Mostrando las entradas con la etiqueta 08. La reconquista de Mompracem. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta 08. La reconquista de Mompracem. Mostrar todas las entradas

miércoles, 16 de septiembre de 2020

XXIV. La reconquista del escollo


En la ciudad la lucha, se podría decir, había casi terminado, porque los fuertes hijos de la India habían debido ceder ante los incesantes choques de las bandas del rajá del lago bajadas de las Montañas de Cristal.
Solo en los barrios malayos se batallaba todavía y se saqueaba, porque los chinos todavía no habían dejado de arremeter contra los odiados súbditos del Sultán, sus implacables enemigos.
Sandokan y Tremal-Naik, a la cabeza de sus bandas siempre victoriosas, comprendiendo que el momento terrible se acercaba, acudían guiados por el jefe del barrio chino y por Kammamuri que lo habían encontrado, para salvar a Yanez que estaba por pasar un mal cuarto de hora.
La flotilla, es verdad, acudía también con gran furia, habiendo divisado ya al yacht y al pequeño prao de Padar, encerrados contra un malecón por toda aquella multitud de veleros; que no podían oponer ninguna resistencia.

viernes, 4 de septiembre de 2020

XXIII. En la bahía


Dos días después el junco más desquiciado que nunca y casi lleno de agua, después de haber atravesado varios pantanos, llegaba imprevistamente a la bahía de Varani, hundiendo las anclas a una notable distancia de la costa.
Aún cuando los rajputs los hubiesen dejado descender tranquilamente el río, quizá porque estuvieran muy fuertemente presionados por las bandas de Sandokan y Tremal-Naik, Yanez quería estar seguro de sus asuntos, antes de desembarcar y de caer en las manos de los holandeses y los ingleses, cuyas cañoneras se divisaban en la salida de la bahía.
Fue con un gran suspiro de alivio que vio a su valeroso yacht todavía intacto, con el pequeño prao siempre a popa, listo para recomenzar la batalla.
La ciudad parecía tranquila; en cambio, en los pantanos las espingardas retumbaban siempre y fuegos altísimos se alzaban, anunciando el incendio de las kotas de la capital.

lunes, 24 de agosto de 2020

XXII. Al asalto de Varani


El espectáculo que presentaba aquel frente de paquidermos era aterrador.
Los monstruosos animales, invadidos por la ira, también se habían arrojado de a dos, de a cuatro, en pequeños grupos contra el velero, hundiéndolo en varios lugares.
La masa por otra parte, había resistido al gran golpe y solo el timón, por otra parte completamente inútil, se había ido, llevado por un tremendo golpe de probóscide.
Desgraciadamente los animales, que parecía hubiesen jurado la destrucción del armazón, de pronto habían conseguido montar al banco que sostenía el casco.
Una salva de barritos impresionantes saludó a aquel primer éxito, luego los colosos retomaron su trabajo de destrucción, arrojándose como catapultas.
—Amigos —gritó Yanez, que jamás había visto a la muerte tan cerca—, manténganse firmes, o aquellas bestias malignas nos mandarán a ahogarnos en el río. Estos son peores que los rajputs del Sultán.

martes, 11 de agosto de 2020

XXI. Una batalla de gigantes


La batalla había comenzado furiosísima entre los tigres malayos y los tigres indios, ansiosos por probar su legendario valor.
Las bandas del Tigre de la Malasia se habían encauzado en un ancho barranco, después de haber colocado media docena de espingardas en el margen de una colina.
Un alarido tremendo, impresionante, había hecho eco en las montañas: los tigres, más o menos humanos, competían para probar ante todo la fuerza de sus pulmones, creyendo espantarse unos a otros.
—¡Mompracem! ¡Mompracem!
—¡Varani! ¡Varani!
Luego siguieron descargas de fusiles, mosquetes y espingardas.

martes, 28 de julio de 2020

XX. Tigres indios y tigres malayos


Lamentablemente el desgraciado portugués, cuando ya se creía a salvo, había sido estrechamente asediado por los rajputs, que se encontraban en buen número, porque a ellos se habían unido varios batidores.
La fuga nocturna, que Yanez había planeado con Kammamuri, había fallado, a causa del fuego intensísimo de los enemigos.
Durante cuarenta y ocho horas no habían podido dar un paso y ni siquiera tener una comida, porque la roca era o parecía muy árida.
Muy inquietos, enfadados, giraban alrededor del campamento disparando de vez en cuando algunos tiros contra los rajputs para mantenerlos lejos.
Mientras tanto, el hambre los atormentaba terriblemente. Incluso el Sultán, habituado a tomar sus comidas regularmente, no había cesado de aullar para tener el desayuno y la cena.
—Señor Yanez —dijo Kammamuri, después de algunas descargas de los rajputs que por poco no habían golpeado a la bella holandesa—. Es imposible resistir.
—Lo sé, mi querido —respondió el portugués, que se arrastraba entre las rocas, como si buscase algo—, no siempre se puede tener suerte.
—¿Cree que Mati haya conseguido alcanzar a Sandokan?

miércoles, 15 de julio de 2020

XIX. Las bandas del Tigre


La luna, una luna magnífica, que aclaraba las florestas como en pleno día, rozaba los altísimos árboles de las Montañas de Cristal, cuando una pequeña banda de hombres aparecía en el fondo de un barranco que conducía al estanque de Sirdar.
No eran más de cincuenta, pero su aspecto era todo menos tranquilizador.
Había malayos y dayak del interior, los famosos cazadores de cabezas, todos armados de fusiles y sables espantosos, que solamente con verlos, hacían helar la sangre en las venas.
Además algunos llevaban sobre sus robustos hombros largos caños que no eran otros que espingardas.
Parecía que otros hombres estuvieran atravesando más a lo alto los pasos de las montañas, porque el silencio de la noche era interrumpido de vez en cuando por un lejano rodamiento de rocas.

jueves, 2 de julio de 2020

XVIII. El asalto de los rajputs


Aunque John Foster había caído para no levantarse nunca más, el peligro no había cesado, porque los paquidermos sobrevivientes corrían desenfrenadamente a través de la maleza, para alcanzar a los cazadores.
Yanez, habiendo formado el pelotón, con la bella holandesa en el centro, se había dirigido solícitamente hacia el margen de la gran floresta, para repararse bajo las plantas de alto fuste.
De vez en cuando, aunque retirándose rápidamente, disparaban algún tiro intentando cazar a aquellas obstinadas grandes bestias que parecían haber jurado la pérdida de aquel grupo de personas.

lunes, 22 de junio de 2020

XVII. Un trágico duelo


Un haz de luz rosado, de una infinita dulzura, había invadido la floresta que se extendía alrededor del inmenso campamento, cuando el primer pelotón de cazadores se puso en marcha para hacer una visita al lecho del elefante.
Estaba compuesto por el portugués, Kammamuri, la bella holandesa, el jefe de los shikaris y el Sultán.
Ya los batidores en gran número habían abierto sus filas cercando un gran trecho de floresta, donde suponían se encontraba el terrible solitario.
Un elefante solitario está siempre de pésimo humor. Echado, no se sabe bien por qué motivos, de su tribu va de floresta en floresta no soñando sino con estragos.
Sigue a distancia a sus compañeros por un tiempo, soñando quizá con los juegos que jugaban juntos, luego se refugia en un floresta densísima, donde prepara su lecho.
¡Ay entonces de quién se le acerque! Carga a lo loco, incluso contra legiones de cazadores y, si cae, no muere impune.

miércoles, 3 de junio de 2020

XVI. El lecho del elefante


Aún cuando en la isla de Borneo sean más bien escasos los elefantes y abunden en cambio en modo extraordinario los carnívoros, la batida organizada por el séquito del Sultán había obtenido resultados grandiosos.
Un gran pelotón de elefantes, que descendía de las Montañas de Cristal, había sido sorprendido a tiempo, un poco antes de la cacería a las panteras, y los pobres paquidermos, espantados por los disparos, y por las bolas de cáñamo embebidas en resina, se habían dirigido poco a poco hacia la emboscada previamente preparada, en plena floresta.
Para emprender semejantes cacerías se necesitan muchas personas y mucho espacio, porque se trata de encerrar a las malaventuradas bestias dentro de una enorme jaula formada por dos filas de palos no más altas que un hombre.

martes, 19 de mayo de 2020

XV. La traición de los náufragos


Los orang utan o meias o mawas como los llaman los dayak, son los simios más formidables que habitan las grandes islas de la Sonda.
No tienen la altura extraordinaria de los gorilas africanos, normalmente no tienen más de un metro y medio de altura pero sus brazos son verdaderamente formidables, tocando incluso los dos metros.
La cara de aquellos cuadrumanos es ancha, el pecho poderoso, el cuello lo tienen corto y rugoso, porque está provisto de un saco de aire que les permite mandar verdaderos rugidos que resuenan siniestramente en las florestas.
Generalmente tienen un pelaje rojo óxido, desaliñado, y habitan las grandes florestas no habitadas por los hombres, situadas en las tierras bajas húmedas de las desembocaduras de los grandes ríos; y son tan robustos, que ningún animal podría luchar con ellos.
Incluso asaltado por un saurio, el meias salta rápidamente encima del adversario y apuntalándole una rodilla sobre la espalda le arranca de un solo golpe la mandíbula.

jueves, 30 de abril de 2020

XIV. Las grandes cacerías del Sultán


Toda la población de Varani estaba patas arriba y acudía hacia los magníficos jardines del Sultán, donde se habían reunido batidores, fusileros y no pocas bayaderas para divertir al poderoso señor durante el ocio nocturno.
Veinte carros, tirados por cebúes, provistos todos de pequeñas cúpulas doradas, habían sido puestos a disposición de los cazadores pero con ningún agrado del portugués que amaba la verdadera caza emocionante y no aquella fastuosa acompañada de un gran alboroto.
El Sultán se había apresurado en conceder un lugar en su transporte a su embajador, del cual parecía no poder ya prescindir.
—Milord —le dijo—, haremos una excursión triunfal a través de las Montañas de Cristal y regresaremos aquí cargados de animales.
—Usted, Alteza, conduce demasiada gente —dijo Yanez—. Las bestias escaparán delante nuestro y no se dejarán atrapar para placer de nuestros bellos ojos.
—Usted, milord, jamás ha asistido a nuestras cacerías. Aquí se usa hacer todo a lo grande.

jueves, 16 de abril de 2020

XIII. Otro Atentado


Despejada la salida del canal, el yacht, que en aquel brevísimo combate no había reportado ninguna avería, se impulsó resueltamente a alta mar para alcanzar lo más pronto posible la bahía de Varani.
Graves inquietudes habían comenzado a asaltar a Yanez, temiendo un regreso ofensivo por parte de los holandeses de Pontianak, aliados quizá con las cañoneras inglesas de Labuan y de las Tres Islas.
Sobre el fondo oscuro del cielo los tres fanales del crucero destacaban vivamente, reflejándose en las aguas oscuras.
Tiros de cañón habrían sido aún posibles, pero Yanez ahora no tenía mas que una sola idea: volver a ver al Sultán y arreglar sus asuntos que estaban, desgraciadamente, bastante embrollados.
Cargó las máquinas y se lanzó hacia adelante, embocando audazmente el canal de la bahía que había sido completamente despejado de los praos de la flotilla.
—No desespero porque todo vaya bien —murmuró el portugués—. Todo está en saber ganar tiempo, y por ahora el crucero no regresará a la carga. Mis cañones de caza deben haberlo maltratado muy seriamente. Y luego, ¿quién puede perseguir a mi leño una vez salido al mar y con el timón bajo mi mano? Denme caza si tienen coraje.
Montó sobre el puente de mando donde lo esperaba Mati, siempre listo para hacer rugir las dos piezas de caza, tomó la caña del timón, se orientó con la brújula y gritó:

miércoles, 1 de abril de 2020

XII. Tigres y leopardos


—¿Eh, Mati te has dormido sobre tus piezas?
—No, señor Yanez. Espero la buena ocasión para hacer un doble tiro.
—Aquella gente por otra parte no bromea.
—Se mantienen siempre fuera de alcance.
—¡Qué molestas que son aquellas cañoneras! ¿No han tenido suficiente entonces?
—Parece que no —respondió Mati que se mantenía erguido detrás de la pieza de proa, listo para desencadenarla.
Tres cañoneras hilaban en el horizonte, dando vigorosamente caza al yacht, el cual había sido reencontrado.
Disparos de cañón atronaban de vez en cuando con un crescendo pavoroso, pero no producían ningún efecto, porque los tigres de Mompracem se cuidaban bien, aprovechando la mayor velocidad, de dejarse tomar en la zona de tiro.

lunes, 16 de marzo de 2020

XI. La fuga del embajador


La bahía de Gaya, situada delante de la desembocadura del Kabatuan, es uno de los lugares más maravillosos para esconder una flotilla, estando aquellos parajes todos erizados de pequeños escollos extremadamente peligrosos y golpeados siempre por una resaca violentísima que vuelve el arribo bastante difícil.
Aún cuando el yacht estuviese dotado de máquinas lo suficientemente poderosas, tan solo el día siguiente, después del mediodía, pudo hacer su entrada en la bahía.
Aún no había arrojado el ancla que la flotilla entera se movió al descubierto en línea de batalla, creyendo tenérselas que ver con algún enemigo.
La bandera de los tigres de Mompracem ondeando sobre el pico del yacht tranquilizó enseguida a aquellos terribles corredores del mar que sin más se disponían a montar al abordaje.
Un prao se detuvo bajo la escala de babor de la pequeña nave a vapor y apareció un hombre que daba signos de la más violenta desesperación.

lunes, 2 de marzo de 2020

X. Una carrera a través del mar


Mientras los cipayos neerlandeses, los malayos y los dayak fraternizaban saldando su nueva amistad con nuevas botellas, que subían sin pausa de la bodega, a pesar de las prohibiciones del holandés, Yanez, después de haber rectificado el rumbo del yacht que navegaba por parajes peligrosísimos todos erizados de rompientes y escollos, había regresado al castillo.
El capitán se había apegado a las últimas botellas de champán y parecía de un humor más dócil, sino alegre.
—¿Está todo bien? —preguntó a Yanez.
—Muy bien, capitán. Hilamos a lo largo de la costa occidental a gran velocidad, manteniéndonos en alta mar. Aquí hay mil trampas abiertas para las naves.
—Lo sé.
—Y me desagradaría perder mi yacht, porque no encontraría fácilmente otro como este. ¿Capitán, me acepta una partida de dados? Engañaremos un poco al tiempo.
—Con gusto —respondió el holandés—. Todos los coloniales son jugadores furibundos.
—¿Arriesgamos algún florín?
—Como usted quiera, milord.

viernes, 14 de febrero de 2020

IX. Una partida de dados que termina mal


Aquella noche ninguno durmió tranquilo a bordo del yacht, por temor a un atentado por parte de los ingleses que debían estar furibundos por el mal papel desempeñado incluso delante de los chinos.
Los hombres de guardia fueron redoblados y armados y la gran chalupa fue puesta en el agua para poder, en caso de peligro, embarcarse enseguida.
Yanez, que estaba acostumbrado a dormir poquísimo y que tenía no pocas preocupaciones, había permanecido en cubierta junto con Kammamuri, y paseaba agitadísimo entre los dos mástiles, trinquete y mayor, con el eterno cigarrillo en la boca.
—Señor Yanez —dijo el indio—, parece bastante inquieto.
—Temo que aquellos canallas intenten algo contra mí.
—Tiene cañones y fusiles para ponerlos en su lugar.
—Aquí, mi querido, no estamos en Assam, donde un rajá puede permitirse cualquier capricho. Hay residentes extranjeros en el Borneo meridional, enviados por Holanda e Inglaterra y que tienen siempre a mano cañoneras.

jueves, 30 de enero de 2020

VIII. Las furias sanguinarias de John Foster


Las pocas lámparas de aceite que iluminaban los malecones estaban por apagarse, cuando la chalupa de Yanez tocó tierra, junto con Kammamuri y dos malayos de escolta.
Mati, que había acompañado al amo, inspeccionó rápidamente la orilla, luego regresó hacia la chalupa diciendo:
—Nada, señor Yanez.
—¿Ningún hombre al acecho?
—No.
—¡Desembarquemos!
—¿A quién teme? —preguntó Kammamuri, irguiendo su poderoso torso y sus brazos musculosos, mientras hacía tintinear con un movimiento enérgico los gruesos pendientes que le colgaban de las orejas.
—Al capitán del vapor. Padar ya te habrá contado lo que nos ha sucedido.

lunes, 13 de enero de 2020

VII. El crucero del yacht


Refrescaba siempre en alta mar, mitigando la brisa el gran calor ecuatorial que se derramaba sobre el yacht como una lluvia de fuego.
Bajo la tienda puesta sobre el alcázar, el Sultán, su séquito, la bella holandesa y Yanez se habían sentado en torno a una mesa para llegar al fondo de las últimas botellas de champán y hacer estragos con los cigarrillos y nueces de betel.
El Sultán, puesto de buen humor por aquel vino borboteante, que jamás había bebido, bromeaba.
Parecía un buen muchacho, sacado de un colegio y mandado a divertirse a la playa o a bordo de algún barco pesquero.
—Milord —decía, fumando un cigarrillo del portugués—, ¡cómo me gustaría también a mí poseer una nave a vapor!
—Hay siempre a la venta, Alteza, en los puertos indios y también en los chinos. No le faltarán los fondos, supongo.

lunes, 30 de diciembre de 2019

VI. Una pesca emocionante


Apenas habían tocado las dos, cuando S. A. Selim-Bargasci-Amparlang llegaba a bordo del yacht en la habitual chalupa coloreada de rojo y con los bordes de oro.
Estaba acompañado por dos ministros, su secretario particular y por una pequeña escolta formada por seis rajputs todos de aspecto bandidesco, con barbas inmensas y bigotes hirsutos que subían casi hasta los turbantes.
Yanez ya estaba a bordo con la bella holandesa, a la que quería sustraer a cualquier costo de las venganzas de John Foster, y fue pronto a recibir al Sultán sobre la escala, con una profundísima inclinación y una amable sonrisa.
—Alteza —dijo—, ahora es mi prisionero.

lunes, 16 de diciembre de 2019

V. Un momento terrible


Comenzaba a anochecer, cuando el yacht entró en la vasta y pintoresca bahía de Varani, saludando la bandera del Sultán con un tiro de cañón, enseguida devuelto por la vieja y desmoronada batería.
La pequeña nave había apenas anclado en la boya, cuando Mati que observaba atentamente todo, señaló la barca pintada de rojo con los bordes dorados, que cuatro días antes había transportado a Yanez al aloun-aloun.
—Señor —dijo, precipitándose en el camarote donde el portugués estaba visitando una caja de acero llena de diamantes indios y esmeraldas y rubíes birmanos—. Viene...
—¿Quién?
—El secretario del Sultán.
—¿Y te inquietas por esto, amigo? Tengo aquí para corromper a todos los favoritos de S. A. Hace bien en venir, porque todavía no le he ofrecido ningún regalo.
—¿Y después?