
En la ciudad la lucha, se podría decir, había casi terminado, porque los fuertes hijos de la India habían debido ceder ante los incesantes choques de las bandas del rajá del lago bajadas de las Montañas de Cristal.
Solo en los barrios malayos se batallaba todavía y se saqueaba, porque los chinos todavía no habían dejado de arremeter contra los odiados súbditos del Sultán, sus implacables enemigos.
Sandokan y Tremal-Naik, a la cabeza de sus bandas siempre victoriosas, comprendiendo que el momento terrible se acercaba, acudían guiados por el jefe del barrio chino y por Kammamuri que lo habían encontrado, para salvar a Yanez que estaba por pasar un mal cuarto de hora.
La flotilla, es verdad, acudía también con gran furia, habiendo divisado ya al yacht y al pequeño prao de Padar, encerrados contra un malecón por toda aquella multitud de veleros; que no podían oponer ninguna resistencia.


















