicho, Kammamuri? —preguntó—. Repítenos aquel nombre.
—Sí, Teotokris está aquí, señores —dijo el indio.
—¡Es imposible...! —exclamaron a una voz Sandokan, Tremal-Naik y Yanez.
—¡Sí, Teotokris está aquí...! —repitió Kammamuri.
—¿Quién te lo ha dicho? —preguntó Yanez.
—¿Quién me lo ha dicho...? ¡Si lo he visto yo...!
—¡Tú...!

miércoles, 27 de marzo de 2019

XIII. La caverna de las pitones


No había un momento que perder. Aún cuando una pantera, manchada o negra, circundara en medio del cañaveral en busca de alguna presa, era ciertamente menos peligrosa que aquellos tres dayak que podían volverse diez, quince e incluso muchos más.
Los colmillos de las bestias feroces son indudablemente peligrosísimos, pero lo son más las flechas bañadas en el jugo del upas o del tjettek, contra el cual no hay ningún antídoto. El indio y el hijo de las selvas por consiguiente atravesaron rápidamente el cañaveral, dirigiéndose hacia el gran curso del río.
El negrito precedía al maratí, teniendo la cerbatana a la altura de la boca, listo para lanzar contra la terrible y hambrienta bestia la flecha mortal. Pero no avanzaba al azar. Cada dos o tres pasos se detenía para escuchar, luego abría con delicadeza las cañas y no daba un paso adelante si antes no estaba bien seguro de no divisar ningún punto luminoso. Llegados junto a la gran corriente del Marudu, el negrito, que no había dejado de inspeccionar el fondo cenagoso, se volvió hacia Kammamuri, preguntándole:
—Orang, ¿sabes nadar?
—¿Por qué me haces esta pregunta? —preguntó el indio.
—Si los dayak inspeccionan el cañaveral, estaremos obligados a abandonarnos a la corriente y a atravesar el río.

miércoles, 13 de marzo de 2019

XII. La fuga milagrosa


Se había trepado sobre el techo, a riesgo de tener una espantosa caída, y manteniéndose bien firme sobre los travesaños y las ligaduras de las grandes hojas de arengas sacchariferas y de bananos, amontonadas en estratos, había conseguido llegar a las aves.
—Mis queridas —dijo—, lo siento por ustedes; pero el hambre no razona, y luego los dioses las han creado para llenarnos el vientre.
Las cacatúas protestaron estrepitosamente, aleteando e intentando picotear al hambriento. El maratí no era no obstante hombre de espantarse por tan poco.
Alargó las manos, aferró al ave más grande y la estranguló.
—Por hoy bastará —dijo luego retrocediendo con prudencia—. No consumamos de golpe nuestras provisiones. Y luego el salvaje que me hace compañía deberá contentarse con la cabeza y las tripas. Ya que no ha sido él quien se expusiera al peligro de romperse el cuello.
Alcanzó el borde del techo y se dejó caer ligeramente sobre la pequeña veranda, teniendo bien estrechada a la desgraciada ave.
Estaba por entrar en la choza, cuando oyó hacia tierra golpes sonoros que repercutían en los bambúes entrecruzados que formaban el sostén.
Kammamuri se inclinó sobre el pequeño parapeto de la veranda y vio a los cuatro dayak de guardia cortar con grandes golpes de parang ilang las dos larguísimas pértigas que servían de escala.

miércoles, 27 de febrero de 2019

XI. La reaparición del griego


Kammamuri, como ya habíamos dicho, arrojado al aire por el golpe formidable de la vanguardia de los machos, no había tenido la suerte de sus compañeros de agarrarse enseguida a los rotang y a los nepentes.
Cayendo a través de un ancho agujero de la red vegetal, se había desplomado desde una altura de media docena de metros, cayendo afortunadamente, después de un par de vueltas sobre sí mismo, justo a horcajadas de una magnífica bestia.
No habiendo perdido nada de su sangre fría y comprendiendo que no habría salido ciertamente vivo, si se hubiese dejado deslizar al suelo, se había enseguida agarrado con suprema energía a los cuernos.
El animalazo, creyendo ciertamente haber sido asaltado por algún tigre o por alguna pantera negra, se había arrojado a carrera precipitada, mugiendo desesperadamente, seguido por toda la vanguardia.
Aquella fuga debía ser, al menos en aquel momento, la salvación del indio.
Teniendo la carabina en bandolera y las municiones bien aseguradas, se había tendido a lo largo del dorso del macho, dejándose transportar en aquella carrera desenfrenada.
El animal galopaba furiosamente, desfondando con ímpetu irresistible los arbustos que le impedían el paso y haciendo saltar de un golpe rotang y nepentes.

martes, 12 de febrero de 2019

X. Los búfalos salvajes


La noche era magnífica.
La luna ya había salido y proyectaba, entre aquella inmensa masa de vegetales, torrentes de luz azulada, formando bajo los fragmentos de las gigantescas bóvedas, manchas centelleantes.
Una fresca brisa soplaba de la parte del río, haciendo crepitar las enormes hojas de las palmeras, de los cocoteros y de los bananos silvestres.
Entre aquel océano de luz revoloteaban, como cegados por tanto esplendor, grandísimos murciélagos, de alas extraordinariamente desarrolladas, el hocico de zorro y el cuerpo peludo. A lo lejos el Marudu bramaba sombríamente, rompiendo contra las orillas y en medio de los cañaverales que cubrían los islotes.
Sandokan, que estaba habituado a recorrer las florestas desde niño, se había orientado rápidamente, guiando a sus compañeros hacia el levante.
No había transcurrido media hora, cuando se encontraron nuevamente en la orilla del Marudu, a unas millas más arriba del lugar donde había naufragado la barcaza.
El río centelleaba como un gigantesco curso de bronce fundido y tenía resplandores soberbios, que eran, de vez en cuando, rotos por la brusca aparición de alguna banda de gaviales hambrientos.

viernes, 25 de enero de 2019

IX. La sorpresa nocturna


Sobre la cima del gigantesco árbol se oían espantosos aullidos, acompañados por crujidos que crecían en intensidad y por una verdadera tormenta de enormes frutas.
Los dos mawas, macho y hembra, percatados sin duda de la presencia de aquellos intrusos, se agitaban furiosamente, sacudiendo las ramas cargadas de fruta, con la esperanza de matarlos.
Yanez, Sandokan y sus compañeros, percatados a tiempo de aquella granizada mortal, habían escapado inmediatamente, poniéndose a salvo bajo los densísimos sarmientos de los piper nigrum.
—¿Se han vuelto rabiosos, aquellos bestiones? —preguntó Kammamuri, que aparecía un poco espantado, después de la terrible aventura que recién había tenido.
—No te desearía que te encuentres ante ellos en este momento —respondió Yanez—. Si no son molestados, escapan normalmente a los hombres y se van por su camino. Pero cuando los mawas se ven asaltados, se vuelven extremadamente peligrosos. No te dejes capturar una segunda vez, porque no respondería por tu vida.
—Intentemos fusilarlos a distancia —dijo Sandokan que tenía la carabina apuntada a lo alto—. Si las hojas no escondiesen su nido, a esta hora alguno habría ciertamente caído a nuestros pies con los miembros fracturados.
—¿Nido, has dicho? —preguntó Tremal-Naik—. Los cuadrumanos no son pájaros, me parece.

viernes, 11 de enero de 2019

VIII. La caza al mawas


La barcaza en efecto se hundía, si no rápidamente, al menos continuamente.
Amenazaba de un instante al otro con volcarse sobre estribor, hacia el cual gravitaban los largos cuerpos de los saurios fulminados por las terribles descargas de los cuatro valientes aventureros.
Yanez había sido el primero en saltar sobre la toldilla, sobre la cual ya se encontraba al menos un pie de agua, y había sido rápido como para apoderarse de la caja llena de municiones, puesta encima del cabrestante de proa.
Los otros no habían tardado en seguirlo.
—¿No se hunde todavía entonces? —preguntó Yanez—. Es una barcaza verdaderamente maravillosa.
—¡Si el agua continúa subiendo! —dijo Tremal-Naik.
—Muy lentamente no obstante —dijo Sandokan—. Los toneles todavía no se han desmoronado, por lo que parece.
—Pero descendamos —dijo Kammamuri—. Las amuras ya beben.
—No estamos mas que a quince metros de la orilla —respondió Yanez—. ¿Tienes miedo tú de atravesar un riacho?
—Si estuviésemos en otro lado, no lo llamarías así, Yanez.
—¿No me llamas más rajá entonces, bribón? ¡Soy el príncipe consorte de la rani de Assam...!
Un estrépito de risa siguió a la respuesta.