
El cazador de ratas, como hombre prudente, había recogido todas las antorchas que resisten el viento que había podido encontrar en la casamata del bastión y las había distribuido a los montañeses con la orden de no encenderlas sin su orden.
Poseían más de una veintena, por consiguiente la luz, por cierto tiempo, estaba asegurada.
—Alteza —dijo el baniano a Yanez—. Péguese a mí. Que el sahib moreno haga otro tanto y así también los montañeses. Este no es el momento de iluminar el camino. Podríamos traicionarnos.
—¿Y si caemos en el río negro? —preguntó el portugués, que se estremecía de solo pensarlo.
—Confíe en mí: veo como si tuviera ojos de rata.
—Sé que has habitado muchísimos años esta espléndida y apestosa ciudad y que debes estar habituado a ver incluso sin linternas.
—No dice mal, Alteza, de esta ciudad que ahora vale más que la que está sobre nuestras cabezas.
—Te creo: arde todo.











