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miércoles, 18 de septiembre de 2013

XXXVII. La victoria de Tremal-Naik


La Cornwall, escapada milagrosamente a la explosión de los depósitos de pólvora, hilaba a todo vapor hacia los Sundarbans.
Tremal-Naik había ya narrado todo, y el capitán Corishant quería caer encima de la cañonera de Hider, antes de que la tripulación pudiera advertir el ataque y dar aviso al formidable Suyodhana del golpe fallido y de la traición.
Los marineros y los soldados de infantería marina estaban armados, para estar listos a la primera señal, mientras que los artilleros se habían colocado detrás de seis piezas de cañón, decididos a mandar a pique a la Devonshire antes que dejarla escapar.
El capitán, preso de una ansiedad indecible, erguido sobre el castillo de proa con un gran catalejo de noche, escrutaba ávidamente la oscuridad y señalaba la ruta a los timoneles, para evitar los numerosos bajíos. Tremal-Naik, a su lado, aguzaba su mirada de águila para intentar descubrir la desembocadura del Mangal.
—¡Pronto...! ¡pronto! —repetía él—. ¡Si los thugs se dan cuenta del ataque, mi Ada está perdida...!

sábado, 14 de septiembre de 2013

XXXVI. A bordo de la Cornwall


La empresa más difícil se había conseguido. Ahora se trataba de perseguir a todo vapor a la fragata que tenía una ventaja de casi quince horas, alcanzarla o en la desembocadura del río o en el mar y poner en obra el segundo plan, no menos arduo, ni menos peligroso, urdido por el cazador de serpientes.
Despejado el puente de cadáveres, medicados los heridos, que afortunadamente no eran muchos, Tremal-Naik subió a la toldilla con Hider, mientras un gaviero se instalaba sobre la cruceta del mástil, armado de un potente catalejo.
A la voz del nuevo comandante, Udaipur que había tomado el control de la máquina, dejó la cámara y se lanzó sobre el puente.
—Es necesario volar, Udaipur —dijo Tremal-Naik.
—Los hornos están colmados de carbón, capitán. Tenemos la máxima presión.
—No basta. Es necesario alcanzar a la Cornwall.
—Carga las válvulas a cinco atmósferas —dijo Hider.
—Corremos el peligro de saltar, contramaestre.
—No importa; vete.

viernes, 6 de septiembre de 2013

XXXV. Ingleses y estranguladores


Los relojes de la Ciudad Inglesa daban la medianoche, cuando la Devonshire, que desde la mañana había encendido sus fuegos, abandonaba a todo vapor el muelle del fuerte William, descendiendo la negra corriente del Hugli.
La noche era bastante oscura. Ni luna ni estrellas en el cielo que estaba cubierto por una negra franja de vapores. En absoluto eran pocas las luces, la mayor parte de inmuebles, encendidas dentro de las cabañas de Kidderpore, o en la proa de leños anclados en la orilla. Solamente hacia el norte se divisaba un extraño resplandor, una especie de alba blancuzca, debido a los millares y millares de llamas que despejaban la Ciudad Inglesa y la Ciudad Negra que forman Calcuta.
El capitán, erguido sobre la passerelle, comandaba la maniobra con voz metálica, dominando el fragor de las ruedas que mordían furiosamente las aguas y el formidable ronquido de la máquina. Sobre el puente, grumetes y marineros, se afanaban, al vago claror de pocas linternas, en estibar los últimos toneles y cajas que todavía estorbaban el puente.
Ya Kidderpore había desaparecido en la densa oscuridad, ya las últimas luces de las barcas y los navíos no se divisaban, cuando un hombre, que hasta entonces había mantenido la caña del timón, atravesó a hurtadillas el puente, chocando fuerte con el codo de un indio que estaba cerrando la escotilla mayor.

jueves, 29 de agosto de 2013

XXXIV. ¡Demasiado tarde!


Los grandes jarros llenos de leche comenzaban ya a hervir cuando la procesión guiada por el astuto purrun-hungse llegó ante la pagoda. Se componía de más de medio millar de personas entre ejecutantes, bailarinas, encantadores de serpientes, faquires dandi, sanniasines, nanakpanthi, bishnois y avadhuta, especie de santones estos que se esfuerzan por darse un aspecto espantoso pintándose el cuerpo con signos y manchas de todos los colores imaginables.
Primero venían dos hileras de narthakis, o sea bailarinas consagradas a las pagodas, bellísimas niñas, cargadas de collares y brazaletes de oro y plata y adornadas con flores, entrelazadas especialmente en los cabellos, luego los ejecutantes que soplaban desesperadamente los bansuris, especie de flautas terminadas en una especie de pico y en vez de ponérselo entre los labios, los indios se lo meten en la nariz sacando igualmente notas agudísimas.
No faltaban, no obstante, los ejecutantes de tambores y ni siquiera un monumental dhak, tambor enorme, adornado con crines y penachos de plumas y que se toca solamente durante las ceremonias religiosas.
Aquella muchedumbre chillona se dirigió casi corriendo hacia la pagoda empujando delante a las vacas que habían conservado el arroz cocido en la leche y, llegada delante de la gradería, formó un amplio semicírculo, obligando a los cipayos de Bhârata a desalojarla deprisa.

viernes, 23 de agosto de 2013

XXXIII. La liberación


El brahmán debía esperar aquella visita, ya que el golpe había apenas retumbado por la pagoda, que se lo vio salir de una especie de biombo, detrás del cual quizá estaba rezando ante alguna de las tantas encarnaciones de Visnú y dirigirse con paso rápido hacia la puerta.
Tremal-Naik y el viejo thug espiaban sus movimientos detrás de los ojos transparentes del monstruo que les servía de escondite.
El sacerdote tiró del grueso cerrojo y abrió lentamente la puerta, pero teniendo los brazos extendidos de modo de impedir el acceso en la pagoda.
Cuatro cipayos armados de fusil se presentaron, precedidos por un sargento que para Tremal-Naik y para su compañero fue de súbito reconocido como Bhârata.
—¿Qué desean? —preguntó el brahmán fingiendo la máxima sorpresa.
Los cinco indios, encontrándose ante aquel sacerdote, perteneciente a una casta tan elevada, permanecieron un poco perplejos, pero luego el sargento, más resuelto que sus compañeros, dijo:
—Perdóneme, sacerdote de Brahma, por haberlo importunado. En vez de usted, creí encontrar aquí a dos hombres que desde ayer a la noche perseguimos incansablemente.

jueves, 15 de agosto de 2013

XXXII. La muerte de Windhya


El faquir no se había engañado.
A los primeros clarores del alba, había divisado tres chalupas montadas por una docena de cipayos, paradas en medio del río, como si vigilasen la desembocadura de la galería.
Probablemente los hombres que las montaban, debían ignorar el punto exacto donde cesaban los grandes subterráneos de la vieja pagoda, ya que de otra manera no habrían dudado en entrar a fin de tomar a los fugitivos entre dos fuegos, pero debían haber estado informados que la galería desembocaba cerca de aquella orilla.
Tremal-Naik, divisando aquellas tres chalupas, se había puesto pálido. Retrocedió lentamente hasta alcanzar al faquir y plantándole encima dos ojos llenos de amenaza, le dijo:
—¡Alguien entonces nos ha traicionado...!
—Lo veo —respondió Windhya.
—¿Quién será ese “alguien”...?
—¿A mí me lo preguntas?
—Tú me has asegurado que nadie conocía la existencia de estas galerías.
—Y te lo confirmo.
—Tú has mentido.

jueves, 8 de agosto de 2013

XXXI. La persecución


Seguir al faquir no era cosa fácil con aquella profunda oscuridad que reinaba en la segunda caverna, y estando ahora ya desprovistos de antorchas. Sus compañeros se encontraban en una condición extremadamente embarazosa, no sabiendo dónde dirigirse y siendo por demás obligados a nadar para mantenerse a flote, no habiendo encontrado ningún punto de apoyo.
El agua que se había lanzado a través de las galerías, se había acumulado en aquella caverna por causa de la inclinación del terreno y era todavía muy alta como para no permitir a los cuatro indios tocar el fondo.
—¿Adónde vamos? —preguntó Tremal-Naik que comenzaba a ponerse inquieto—. Me encuentro turbado.
—Procura seguirme —dijo Windhya—. Sé dónde se encuentra la galería que debe conducir al Ganges.
—¿La encontrarás con esta oscuridad...?
—Lo espero.
—¿Y estará sumergida también aquella?
—No, porque debe estar mucho más alta que la caverna.
—¿Y si no podemos descubrirla?
El faquir no respondió.

viernes, 2 de agosto de 2013

XXX. En los subterráneos de la pagoda


Aquel pasaje subterráneo, ignorado ciertamente por el capitán y sus cipayos era estrechísimo, tanto compa para dejar apenas pasar un hombre, muy tortuoso y húmedo.
En vez de descender, después de pocos pasos subía, describiendo no obstante numerosas curvas, como si girase en torno al pantano o a la vieja pagoda ambos muy próximos a la cabaña del faquir. Los asquerosos insectos, penetrados por las fisuras del suelo, lo habían ya ocupado, seguros de gozar de una tranquilidad absoluta. A la luz de las antorchas de trecho en trecho se veían huir, espantados por aquella imprevista e inesperada invasión, escorpiones de todos los tamaños y de todos los colores, escolopendras, ciempiés de mil puntas venenosas, arañas negras, aterciopeladas, de grosor extraordinario e incluso algunos bis-cobra, especie de lagartos horribles, erizados de aguijones y con la lengua dividida en dos dardos córneos que destilan un veneno peligrosísimo.
Tremal-Naik manteniendo siempre estrechado a Bhârata por un brazo, después de haber recorrido alrededor de quinientos pasos, se detuvo en una pequeña caverna que parecía no tener ninguna salida.
—No se va más adelante —dijo al dandi y al viejo thug que lo habían alcanzado—. No diviso ningún pasaje.
—Esperemos a Windhya —respondió el thug—. Él sólo conoce estos subterráneos.
—He oído hablar de la vieja pagoda —dijo el dandi—. Yo, no creo que la galería deba terminar aquí.
—Si así fuese, sería la muerte para nosotros —dijo Tremal-Naik—. Los cipayos no tardarán en descubrir el pasaje.

viernes, 26 de julio de 2013

XXIX. La emboscada


La noche siguiente, Tremal-Naik, Windhya y el thug, dejaron silenciosamente la cabaña dirigiéndose hacia el pequeño promontorio. El primero estaba armado con una carabina, los otros dos con sus lazos y puñales. Pasada la vieja pagoda subieron la gradería desde cuya cima se podía dominar un inmenso trecho del sagrado río, sentándose entre los escombros que habían caído de lo alto de aquella enorme construcción.
Un silencio casi absoluto reinaba en las orillas del río gigante. No se oía más que el leve gorgoteo de la corriente, rompiéndose contra los tallos de loto y contra las raíces de los árboles acuáticos.
Ninguna barca se divisaba, sobre el espejo, vuelto centelleante por una espléndida luna, que se extendía entre las dos orillas; ningún grito de barquero o de pescador resonaba por el aire. A un lado y al otro del Ganges todos dormían.
Windhya, subido a un pedazo de columna, se había puesto a observar, procurando discernir hacia el sur algún punto o alguna línea oscura que indicase el acercarse de alguna chalupa, mientras Tremal-Naik, que parecía excitadísimo, se había puesto a pasear en medio de las ruinas girando y dando vueltas alrededor de una enorme estatua que representaba a Mojini, hijo de Visnú, transmutado en una mujer para seducir a los gigantes que infestaban el mundo y arrebatarles el amrita, el precioso licor que daba la inmortalidad.

viernes, 19 de julio de 2013

XXVIII. El acecho


Cuando el viejo thug y Tremal-Naik abandonaron la casucha del ramanandi, el sol ya había desaparecido y la oscuridad descendía rápida sobre las aguas del sagrado río.
A breve distancia les seguían los seis hombres de la ballenera armados de pistolas y de puñales para protegerlos en caso de que fueran descubiertos por el capitán o por sus cipayos, cosa no improbable teniendo que ir a la cita de Nimpor. Junto a las orillas del Ganges, los ocho indios se embarcaron en la ballenera y se hicieron a la mar descendiendo la riada gigante.
Era una noche espléndida y calma. En el cielo, miríadas de estrellas brillaban trémulas, reflejándose en el río, mientras la luna comenzaba a asomarse detrás de las altas cimas de las florestas y las selvas de campanarios, de agujas y de cúpulas de las numerosas pagodas, haciendo centellear la doradura de aquellos majestuosos monumentos del arte indio.
Bandas de marabúes argala, de busardos y de cigüeñas negras, de ibis morenas, de patos brahmánicos y de cormoranes surcaban el cielo, yendo a posarse sobre las cimas de las pagodas o sobre los tejados de las casas o entre las anchas hojas del loto, mientras en el agua centelleaban las lucecitas confiadas a las sagradas corrientes por las trepidantes esposas de marineros hindúes para traer los felices augurios.

jueves, 11 de julio de 2013

XXVII. El faquir


Arrojada una rupia sobre la mesa, los tres indios salieron de la miserable taberna, volvieron a cruzar las squares que entonces comenzaban a despoblarse a causa del calor que devenía excesivo y se pusieron a costear las orillas del Ganges, manteniéndose a la sombra de los grandes árboles que formaban espléndidas hileras.
Sobrepasada la parte central y más populosa de Calcuta, la llamada Ciudad Blanca, remontaron la orilla hacia el norte, metiéndose en la ciudad india, la más sucia y la más miserable, sin embargo, también la más pintoresca, encontrándose en aquel lugar las más bellas pagodas dedicadas a Brahma, a Shivá, a Visnú, a Krishna, a Párvati y a las muchas otras divinidades adoradas por los hindúes.
En aquel lugar nada de espléndidos coches, nada de palanquines de cortinas de seda, nada de palacios, ni calles anchas y limpias: un caos en cambio de tugurios, casuchas, barracas sombreadas por alguna planta y callejuelas fangosas, desfondadas, malolientes, donde se envolvían como animales inmundos cientos de chicos desnudos y donde paseaban gravemente los grandes marabúes argala, esos grandes pájaros sarnosos, de pico gigantesco y que están encargados de la limpieza de la calle.

viernes, 5 de julio de 2013

XXVI. La fragata


El Hugli, cuyas aguas son reputadas como sagradas por las poblaciones de la alta India que emprenden frecuentes y largas peregrinaciones, para arrojarle las cenizas de sus difuntos, o para bañarse es uno de los más importantes ríos de la gran península asiática. Su largura no supera las cincuenta leguas marinas, estando formado por la reunión de los ríos Cossimbazar y Djellinghey, las dos ramas más occidentales del Ganges; pero la masa de las aguas es muy considerable, engrosada desde la derecha por el Damodar, el Rupnarayan, el Tingorilly y el Haldi.
Sobre este brazo del Ganges reina una actividad extraordinaria, febril, que iguala a aquella de los ríos gigantes de América Septentrional. Aprovechando la marea alta, que se hace sentir muy fuerte, navíos de línea, provenientes de todos los puertos del globo lo remontan deteniéndose en Calcuta, en Chandernagor o en Hugli, las tres ciudades más importantes situadas en sus orillas.
Piróscafos, barcas, brig, bergantines, goletas y sloop, se encuentran dondequiera a lo largo de su curso. Ni hablar de las pinazas, de los pulwar, de las bagalas, de los moor-punkee, de los feal charra, de las donga y de todos aquellos otros barcos más o menos grandes, de construcción india, que se contaban por millares y que se cruzaban en todas las direcciones.

martes, 25 de junio de 2013

XXV. Asediados


Tremal-Naik no había aún terminado de hablar, que en el corredor de abajo retumbaron dos tiros de arma de fuego, seguidos, súbitamente después, por el alarido de un hombre que moría.
Sin pensar en el peligro al que se exponía, se precipitó fuera de la puerta, dando brincos de tigre y gritando:
—¡Nagor! ¡Nagor!
Nadie respondió a su llamado. El estrangulador, que pocos minutos antes velaba ante la puerta, no estaba más. ¿Adónde había ido? ¿Qué había pasado?
Tremal-Naik, inquieto, pero resuelto a salvar al compañero, se lanzó hacia la escalera. Un hombre, un cipayo yacía en medio del corredor, contorsionándose en los últimos anhelos. Del pecho le salía un chorro de sangre y formaba, en el terreno, un charco que lentamente se ampliaba.
—¡Nagor! —repitió Tremal-Naik.

martes, 18 de junio de 2013

XXIV. Las revelaciones del sargento


Ningún centinela velaba en el rellano.
Tremal-Naik, aún temblando por la emoción, pero decidido a todo para recuperar la libertad, subió silenciosamente los escalones y alcanzó una estancia oscura y desierta.
Permaneció un momento escuchando con profundo recogimiento, empuñó el revólver y poco a poco empujó la puerta, asomando con precaución la cabeza.
—Nadie —murmuró.
Abrió una segunda puerta, recorrió un corredor largo y oscurísimo y entró en una tercera estancia.
Era vastísima. Una luz brillaba en el fondo esparciendo un débil resplandor sobre una docena de literas, sobre las cuales roncaban sonoramente otros tantos hombres.
—¡Los cipayos! —murmuró Tremal-Naik, deteniéndose.
Estaba por volver atrás, cuando oyó en el corredor un paso cadencioso y un tintineo que parecía de espuelas. Se sobresaltó y alzó el revólver hacia la puerta. El hombre se acercaba; Tremal-Naik lo oyó detenerse un momento, luego pasar más allá.
—¡Si fuese el capitán! —exclamó.

jueves, 13 de junio de 2013

XXIII. Las flores que adormecen


Cuando Tremal-Naik volvió en sí, se encontró encerrado en un estrecho subterráneo iluminado por una pequeña rendija defendida por una doble fila de gruesos barrotes y sólidamente ligado a dos anillos de hierro, fijados en una especie de columna.
Primero se creyó presa de un mal sueño pero rápidamente se convenció de que estaba realmente prisionero.
Un vago temor se apoderó entonces de aquel hombre, a pesar de haber dado tantas pruebas de coraje sobrehumano.
Trató de reordenar las ideas, pero en su cerebro reinaba una confusión que no conseguía disipar. Se acordaba vagamente de Negapatnan, de su fuga, de la limonada, pero nada más.
—¿Quién pudo haberme traicionado? —se preguntó, tiritando—. ¿Qué será ahora de mí? ¿Qué cosa es esta niebla que me ofusca el cerebro...? ¿Me habrán embriagado con alguna bebida por mí desconocida?
Hizo un esfuerzo para alzarse, pero enseguida recayó; había oído abrirse una puerta.
—¿Quién desciende aquí? —preguntó.
—Yo, Bhârata —respondió el sargento adelantándosele.

lunes, 10 de junio de 2013

XXII. La limonada que desata la lengua


Tremal-Naik a aquel grito se había alzado sobre sus rodillas, presa de una viva inquietud. Al disparo de fusil había seguido otra explosión, luego una tercera y finalmente una cuarta. En el bungalow se alzó un gran griterío que hizo estremecer al cazador de serpientes.
—¡Mira hacia la jungla! —gritaba una voz.
—¡A las armas! —gritaba otra.
—¡Al elefante! ¡Al elefante!
—¡Fuera todos!
Se oyeron relinchos de caballos, un pataleo precipitado, un pisoteo y un barrito formidable que cubrió todos los diversos ruidos.
Tremal-Naik con la frente regada por gruesas gotas de sudor, escuchaba conteniendo la respiración.
—¡Corre, Negapatnan! ¡corre! —murmuró como si el fugitivo estuviera cerca para oírlo—. Si te capturan, estamos los dos perdidos.
Con un esfuerzo desesperado se alzó y se puso a saltar, tanto como le permitían las cuerdas, hacia la tronera. Un pisoteo apresurado que venía de la escalera lo detuvo.

lunes, 3 de junio de 2013

XXI. La fuga del thug


Los astros comenzaban a palidecer, cuando Tremal-Naik, casi fuera de sí, todavía desconcertado por el coloquio tenido con el estrangulador, llegó al bungalow del capitán Macpherson.
Un hombre estaba apoyado en el umbral de la puerta y bostezaba, respirando ruidosamente el fresco aire de la mañana. Este hombre era el sargento Bhârata.
—¡Hola, Saranguy! —le gritó—. ¿De dónde vienes?
Esta llamada arrancó bruscamente a Tremal-Naik de sus pensamientos. Se volvió atrás, creyendo que había sido seguido por el tigre, pero el inteligente animal se había detenido en el borde de la jungla. Bastó una rápida seña del amo para que desapareciese entre el bambú.
—¿De dónde vienes, mi bravo cazador? —retomó Bhârata, moviéndose a su encuentro.
—De la jungla —respondió Tremal-Naik, arreglando sus alteradas facciones.
—¡De noche! ¡Y solo!
—¿Y por qué no?

miércoles, 29 de mayo de 2013

XX. Matar para ser feliz


Había llegado la noche.
El capitán Macpherson durante el día no se había hecho ver y ningún incidente había ocurrido en el bungalow.
Saranguy, después de haber errado a capricho aquí y allí por los alrededores de los cobertizos y de las empalizadas, presentando atento oído a los discursos de los cipayos, se había tendido detrás de un denso matorral, a cincuenta pasos de la habitación, como alguien que busca quedarse dormido.
No obstante de vez en cuando alzaba prudentemente la cabeza, y su mirada recorría rápidamente la circunstante campiña. Se hubiera dicho que buscaba algo, o que esperaba a alguien.
Pasó una larga hora. La luna se alzó sobre el horizonte, iluminando vagamente la floresta y el curso de la gran riada que murmuraba alegremente, rompiéndose contra las orillas.
Un alarido agudo, el alarido del chacal, se hizo escuchar a lo lejos.
Saranguy se alzó bruscamente, mirando alrededor con desconfianza.
—Finalmente —murmuró, tiritando—. Sabré mi condena.

viernes, 24 de mayo de 2013

XIX. El salvador


Al oriente comenzaba a alborear, cuando el capitán Macpherson y Bhârata descendieron al patio del bungalow.
Estaban los dos armados con carabinas de largo alcance y grueso calibre, de pistolas y cuchillas con hoja anchísima y de doble filo. Un cipayo los seguía, llevando otras dos carabinas de recambio y algunas picas.
En pocos minutos alcanzaron el recinto en cuyo umbral barritaba ruidosamente Bhagavadi, cercado por una media docena de mahouts, o conductores de elefantes.
Bhagavadi era uno de los más grandes y más bellos koomareah que fuera encontrado en las orillas del Ganges. Era menos alto que un elefante merghee pero más vigoroso, dotado de una potencia extraordinaria, con un cuerpo macizo, patas cortas y regordetas, una trompa bastante desarrollada y dos magníficos colmillos puntiagudos, arqueados hacia arriba.
Sobre el dorso ya estaba acomodado el howdah, especie de barquilla en la que toman lugar los cazadores, sólidamente asegurado con cuerdas y cadenas.
—¿Estamos listos? —preguntó el capitán Macpherson.
—Solo falta partir —respondió el jefe de mahouts.
—¿Los batidores?
—Están ya en el límite de la jungla, con los perros.

viernes, 17 de mayo de 2013

XVIII. Negapatnan


La villa del capitán Harry Macpherson, se elevaba sobre la orilla izquierda del Hugli, ante una pequeña bahía en la que flotaban varias donga y algunos moor-punkee.
Era uno de esos palacetes que se llaman en India bungalow, elegante, comodísimo, de un solo piso, alzado sobre un basamento de ladrillos y coronado por un techo piramidal. Una galería sostenida por columnas, llamada veranda, y que terminaba en una amplia terraza, giraba en torno reparada por densas esteras de cocotero.
A derecha y a izquierda se extendían bajos edificios y cobertizos, destinados para la cocina, la remesa, la caballeriza y los cipayos, sombreados de palmeras tara, de latania y de no pocos pipal y de nim, árboles de tronco enorme y de follaje denso y oscuro, que hoy están en gran parte desaparecidos de las grandes planicies del delta gangético.
El capitán Macpherson entró en el palacete dejando a los cipayos en la puerta, recorrió una larga fila de estancias amuebladas simplemente pero elegantes, con sillas altas inmensas y mesas y mesitas de caoba y subió a la terraza reparada por una gran tienda. Bhârata no tardó en alcanzarlo arrastrando a viva fuerza al estrangulador Negapatnan.