
Diez minutos después, Yanez, Tremal-Naik, la rani que tenía al pequeño Soarez en brazos y que parecía no estar más presa de aquel misterioso hipnotismo, y Kammamuri, se encontraban reunidos en una cómoda sala, amueblada a la inglesa antes que a la india, con poquísimos muebles, vastas sillas poltronas de bambú, una mesa larguísima con capacidad incluso para treinta personas, y numerosas ménsulas sosteniendo botellas polvorientas.
Los dos cocineros del palacete, ya informados de que el maharajá y sus compañeros deseaban desayunar, habían preparado la mesa, adornándola también con muchas flores.
Perfumes agudos salían de las cocinas esparciéndose incluso en la sala, con gran cólera de Yanez, que por temor a sufrir la suerte de sus ministros, se había jurado no comer mas que huevos duros, abiertos con sus propias manos, y cocos partidos en su presencia.
—¡Miren a qué se ha reducido un maharajá...! —exclamó, golpeando el puño sobre la mesa—. A no poder sacarse el hambre.
—¿Pero temes que también nos envenenen? No lo osarían, mi señor —dijo Surama.
—La traición nos envuelve, mi querida, y no sabemos qué preparan los contratados por Sindhia, que parecen ser todos parias. Tienen demasiado conocimiento de los venenos.











