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lunes, 29 de marzo de 2021

XII. La pagoda de Kalikò


Diez minutos después, Yanez, Tremal-Naik, la rani que tenía al pequeño Soarez en brazos y que parecía no estar más presa de aquel misterioso hipnotismo, y Kammamuri, se encontraban reunidos en una cómoda sala, amueblada a la inglesa antes que a la india, con poquísimos muebles, vastas sillas poltronas de bambú, una mesa larguísima con capacidad incluso para treinta personas, y numerosas ménsulas sosteniendo botellas polvorientas.
Los dos cocineros del palacete, ya informados de que el maharajá y sus compañeros deseaban desayunar, habían preparado la mesa, adornándola también con muchas flores.
Perfumes agudos salían de las cocinas esparciéndose incluso en la sala, con gran cólera de Yanez, que por temor a sufrir la suerte de sus ministros, se había jurado no comer mas que huevos duros, abiertos con sus propias manos, y cocos partidos en su presencia.
—¡Miren a qué se ha reducido un maharajá...! —exclamó, golpeando el puño sobre la mesa—. A no poder sacarse el hambre.
—¿Pero temes que también nos envenenen? No lo osarían, mi señor —dijo Surama.
—La traición nos envuelve, mi querida, y no sabemos qué preparan los contratados por Sindhia, que parecen ser todos parias. Tienen demasiado conocimiento de los venenos.

lunes, 15 de marzo de 2021

XI. Noche de angustia


El huracán arreciaba siempre con creciente espanto sobre la capital.
La India sufre de largas sequías, no obstante, como todas las regiones casi ecuatoriales, de vez en cuando se desencadenan y sin que nada los haga prever, ciclones que nada tienen que envidiar en violencia a los de las Antillas, que son tan tristemente famosos.
El cielo, poco antes limpísimo, se cubre imprevistamente de gigantescos nubarrones de color blancuzco que soplan viento a través de sus grietas. Y no son ya ráfagas: son golpes de viento acompañados por descargas eléctricas y truenos. Es siempre recordado en India el famoso ciclón de 1864. El cielo estaba limpísimo sobre Calcuta, la grandiosa capital de Bengala, cuando para el estupor de todos los habitantes se oscureció.
Un viento terrible se desencadenó, junto con la lluvia y los relámpagos, rechazó las aguas del Hugli, que es el último brazo del Ganges y en un momento arrastró a doscientas cuarenta naves, estrellándolas unas contra otras y ahogando a las tripulaciones que, de la población, no podían obtener ninguna ayuda. Colapsaron barrios enteros, fueron derribados imponentes palacios que parecían haber desafiado los siglos, llevados como paja de los pórticos inmensos. Todo quedó patas para arriba y veinte mil personas, entre indios y europeos, permanecieron sepultadas entre las ruinas y cien mil, en las inmensas llanuras que circundan la capital, ya que ninguna aldea pudo resistir a las furias del ciclón.

viernes, 26 de febrero de 2021

X. En búsqueda de la rani


Por desgracia, el incendio ya se había apoderado completamente del imponente y magnífico palacio de los rajás de Assam y, pésimamente combatido por aquella decena de bombas desquiciadas (que a cada momento dejaban de funcionar, estando las mangueras todas acribilladas quizá por los dientes de las ratas, la plaga de la India), devoraba con mayor furor, alimentado por el viento nocturno que descendía de las no lejanas montañas. Si las poderosas murallas de piedra y los dos pisos inferiores resistían, los techos y las galerías de madera de palisandro, y los pisos superiores de palo de rosa, se quemaban alegremente, lanzando hacia el cielo llamas espantosas.
Ya los rajputs, la policía y la muchedumbre, desanimados por la inutilidad de sus esfuerzos y espantados por los continuos remolinos de chispas que salían de las ventanas y que se derramaba en las calles mordiendo las carnes desnudas de los indios, habían renunciado a la lucha. Solamente hacia un ángulo del palacio, donde se encontraban los apartamentos de la rani, las bombas funcionaban bien o mal, y los rajputs desplegados en grandes cadenas no cesaban de pasarse grandes baldes de agua que luego eran vaciados dentro del gigantesco horno.

miércoles, 10 de febrero de 2021

IX. El incendio del palacio real


El elefante, habiendo oído el silbido bien conocido de su conductor, trompeteó alegremente, luego se arrojó a medio trote a través de las amplias calles de la capital.
Siendo mediodía, muy pocas personas se encontraban todavía en las puertas de sus casas, luego casi ninguna en el medio, para no agarrarse un golpe de sol, de modo que Sahur podía correr cuanto quisiera y aumentar siempre, sin correr peligro de atropellar bajo sus enormes patas a algún desgraciado.
Tremal-Naik, Kammamuri y el joven buscador de pistas, se habían acomodado bien dentro del howdah, encendiendo sus cigarrillos y dándose aire con grandes abanicos de hojas de mangiferas artísticamente entrelazadas. Sahur aumentaba siempre, atravesando plazas inmensas y calles infinitamente largas, recorridas por un sol implacable. No temía al calor el bravo elefante, también porque su conductor le había untado bien la enorme cabeza con grasa apenas disuelta.
Con un último impulso atravesó el puente levadizo del bastión de occidente y se arrojó a campo abierto, no cuidándose de pasar a través de los espléndidos campos de jowar, que producen una especie de cebada bastante apreciada por los indios.
Siendo el elefante del maharajá, tenía derecho a pasar por todas partes, y lo aprovechaba para encontrar buenos pasajes, con gran desesperación de los campesinos que lo miraban de lejos, no obstante, sin osar protestar.
Cantaban las grandes cigarras, cantaban los grillos, y los perros salvajes aullaban a lo lejos, a la caza quizá de algún desgraciado nilgó, un bellísimo antílope que muy a menudo se deja sorprender por aquellos temibles cazadores entre los altísimos kalam, donde siempre cree estar seguro.

miércoles, 27 de enero de 2021

VIII. Hambre, sed y puñetazos


Aún cuando la cesta debió estar un poco pesada, especialmente con las botellas vacías y los fragmentos, Surama, la pequeña rani, como si imprevistamente hubiese adquirido una fuerza extraordinaria, casi al igual que la del hercúleo rajput, había vuelto a bajar la escalera, siempre con la misma seguridad de antes. Sin embargo, no debía ver, porque de otra manera habría divisado fácilmente a Kammamuri y a sus dos compañeros.
Por tercera vez volvió a pasar entre los ayudantes que alborotaban siempre más ferozmente, devorados más que nada por la sed, porque se habían metido no pocas ratas dentro de sus sacos pelados, y se detuvo nuevamente en la extremidad del colchón ocupado por el prisionero:
—Aquí estoy.
—Demasiado tarde —dijo el paria con voz oscura—. He visto todo, aún permaneciendo aquí.
—Bebe: hay botellas.
—Están todas vacías y las que estaban llenas han sido partidas. Veo la cerveza descender al subterráneo y no puedo beberla.

lunes, 11 de enero de 2021

VII. Los furores de los filósofos


Apenas habían salido cuando el baniano extrajo de un saco un cordero muerto, ya un poco pasado a juzgar por el olor desagradable que transmitía, y lo puso en la extremidad del colchón ocupado por el paria, hacia los pies.
—Correrán en batallones —dijo el cazador de ratas—. Quiero ver si este hombre sabe resistir el temor de ser devorado vivo sin poder defenderse.
—¡Uf...! —dijo Kammamuri—. Tengo más confianza en mis pajarracos.
—Veremos, sahib. Hay otras dos puertas allá abajo que conducen ciertamente a otros subterráneos más inmensos. Abrámoslas, retirémonos y disfrutemos de la escena. Estaremos listos para intervenir si los roedores tienen demasiada hambre y quieren morder demasiado fuerte la carne palpitante.
—¿Debemos apagar las linternas?

viernes, 25 de diciembre de 2020

VI. El magnetizador


Llevaban esperando casi una hora, estando el refugio de los parias bastante lejos, cuando vieron reaparecer al baniano y a los shikaris cargados como mulas, de viejas alfombras.
—Alteza —dijo el cazador de ratas que precedía a los cuatro shikaris—, aquí está la salvación.
Yanez lo miró y sonrió burlonamente.
—¿Es esta la escala que arrojarás a través del río?
—Sí, Alteza. He notado que las aguas son extremadamente pesadas, impregnadas como están de arena y desperdicios de todo tipo que las pequeñas cloacas conducen hasta aquí.

jueves, 10 de diciembre de 2020

V. El falso brahmán


Los dos molosos, apenas liberados de las cadenas, no partieron enseguida. Se recogieron un momento sobre sí mismos, olfateando y volviendo a olfatear el aire, luego se descargaron con la velocidad de dos proyectiles a través de una puerta baja que debía conducir a algún refugio.
Todos los hombres tenían las manos firmes sobre sus carabinas, listos para ametrallar a aquellos misteriosos individuos que huían delante de ellos sin intentar ninguna resistencia, pero poniendo a dura prueba la paciencia de los invasores que comenzaban a tener suficiente con aquellas apestosas y oscuras cloacas. Por algunos momentos oyeron a los dos molosos gruñir espantosamente, haciendo resonar la bóveda de la galería con extraños fragores, luego siguió un breve silencio.
—En guardia —dijo Yanez—. Los perros deben haber llegado.
En aquel momento, alaridos horribles rompieron el silencio, seguidos por numerosos tiros de pistola. Debía haber sido empeñada la batalla entre los hijos de las altísimas montañas del Tíbet y los misteriosos individuos.

martes, 24 de noviembre de 2020

IV. La cacería a los envenenadores


La noche siguiente, apenas los gongs dispuestos en varios barrios de la capital habían dado el toque de queda, un pelotón formado por diez hombres salía misteriosamente del palacio imperial.
Estaba precedido por dos molosos tibetanos, soberbios animales, robustísimos, de cuerpo fuertísimo, con los labios colgantes, que a causa de dos pliegues les dan un aspecto verdaderamente terrible. Son grandes como un ternero y poseen tal fuerza muscular como para luchar de manera ventajosa contra los osos y derribarlos. ¡Ay si muerden...! Quiebran siempre o producen espantosas heridas. El pelotón estaba formado por Yanez, Tremal-Naik, Kammamuri, el baniano y seis shikaris que conocían a los dos molosos y que podían lanzarlos en el momento oportuno.
Todos estaban armados de carabinas y pistolones de doble cañón, de buen alcance y llevaban, bajo media capa de caucho, pequeñas lámparas chinas para encender más tarde.
Los habitantes ya se habían retirado, despejando las calles, para nada preocupados, al parecer, por el nuevo crimen que había golpeado al gobierno imperial. Aquella calma, o mejor dicho, aquella indiferencia, había golpeado un poco a Yanez, que nada se le escapaba.

miércoles, 11 de noviembre de 2020

III. El cazador de ratas


Un momento después entraba en la pequeña sala el famoso cazador de la jungla negra y de los thugs de los Sundarbans.
Era un bellísimo tipo de indio bengalí, ya casi de sesenta años, una persona elegante y flexible sin ser delgada, de facciones finas, enérgicas, la piel levemente bronceada como los indios que salen de las altas castas, no contaminadas por las impurezas de los parias.
Vestía como los ricos indios modernizados por la Young India, que ya han dejado el dhoti y la dupatta por el traje típico anglo-indio, bastante más cómodo: chaqueta de tela blanca con alamares de seda roja, faja bordada altísima que sostenía dos largas pistolas, pantalones estrechos también de seda blanca, y sobre la cabeza un pequeño turbante variegado.
—¿De dónde vienes? —gritó Yanez, tendiéndole la mano, imitado enseguida por Surama—. Creía que te habían envenenado también a ti.
Sobre la frente del indio pasó como una nube, y sus ojos negrísimos tuvieron un destello.

jueves, 29 de octubre de 2020

II. El veneno del bis-cobra


Disparaban los shikaris, fríamente, como viejos cazadores, lanzando sus balas cónicas en todas direcciones, porque el ataque se había vuelto envolvente, pero los terribles animales poseídos por el demonio de la venganza, no habían interrumpido su espantoso ataque. Tres veces pasaron a carrera desenfrenada alrededor del carro, siempre dejando atrás muertos o moribundos, porque Yanez y Kammamuri, viejos cazadores, jamás fallaban sus tiros.
Todavía eran cuarenta, y quizá incluso más, y todos de masa enorme. Su choque fue tan formidable que el carro, a pesar de su peso, y aun cuando tuviese las altas ruedas hundidas en el blando terreno de la floresta, retrocedió con un estruendo espantoso. Por un momento Yanez y sus compañeros tuvieron la sensación de una violentísima sacudida de terremoto y temieron que todo saltase por los aires, pero las grandes vigas, bien unidas por arpones de hierro, se mantuvieron firmes. Los búfalos, siempre más rabiosos, se ensañaban redoblando las cargas con una violencia quizá nunca vista. Algunos se habían partido los cuernos, otros habían permanecido como suspendidos y enseguida habían sido terminados con las largas pistolas indias, armas magníficas que valen mejor que todos los revólveres del nuevo y viejo mundo.

martes, 13 de octubre de 2020

I. El asesinato de un ministro


—Señor Yanez, si no me engaño, vienen, y tendremos una carga formidable, espantosa.
—¡Ah, bribón...! ¿Cuándo te decidirás a llamarme Alteza? ¿Cuando te haya hecho cortar la punta de la lengua por el verdugo de mi imperio?
—Nunca lo haría.
—Estoy más que convencido, mi bravo Kammamuri: para ti seré siempre el señor Yanez o el Tigre Blanco, como Sandokan para ti siempre será el Tigre de la Malasia.
—¡Dos grandes hombres, señor...!
—¡Que el diablo te lleve! Es cierto, algo hemos hecho en Malasia y en India, como para no dejar oxidar nuestras espléndidas carabinas inglesas.
—No, Alteza...
—Eh, Kammamuri, te prohibo darme este título cuando no estamos en la corte; y me parece, si no me he quedado ciego, que ahora nos encontramos en medio de una magnífica floresta, sin molestos ministros, grandes mariscales de no sé qué.
—Es una orden que ha instituido usted, señor Yanez.

miércoles, 7 de octubre de 2020

El brahmán de Assam

Primera edición (Florencia, 1911)
“Il bramino dell’Assam”, es la tercera novela que Salgari publica con el editor Bemporad de Florencia, luego de abandonar a su histórico editor genovés Antonio Donath. Se lanzó directamente en formato de libro en 1911, después del suicidio del autor el 25 de abril del mismo año.

Sin embargo, no se tienen registros contables de los pagos de esta novela por parte del editor a Salgari. En cambio, sí se registran los pagos regulares de la siguiente novela de la saga, “La caduta di un impero” (“La caída de un imperio”). Por lo que se sospecha que “Il bramino dell’Assam” se trata simplemente de la primera parte de dicha novela. Más teniendo en cuenta que normalmente las novelas de Bemporad tenían 24 o más capítulos y en este caso, cada una tiene solo 12 (para mantener la cantidad de páginas en la publicación, aumentaron el tamaño de los caracteres). Además, el argumento de “La caída de un imperio” continúa en el punto exacto donde termina “El brahmán de Assam”.

En “El brahmán de Assam”, Yanez, junto a Tremal-Naik y Kammamuri hacen frente a las intrigas palaciegas que intentan destronar a Surama. Esta vez, Sandokan y sus cachorros no son de la partida (habrá que esperar a la última novela).