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martes, 19 de septiembre de 2017

XXXII. El hijo de Suyodhana


No, los últimos tigres de Mompracem no estaban vencidos aún, no obstante podían estarlo bien pronto, no sabiendo más donde abastecerse del combustible tan necesario para ellos, tanto y quizá más que la pólvora para disparar.
El carbón disminuía a vista de ojo y los pozos estaban casi vacíos y ninguna esperanza se ofrecía para encontrar alguna nave. Era necesario tomar una decisión suprema, y enseguida fue tomada por Sandokan y Yanez, acordada con Tremal-Naik y con el ingeniero norteamericano.
Fue deliberado alcanzar sin demora la isla de Gaya, donde se habían reunido los praos en espera del fin de la guerra, no es que allí esperasen encontrar el combustible, pero para tener al menos, en el momento supremo, el apoyo de aquellos veleros y al mismo tiempo para enviar a algunos a Brunéi para cargarlos.
Tratándose de pequeños leños mercantes, que podían enarbolar cualquier bandera, nadie podría poner obstáculos si pidiesen embarcar carbón.

viernes, 1 de septiembre de 2017

XXXI. Los últimos cruceros


Yanez había escuchado pacientemente, mirando con curiosidad, no exenta de cierta ironía, a aquel pequeño hombre que prometía casi trastornar el mundo, preguntándose si tenía delante alguna formidable invención o a un loco.
El desconocido, viendo que el portugués no se decidía a responder y adivinando por cierto los pensamientos que le pasaban por la cabeza, dijo:
—¿Usted cree que el doctor Paddy O’Brien tiene el cerebro exaltado, verdad señor? ¿O por lo menos que tiene ganas de bromear? Pues bien, no, comandante, porque he logrado hacer un descubrimiento prodigioso, con el que obtendrá resultados terribles.
—Continúe —dijo flemáticamente Yanez, que comenzaba a divertirse.
—¿Sabe que ahora se ha encontrado el medio de encender las lámparas eléctricas sin necesidad de cables? En Chicago, en mi establecimiento eléctrico, he hecho experimentos extraordinarios y a distancias de cuatro mil metros.
—Poco interesantes para mí aquellas experiencias, mi querido señor Paddy O’Brien. A nosotros nos bastan nuestros cañones para demoler a nuestros adversarios.

miércoles, 23 de agosto de 2017

XXX. El demonio de la guerra


El Rey del Mar, habiendo embarcado rápidamente la chalupa, enseguida había virado de bordo lanzándose hacia el norte, a fin de no comprometerse entre las escolleras que se prolongaban hacia occidente.
La escuadra de los aliados acudía a todo vapor, esperando cortarle el paso y forzaba las máquinas para llegar a tiempo.
No obstante, ninguna de aquellas naves, todas de tipo anticuado, desgastadas en estaciones de otros mares, podía competir con el velocísimo crucero, que marchaba ya a tiro forzado, ni podía competir con su formidable artillería, que era la más moderna de aquella época.
Los proyectiles caían densos sobre el puente del crucero y golpeaban también furiosamente sus flancos y las granadas estallaban en buen número sobre las torretas con un estrépito ensordecedor y alzando largas llamaradas, no obstante, sin conseguir romper las placas metálicas.

miércoles, 16 de agosto de 2017

XXIX. El desastre de la Marianna


Una vez más, la formidable nave de los tigres de Mompracem, construida por aquellos incomparables ingenieros norteamericanos, había justificado su título de invencible y a prueba de escollos.
A pesar del choque tremendo soportado por aquel terrible golpe de espolón, sus máquinas y su proa habían resistido maravillosamente y su blindaje había soportado, sin desintegrarse, aquel granizar furioso de tantas artillerías.
Salía de la batalla casi incólume, porque, salvo pocas abolladuras sin ninguna importancia, sus robustos flancos podían sufrir otras pruebas. Todo el daño se había limitado a cuatro muertos, cuatro artilleros mutilados por el estallido de una granada.
El Rey del Mar no había aminorado su marcha. Sandokan y Yanez, sabiéndose ya perseguidos y suponiendo, no sin razón, que los aliados hubiesen adivinado el propósito de aquel crucero, querían llegar a la desembocadura del Sadong con una ventaja de al menos veinticuatro horas, para proteger a la Marianna y posiblemente abocarse a los jefes dayak.
Estaban seguros de encontrar a la pequeña nave escondida entre las escolleras, en espera de su arribo.

miércoles, 2 de agosto de 2017

XXVIII. En las aguas de Sarawak


Los dos transportes, que se veían en la imposibilidad de oponer ninguna resistencia, no poseyendo mas que artillería ligera, completamente inocua para los poderosos flancos del corsario, había obedecido enseguida, bajando las banderas.
Sobre sus cubiertas reinaba una confusión indescriptible. Los soldados, trescientos o cuatrocientos, creyendo que el crucero se preparaba para hundirlos, corrían a lo loco por los puentes, agolpándose alrededor de las chalupas.
—Les concedo dos horas para desalojar la nave —había señalado entonces el Rey del Mar—. Después de este tiempo abriré fuego. ¡Obedezcan...!
Las islas Romades no estaban lejanas más de dos kilómetros, mostrando sus costas absolutamente desiertas, con pocos árboles y flanqueadas por numerosos bancos de arena y por arrecifes.
Los comandantes de las dos naves, después de un breve concilio, habían respondido:
—Cedemos a la fuerza, para ahorrar una masacre inútil.

jueves, 20 de julio de 2017

XXVII. El crucero del Rey del Mar


Cuarenta y ocho horas después, el Rey del Mar, que había tomado la dirección del poniente para esperar el paso de las naves provenientes de la India y de las grandes islas de Java y de Sumatra, dirigidas a los mares de la China y del Japón, a ciento cincuenta millas del grupo de Bunguran avistaba un penacho de humo.
—¡Nave a vapor! —había señalado Kammamuri, que estaba de guardia sobre las cofas del trinquete.
Sandokan que estaba almorzando con sus amigos y con el ingeniero de máquina, se había apresurado a subir al puente, después de haber lanzado el comando:
—¡Reaviven el fuego! ¡A las piezas los artilleros de las torretas!
La tripulación entera también había subido a cubierta, sin excluir a la guardia de franco, nadie podía predecir con qué nave el Rey del Mar estaba por encontrarse.
Hallándose el crucero otra vez a tan breve distancia de las costas de Borneo, podía darse el caso de que se encontrase imprevistamente de frente a alguna nave de guerra con rumbo para Labuan o Sarawak.
El Tigre de la Malasia, armado de un potente catalejo, escrutaba atentamente el mar. Por el momento no se veía mas que una columna de humo destacarse contra el luminoso horizonte, pero la nave no debía tardar en aparecer, ahora que el Rey del Mar se movía a su encuentro con una velocidad de doce nudos y seis décimas.

jueves, 6 de julio de 2017

XXVI. El retorno del Rey del Mar


Ensordecedores clamores y varios tiros de mosquete habían respondido al retumbar de la pieza de artillería. No obstante, no eran gritos de guerra, sino de alegría, signo evidente de que no se trataba del Rey del Mar, sino de la nave inglesa esperada.
Yanez y sir Moreland, tranquilizados por la amenaza del centinela, habían intentado treparse hasta el techo donde se veía una rendija; no obstante, habían debido renunciar a causa de la altura de las paredes.
—¡Bah! —dijo el anglo-indio—. Será una espera de pocos minutos.
—¿Será una nave perteneciente a la flotilla de Labuan? —preguntó Yanez.
—Lo supongo. Parece que mis compatriotas han desembarcado; ¿no oye esos hurras?
—Si, la población los saluda.
—Dentro de poco la comedia se convertirá en farsa, con gran estupor de aquel estúpido gobernador que se ha obstinado en no creerme un capitán auténtico. Los gritos se aproximan, mis compatriotas vienen a liberarnos.
—Los isleños supondrán en cambio que vienen a colgarnos —dijo Darma.
—Son capaces de haber preparado las cuerdas —dijo Yanez, bromeando.

jueves, 29 de junio de 2017

XXV. La traición de los colonos


Durante toda la noche el huracán arreció con furia extraordinaria, acompañado por aguaceros torrenciales que fluyendo a lo largo de los flancos del gigantesco escollo, se precipitaban sobre la playa en forma de pequeñas cascadas, salpicando abundantemente a los tres náufragos.
Truenos ensordecedores retumbaban entre las tempestuosas nubes y en lo alto se sentía el viento rugir tremendamente sobre la veta del islote.
El mar estaba espantoso entre las tres islas. Montañas de agua se derramaban sin pausa sobre la playa, bramando alrededor de las escolleras, rebotando, encaballándose. La espuma, levantada por las ráfagas, llegaba hasta debajo de la peña donde se habían refugiado los tres náufragos, empujándola dentro para disgusto de Darma.
—Qué noche de horror —decía la niña, estrechándose encima de Yanez—. ¿Qué le habrá sucedido a nuestra nave? ¿Podrá el señor Sandokan hacer frente al huracán? ¿Qué dice usted, sir Moreland, que es también marinero?
—Su nave no correrá peligro —respondió el anglo-indio—, habrá sido arrastrada lejos, por cierto. El Tigre de la Malasia se habrá puesto forzosamente a la capa para escapar al huracán. Esta es la región de las tempestades.

viernes, 16 de junio de 2017

XXIV. La isla Mengalum


Toda la noche el Rey del Mar fue golpeado por las olas que subían incesantemente del sur, turbando todo el mar de la Sonda.
El viento no había dejado de aumentar, no obstante no era aún tan violento como para volver dificultosa la navegación del crucero, dotado de espléndidas cualidades náuticas, a pesar del peso enorme de su gran artillería y de sus torres blindadas.
A la mañana siguiente el tiempo se había vuelto más amenazador. Las oleadas seguían con furia, con las crestas espumantes, bramando densamente y rompiéndose con estrépito contra el espolón de la nave.
El viento, azotando sus cimas, levantaba verdaderas cortinas de agua que corrían a través del océano, danzando desordenadamente y derrumbándose contra la arboladura y las torres del Rey del Mar.

jueves, 1 de junio de 2017

XXIII. En el mar de la Sonda


Seis días después, el Rey del Mar, que había navegado siempre a velocidad reducida, para economizar el valioso combustible, llegaba a Tanjung Datu, aquel vasto promontorio que cierra hacia el poniente el golfo, o mejor dicho, el mar de Sarawak.
La Marianna ya estaba ahí, escondida dentro de una pequeña rada, reparada por altísimas escolleras que la volvían invisible a las naves que pasaban mar adentro.
La comandaba uno de los más viejos piratas de Mompracem, que había tomado parte en todas las empresas del Tigre de la Malasia y de Yanez, un hombre de muchísima confianza y de un valor extraordinario, tanto como guerrero, como marinero.
Según las órdenes recibidas, tenía buen cargamento de armas y municiones, para abastecer al Rey del Mar en caso de que hubiese tenido necesidad, pero en cuanto al carbón, apenas había podido juntar una treintena de toneladas, habiendo los ingleses de Labuan, después de la declaración de guerra de Sandokan, acaparado todo lo que se encontraba en la ciudad de Brunéi, la capital del sultanato de Brunéi.

martes, 23 de mayo de 2017

XXII. Los misterios de sir Moreland

Un viejo experto artillero, de larga barba entrecana, con la espalda cuadrada, avanzó con aquel balanceo particular de los viejos lobos de mar.
—El capitán que nos ha vendido esta nave me ha dicho que eres un famoso artillero —dijo Sandokan, mientras el experto se quitaba de la boca el trozo de cigarro que estaba masticando y saludaba con gravedad.
—Los ojos son aún buenos, comandante —respondió el viejo.
—¿Serías capaz de mandar una bala a aquel curioso que intenta acercársenos? Si lo tocas o lo hundes tendrás cien dólares de premio.
—No le pido, comandante, mas que hacer detener al Rey del Mar por cinco minutos.
—Te pido un tiro de experto.
—Lo intentaré, comandante.
El punto negro, vuelto ya una tira muy visible, entraba entonces en la segunda zona fosforescente.
—¿Lo ve? —le preguntó Sandokan.
—Debe ser una de aquellas feas bestias inventadas por mis compatriotas, que llevan un torpedo fijo a un asta —dijo el viejo—. Son peligrosas si se arriman.
—¡A tu puesto!

martes, 16 de mayo de 2017

XXI. La caza al Rey del Mar


Un momento después, habiendo hecho embarcar a los sobrevivientes del crucero en una chalupa provista de víveres suficientes como para poder alcanzar Rajang, sin que corriesen el peligro de sentir la estrechez del hambre, el Rey del Mar se lanzaba a través del golfo de Sarawak con la proa al sur.
Reinaba una calma casi completa, soplando muy raramente las brisas en aquellas regiones candentes, regiones bastante temidas por los veleros que a menudo se encontraban inmovilizados por largas semanas. Solamente de vez en cuando una oleada larguísima, retumbante, llegaba del este hinchándose gradualmente y después de haber pasado bajo el crucero, sacudiéndolo bruscamente, se perdía en la dirección opuesta. Pasada no obstante aquella oleada, que provenía quizá de las lejanas costas de las islas de la Sonda, el océano retomaba su inmovilidad.
Ninguna nave se divisaba en alta mar, ni al este, ni al oeste, ni al norte, ni al sur. En cambio, abundaban las aves tropicales, incansables volteadoras que se encuentran incluso a varios centenares de millas de las costas. Eran nubarrones de súlidos y de Procellaria cinerea, especie de proceláridos que, cosa bastante extraña, llevan casi siempre, pegadas a las plumas del abdomen, crustáceos marinos, los pequeñísimos cirrópodos, obligándoles a vivir así, a su pesar, en el aire. No obstante, parece que no se encuentran demasiado incómodos en aquellos viajes aéreos, porque no parece que sufrieran.

miércoles, 3 de mayo de 2017

XX. Sir Moreland


La agonía del crucero, agonía terrible y espantosa había comenzado.
El monstruo humeante consumía vanamente sus últimas fuerzas intentando aún, con los últimos tiros de su artillería, golpear de muerte a su formidable adversario que lo había vencido.
Aquella espléndida nave que representaba quizá la unidad más fuerte de la escuadra del rajá de Sarawak, no era más que un montón de escombros que las llamas ya de a poco devoraban, mientras el agua la invadía para arrastrarla a los profundos abismos del mar.
Sus flancos, destrozados por las granadas y los obuses perforadores de la poderosa nave norteamericana, estaba como una criba; sus amuras y mástiles no estaban más; sus baterías no ofrecían más ningún refugio a los últimos sobrevivientes.

martes, 25 de abril de 2017

XIX. Un combate terrible


Sandokan esperaba a Yanez y a los prisioneros en la cima de las gradas, al lado de una bellísima niña de piel ligeramente bronceada, facciones dulces y finas, ojos negrísimos y cabellos bastante largos, entrelazados con cintas de seda y que llevaba puesto el pintoresco traje típico de las mujeres indias.
Algunos hombres de color aceitunado, que llevaban puesto los blancos uniformes de la marina de guerra, iluminaban la escala con grandes linternas.
Yanez había llegado primero a la toldilla, tendiendo una mano al terrible pirata y la otra a la joven india.
—¿Nada? —había preguntado el Tigre de la Malasia con ansiedad.

lunes, 17 de abril de 2017

XVIII. Un audaz golpe de mano


Viendo entrar a Yanez, en aquel uniforme con el que no estaban acostumbrados, Tremal-Naik y la niña se habían alzado de repente con la boca abierta listos para mandar aquel grito de sorpresa, natural por otra parte, que el audaz portugués tanto temía. Una mirada fulmínea suya lo detuvo a tiempo en sus labios.
Afortunadamente el capitán Moreland, que volvía la espalda a la puerta y que al alzarse se había enganchado la correa del sable en el respaldo de la silla, no había podido sorprender aquella mirada imperiosa.
Dio medio giro sobre sí mismo y examinó al portugués que había llevado la mano derecha sobre la visera del casco de corcho cubierto de franela blanca, saludando militarmente.

martes, 4 de abril de 2017

XVII. Una expedición nocturna


—Señor Yanez, veo una luz brillar allá abajo, dentro de aquella abertura.
—La he visto, Sambigliong.
—¿Será un prao anclado en la rada?
—Creo, en cambio, que se trata de una chalupa a vapor, aquella que ha conducido aquí a Tremal-Naik y a Darma.
—¿Velarán la entrada de la rada?
—Es posible, amigo —respondió tranquilamente el portugués, arrojando el cigarrillo que estaba fumando.
—¿Podremos pasar inadvertidos?

lunes, 27 de marzo de 2017

XVI. La declaración de guerra


La flotilla del Tigre de la Malasia, a pesar de huir ante el enemigo, se batía furiosamente, respondiendo vigorosamente con las cuatro piezas de caza fijadas sobre la toldilla de la Marianna y las grandes espingardas de los praos.
Se componía de ocho veleros, provistos de velas inmensas y montados por tripulaciones numerosas, pero solo el montado por el Tigre, que era también más grande que el que Yanez había perdido en el Kabatuan, estaba en grado de hacer, al menos por algún tiempo, cabeza a los adversarios. Los otros no eran mas que simples navíos malayos, un poco más grandes que los praos comunes, sin batanga y provistos en cambio de puente y amuras bastante altas para mejor proteger a los fusileros.
La escuadra enemiga, que debía haber echado antes a los tigres de Mompracem de su isla, era mucho más fuerte y estaba también mejor armada, componiéndose de dos pequeños cruceros que batían bandera inglesa, de cuatro cañoneras y de un bergantín de tonelaje casi igual al de la Marianna.
Sin embargo, aquellas diversas naves no osaban abordar los veleros de Sandokan y tenían mucho que hacer para enfrentarse a las formidables descargas de la mosquetería de los piratas, a las piezas de caza y a los tiros de metralla de los praos que barrían, como huracanes mortales, sus puentes.

miércoles, 15 de marzo de 2017

XV. ¡Fuego en andanada!


El indio no había opuesto la mínima resistencia, es más, la sonrisa irónica que le rozaba los labios no había siquiera desaparecido. Parecía que aquel hombre estuviese absolutamente seguro de sí y que ni siquiera la perspectiva, no por cierto agradable, de tener que soportar la tortura, había sacudido su fuerte ánimo de sectario fanático.
Cuando se encontró sobre la toldilla, extendido sobre una mesa y sólidamente atado en modo de impedirle hacer el mínimo movimiento, incluso entonces su seriedad no fue menos.
Miró con ojos tranquilos a los marineros que habían formado un círculo alrededor de él, luego al capitán y a Yanez, diciendo a éste último con su usual acento burlón:
—¿Y ahora me arrojarán a los peces?
—Tenemos algo mejor, señor estrangulador —dijo el norteamericano—. ¿Le duele la herida?
El estrangulador alzó los hombros con desprecio.
—No le doy ninguna importancia a aquel rasguño —dijo con voz cortada—. ¿Me toma por un niño?
—Mejor así. Traigan un par de cubos y el embudo.
Tres marineros volvieron, trayendo cuanto había sido pedido. El embudo era aquel que usaba el pañolero para llenar los toneles, un utensilio macizo de boca bastante ancha para tapar completamente la boca del indio.

viernes, 3 de marzo de 2017

XIV. La nave norteamericana


La derrota de los tigres de Mompracem era ya cuestión de minutos.
El prao de Tremal-Naik, estrechado por la chalupa a vapor y por dos barcas dobles, con la proa desquiciada que bebía agua en cantidad, había sido enseguida tomado por asalto a pesar de la desesperada resistencia de la tripulación y estaba por desaparecer en los abismos del mar.
Yanez, con una emoción fácil de comprenderse, había visto a Tremal-Naik, Darma y los pocos sobrevivientes ser arrastrados a la chalupa de vapor, que enseguida se había hecho a la mar hacia el sur, hilando velozmente sin más ocuparse de la batalla.
Sobre el segundo prao no quedaban más que siete hombres, mientras que el jong tenía tres veces más y llevaba grandes piezas en comparación a la única y vieja espingarda. Además las barcas dobles acudían de todas partes para terminarlo y ayudar al gran velero.
No quedaba más que rendirse o dejarse hundir. Ya una andanada de metralla había hecho caer a pedazos las dos velas de juncos, quitando así a Yanez toda esperanza de poder alcanzar la isla que se encontraba aún a ocho o diez cables de distancia y de salvarse bajo las densas florestas.

miércoles, 22 de febrero de 2017

XIII. La retirada a través de las florestas


Con los resplandores del incendio, que aclaraban toda la llanura, el maratí había divisado una columna de dayak que avanzaba a paso de carrera a lo largo del margen de la floresta, intentando acercarse inadvertida. Debía ser la última reserva del peregrino, que movía a la caza de los fugitivos.
Alguno debía haberlos visto atravesar la llanura y había dado la alarma antes de que desaparecieran bajo los bosques.
Yanez y Tremal-Naik con una sola mirada se persuadieron de que no había caso en empeñar una lucha, aunque el grueso de los enemigos se encontraba, al menos por varias horas, en la imposibilidad de tomar las armas.
—¡Son al menos un centenar y la mayor parte armados de fusiles! —había exclamado el portugués—. Encomendémonos a nuestras piernas y carguemos a los heridos más graves sobre los caballos. A tierra Tremal-Naik, y también tú Kammamuri, y tú, Sambigliong, forma un pelotón que proteja la retirada.