
Toda la noche la flotilla bogó lentamente sobre el lago con las tripulaciones reducidas, no teniendo Sandokan ningún apuro en asaltar la capital.
Quería dar tiempo al griego y a los hijos del rajá de reconducir a las hordas dayak a la gran aldea para sorprenderlos a todos juntos y terminar con un golpe solo la campaña.
El rajá debía no obstante prepararse para una extrema defensa y reunir a su vez refuerzos. Y en efecto, cuando el viento giraba al septentrión llevaba a los oídos de los conquistadores los fragorosos sonidos de los gong.
En todas las aldeas costeras se daba la alarma, y quizá se reclutaban guerreros para conducirlos a la capital, ya gravemente amenazada después de que Sandokan se había apoderado por sorpresa de la flotilla.
Antes del alba las treinta barcas se alejaban nuevamente de las riberas para no dejarse ver. Afortunadamente el lago continuaba manteniéndose tranquilo y ninguna nube se mostraba sobre el terso cielo, por consiguiente no había que temer, al menos por el momento, ninguna tempestad, y los conquistadores podían mantenerse tranquilamente lejos de todos los puertos de refugio.


















