
La Cornwall, escapada milagrosamente a la explosión de los depósitos de pólvora, hilaba a todo vapor hacia los Sundarbans.
Tremal-Naik había ya narrado todo, y el capitán Corishant quería caer encima de la cañonera de Hider, antes de que la tripulación pudiera advertir el ataque y dar aviso al formidable Suyodhana del golpe fallido y de la traición.
Los marineros y los soldados de infantería marina estaban armados, para estar listos a la primera señal, mientras que los artilleros se habían colocado detrás de seis piezas de cañón, decididos a mandar a pique a la Devonshire antes que dejarla escapar.
El capitán, preso de una ansiedad indecible, erguido sobre el castillo de proa con un gran catalejo de noche, escrutaba ávidamente la oscuridad y señalaba la ruta a los timoneles, para evitar los numerosos bajíos. Tremal-Naik, a su lado, aguzaba su mirada de águila para intentar descubrir la desembocadura del Mangal.
—¡Pronto...! ¡pronto! —repetía él—. ¡Si los thugs se dan cuenta del ataque, mi Ada está perdida...!

















