
El encuentro entre los tres elefantes, descendidos a gran carrera por los tres distintos vallecitos, y los hombres de Sindhia había sido espantoso.
Los pobres animales heridos en cien partes, todos chorreando sangre, se habían arrojado con terrible furia agitando las trompas.
Los asaltantes encerrados en los vallecitos, empujados por aquellos que venían detrás en millares y millares (ya que el rajá había empeñado toda su reserva compuesta casi exclusivamente de faquires, pésimos combatientes, como hemos dicho, pero que despreciaban absolutamente la vida), habían recibido un golpe terrible.
Espantados por la furia de los tres paquidermos, que no habían conseguido calmar con las carabinas, se habían aplastado, por así decirlo, contra las paredes rocosas de los tres valles y se dejaban matar sin siquiera defenderse.
Por otra parte, las ametralladoras continuaban tronando y se acumulaban cadáveres sobre cadáveres.
—¡Saccaroa! —exclamó Sandokan—. No esperaba tanto de estos animales completamente agotados por el hambre. ¡Cómo trabajan! ¡Rompen cabezas y resisten todavía! ¡Qué golpes! Parece que centenares de calabazas o durianes se chocaran. ¿Ves, Yanez? El asalto ha sido detenido.
—¿Hasta cuándo? —preguntó el portugués, que se encontraba a poca distancia del terrible pirata, detrás de una trinchera, sentado detrás de su ametralladora.
—Resistirán mientras puedan aquellos buenos animales. No pretendo que eliminen a los quince mil bandidos de Sindhia.













