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viernes, 16 de septiembre de 2016

XXXIII. Los estragos de Delhi


Un grito de alegría había escapado de todos los pechos, reconociendo en aquel hombre al tan esperado brahmán que creían ya no poder volver a ver.
—¿Suyodhana?
—Está aquí, señores —respondió Sirdar.
—¿Con mi hija? —preguntó Tremal-Naik.
—Sí, con tu hija, sahib.
—Pronto, a nuestra casa —dijo Sandokan—. No es este el lugar para conversar.
Atravesaron casi a la carrera la explanada, que se prolongaba detrás de las ruinas del bastión, toda cubierta de muertos y piezas de artillería, y pocos minutos después se encontraban reunidos en la estancia que les había asignado el propietario del bungalow.

martes, 6 de septiembre de 2016

XXXII. Hacia Delhi


Sandokan, Yanez y sus compañeros oyendo aquel grito se habían de súbito detenido, recargando precipitadamente las carabinas y arrojándose detrás de los árboles.
Se habían apenas puesto a reparo, cuando vieron llegar en carrera desesperada al cornac.
El pobre hombre parecía presa de un vivísimo terror y miraba de vez en cuando a las espaldas, como si temiese verse alcanzado por alguien.
—¿Qué tienes? ¿Quién te amenaza? —preguntó Bedar, moviéndose a su encuentro.
—¡Allá...! ¡Allá...! —respondió el conductor, con voz estrangulada.
—¿Pues bien...? Explícate.
—Un elefante montado por varios hombres.

viernes, 26 de agosto de 2016

XXXI. La caza a los tigres de Mompracem


Un cuarto de hora después, asegurados nuevamente de que ningún rebelde vigilaba por la parte de la cerca, los malayos atacaban febrilmente los gruesos barrotes de una de las ventanas, limando con furor.
Sandokan, Yanez y Tremal-Naik, para impedir que se oyese desde afuera el chirriar del hierro, se habían puesto a canturrear y a hablar en voz alta, precaución quizá superflua, porque parecía que la torre no estuviese habitada por ningún ser viviente.
Algún centinela debía ciertamente velar delante de la entrada pero no había peligro alguno de que pudiese oír el ruido, por demás leve, producido por aquellos pequeños instrumentos.
Bedar no debía estar lejos. Ya tres veces un silbido estridente se había hecho oír en el silencio de la noche, en dirección del tamarindo.
Probablemente el bravo cipayo, como a la mañana, se había escondido en el denso follaje de la planta, a fin de velar e impedir que alguien se acercase.
A las once, ya dos barrotes habían sido rasgados, y no faltaba mas que uno para tener un espacio suficiente.

lunes, 15 de agosto de 2016

XXX. Los traidores


El pelotón en vez de dirigirse hacia la casucha donde Sandokan y sus compañeros habían dejado sus caballos, tomó otro camino, que pasaba entre bungalows medio destruidos por el fuego y por jardines devastados.
Tremal-Naik, puesto en guardia por la advertencia dada por el cipayo, y muy inquieto, temiendo alguna sorpresa inesperada, intentó interrogar al subahdar; pero el oficial que se había vuelto bruscamente huraño, se limitó a hacerle señas de continuar el camino.
—Tremal-Naik —dijo Yanez—, me parece que las cosas no van demasiado bien. ¿Qué ha sucedido entonces?
—Tampoco sé —respondió el bengalí—. Sin embargo me parece que tienen muy pocos deseos de hacernos entrar a Delhi.
—¿Nos creerán espías de los ingleses? —preguntó Sandokan.

martes, 2 de agosto de 2016

XXIX. La rebelión india


La rebelión india de 1857, si bien tuvo una duración brevísima, fue no obstante sanguinarísima, e hizo latir fuertemente el corazón de los conquistadores, tanto más que ningún inglés la había ni siquiera lejanamente previsto.
La rebelión de Baharampur, estallada algunos meses antes y reprimida a prisa y también demasiado ferozmente por las autoridades militares, no había sido mas que la primera chispa del gran incendio que iba a devastar gran parte de la India septentrional. Ya desde hacía tiempo un profundo mal humor, no obstante hábilmente disimulado, reinaba entre los regimientos indios acantonados en Meerut, Cawnpore y Lucknow, heridos en su orgullo de casta por la designación de algún subahdar y jemadar de rango inferior, y también por los rumores diseminados con astucia por emisarios de Nana Sahib, el bastardo de Bithoor, de que los ingleses daban a los soldados hindúes cartuchos untados con grasa de vaca y a aquellos de fe musulmana con grasa de cerdo, una atroz profanación tanto para los primeros como para los segundos.

viernes, 15 de julio de 2016

XXVIII. Sobre los rastros de Suyodhana


El sol comenzaba a dorar los altos bambúes de los Sundarbans cuando la pinaza, con los sobrevivientes de la expedición, reducidos a veinticinco hombres, arribaba a Port Canning, pequeña estación inglesa situada a una veintena de millas de las costas occidentales de Rajmangal y comunicada con Calcuta por un buen camino para el transporte que atravesaba una parte del delta gangético.
Aquella era la ruta más breve para alcanzar la capital de Bengala, mientras que por agua habrían debido atravesar todas las lagunas occidentales de los Sundarbans, para remontar el Hugli más allá de la isla de Baratala.
Lo primero que hicieron Sandokan y el señor de Lussac, fue informarse de la insurrección, que por algunas semanas, inflamaba en la India septentrional.

jueves, 7 de julio de 2016

XXVII. Una hecatombe


No había transcurrido medio minuto, que la tropa embocaba la galería lateral que Kammamuri aseguraba conducía a la pagoda subterránea y a las principales cavernas que servían de refugio a los secuaces de Suyodhana.
Una rabia furiosa por acabar de una buena vez con aquella secta infame, que cosechaba tantas víctimas humanas, para ofrecer a su monstruosa diosa la sangre de los muertos, inflamaba en el pecho de todos.
Incluso de Lussac no había hecho la menor protesta al cruel, pero seguro merecido castigo que Sandokan se proponía infligir a aquella secta de asesinos.
Los thugs no habían dado más signos de vida después de la invasión de los piratas y hasta el dhak había cesado de redoblar en el fondo de las misteriosas cavernas, no obstante Sandokan y sus compañeros no se ilusionaban con no encontrar resistencia, es más procedían con infinita cautela, para no caer en una emboscada y se mantenían muy inclinados a fin de no recibir alguna imprevista descarga.

martes, 28 de junio de 2016

XXVI. El ataque de los piratas


Mientras Sandokan y sus compañeros, muerto el estrangulador que había intentado sorprender a Tremal-Naik, se preparaban para escalar audazmente la pagoda, el grueso de la banda, guiado por Kammamuri y Sambigliong, se había detenido en medio de la jungla a quinientos o seiscientos metros del estanque, esperando la señal para avanzar.
Durante la travesía desde el Mangal hasta aquel lugar no habían encontrado ningún ser viviente, ni Punthy, que los precedía, había dado nunca algún signo de inquietud.
Kammamuri que conocía los alrededores de la pagoda mejor aún que Tremal-Naik, habiendo estado por seis meses prisionero de los thugs, había colocado a sus hombres de frente a la entrada de la pagoda que se divisaba muy bien, aunque un poco de lejos, a causa de su alta gradería y sus enormes columnas que sostenían dos monstruosas estatuas representando a Kali bailando sobre el cadáver de un gigante.

viernes, 17 de junio de 2016

XXV. En el refugio de los thugs


¿Cómo es posible que aquel terrible viejo, huido casi inerme de las islas pantanosas de los Sundarbans, haya logrado escapar al veneno de las serpientes cobra, a las anillas de las formidables pitones, a los dientes de los gaviales y a las garras de las panteras y tigres, atravesado las lagunas y llegado incluso a la cueva de los sectarios de Kali?
¿Y cómo es posible que en vez de ver aparecer a Suyodhana con la pequeña Darma para cumplir la ofrenda de sangre, se encontraban en cambio delante de aquella turba de fanáticos? ¿Habían sido traicionados por Sirdar o habían sido vistos escalar la pagoda?
Ni Sandokan ni los otros tenían tiempo de encontrar la solución a aquellas preguntas. Los thugs les caían encima por todas partes con los lazos, con los pañuelos de seda, con los talwar y con los puñales, aullando espantosamente.
—¡Muerte a los profanadores de la pagoda! ¡Kali...! ¡Kali...!

miércoles, 8 de junio de 2016

XXIV. La pagoda de los thugs


Surama, la bella bayadera, había aparecido repentinamente en el borde del matorral, teniendo en el puño un talwar del cual se había servido para abrirse paso entre las plantas que cubrían el suelo fangoso de la isla.
Tenía nuevamente puesto el espléndido y pintoresco vestido de las bailarinas religiosas, con la ligera coraza de leño dorado, y los faldellines de seda azul, bordados con plata y llenos de perlitas de Ceilán.
Todos se habían precipitado a su encuentro; incluso Darma parecía contento de volver a ver a la niña, porque fue a frotar su propia cabeza sobre las faldas de seda de la bailarina.
—Mi bella muchacha —dijo Yanez, que parecía vivamente conmovido—, te creía perdida.
—Como ve, sahib blanco, aún estoy viva —respondió Surama sonriendo—. No obstante, también he tenido la duda de que me hubiesen raptado para inmolarme a su divinidad.
—¿Quién te manda? —preguntó Tremal-Naik.

domingo, 29 de mayo de 2016

XXIII. La isla de Rajmangal


Veinticuatro horas después, la pinaza dejaba la pequeña cala en la que se encontraba escondida la Marianna, para ir a sorprender a los thugs en su cueva, y arrebatarles a la pequeña Darma.
La fuga del mahant, aún cuando dudase mucho de que hubiese logrado cruzar los amplios canales de los Sundarbans, infectados de voraces gaviales, y atravesado las islas pululantes de tigres, panteras, formidables boas y venenosísimas cobras de anteojos, había decidido a Sandokan a apresurar la expedición.
Toda la tripulación había sido embarcada en el pequeño velero, con gran reserva de armas y municiones y con dos espingardas de refuerzo. Solo seis hombres, aquellos que la ballenera había llevado desde la torre de Barrackpore junto al cornac, habían sido dejados sobre el prao que, por otra parte, no podía correr ningún peligro por parte de los thugs, escondido como estaba en el fondo de aquella cala quizá para todos desconocida.

viernes, 20 de mayo de 2016

XXII. Sirdar


El prisionero, el único quizá que había huido a aquel sangriento combate, no habiéndose visto más volver a flote a los tres que se habían arrojado en la laguna, era un bello joven de formas casi hercúleas, de facciones más bien finas, que podrían indicar un descendiente de las altas castas, aún cuando su piel fuese casi tan oscura como la de los malangi.
Sintiéndose atar, había dicho a Tremal-Naik que lo amenazaba aún con el hacha bañada en la sangre del viejo piloto:
—Máteme también: no tengo miedo a la muerte. Hemos perdido: es justo que tenga también mi parte.
Luego, después de haber intentado inútilmente romper las ligaduras que le estrechaban los brazos y las piernas, se había tendido en la toldilla, sin más nada que agregar, ni manifestar ninguna aprensión por la suerte que creía le tocaba.
—Señor de Lussac —dijo Sandokan—. Siéntese cerca de este hombre y cuide de que no huya. Si lo intentase, acábelo con un golpe de cuchillo, y nosotros despejaremos la cubierta de estos muertos. ¿Respira aún el cornac?

lunes, 9 de mayo de 2016

XXI. La traición de los thugs


Despuntaba el primer rayo de sol, cuando la embarcación arribaba delante de la torre.
Sandokan no se había equivocado: no era ni una chalupa, ni un bastimento.
Se trataba de una pinaza, o sea de una gran barca, de lados altos, armada de dos mástiles sosteniendo dos grandes velas cuadras y provista de puente.
Estos veleros normalmente son usados en India en los viajes por los grandes ríos de la península indostánica, sin embargo pueden enfrentar al mar al igual que los ghrab, estando provistos de quilla y buena arboladura.
La que había arribado cerca de la torre podía arquear unas sesenta toneladas y estaba montada por ocho indios, todos jóvenes y robustos, vestidos de blanco como los cipayos, y comandados por un viejo piloto de larga barba blanca, que en aquel momento tenía el timón.
Viendo a aquellos cinco hombres, entre ellos dos blancos, el viejo se había quitado cortésmente el turbante, luego había descendido a tierra, diciendo en buen inglés:
—¡Buen día, sahib! ¿Tienen necesidad de nosotros? Hemos oído un tiro de fusil y hemos acudido creyendo que alguien estaba en peligro.

miércoles, 27 de abril de 2016

XX. La torre de Barrackpore


El elefante se había desplomado a veinte pasos de la orilla, sobre un suelo tan fangoso y dúctil, que pocos minutos después la mitad de la enorme masa de carne se había hundido.
El agua exudaba por todas partes, como si aquel extremo borde de la inmensa jungla fuese esponjoso y agujereado como una criba.
Plantas acuáticas crecían por todas partes, con un desarrollo prodigioso y un enorme grupo de mangles exhalantes de miasmas deletéreos, costeaban la playa, avanzando mucho frente a las aguas de la laguna.
Un tufo contaminante que hacía fruncir la nariz a Yanez y al francés, y que parecía producido por la podredumbre de carroñas arrojadas al agua, reinaba en todas partes, tufo peligroso que debía producir fiebres y cólera.

viernes, 15 de abril de 2016

XIX. La desaparición de la bayadera


El cornac regresaba al campamento en un estado deplorable y parecía que hubiese hecho una larga carrera.
Estaba embarrado de pies a cabeza; su ropa estaba rasgada en diez partes, había perdido el pequeño turbante y la faja que le sostenía el dhoti, y sus piernas desnudas sangraban por sobre las rodillas.
Tenía no obstante en mano el gancho con el cual se servía para guiar al merghee, arma suficiente para quebrar el cráneo a un hombre.
Viéndolo aparecer, todos se habían precipitado a su encuentro, ahogándolo con preguntas. El pobre diablo no obstante, que respiraba afanosamente, no respondía mas que con gestos desesperados, señalando ahora el elefante y ahora la jungla.
—Bebe un sorbo —dijo Sandokan que tenía aún en el flanco su cantimplora llena de coñac—. Toma aliento y narra todo sin perder tiempo. ¿Qué ha sucedido aquí? ¿Quién ha matado al merghee? ¿Y la niña?
El cornac bebió ávidamente algunos sorbos, luego con voz aún quebrada por la emoción y por la larga carrera, dijo:
—¡Los thugs... estaban allá... escondidos detrás de aquel murete... con las pieles de nilgó encima... los miserables...! Esperaban el momento para caernos encima.

martes, 5 de abril de 2016

XVIII. El ciclón


Los huracanes que estallan en la gran península indostánica tienen normalmente una duración brevísima; no obstante su violencia es tal que nosotros europeos no podemos hacernos una idea.
Necesitan pocos minutos para devastar regiones enteras y destruir incluso ciudades. La fuerza del viento es incalculable, y solo los grandes edificios pueden resistir y los más colosales árboles como los pipal y las higueras de las pagodas.
Basta recordar, para hacerse una pálida idea, aquel estallado en Bengala en 1864, que mató a veinte mil bengalíes en Calcuta y a cien mil en las llanuras costeras al Hugli.
Las personas sorprendidas en las calles de la ciudad eran levantadas como plumas y abatidas contra las paredes de las casas; los palanquines eran transportados en el aire junto con las personas que se encontraban dentro; las cabañas de la Ciudad Negra, quebradas de golpe, corrían por las campiñas.

viernes, 25 de marzo de 2016

XVII. Señales misteriosas


Media hora después, cuando ya el señor de Lussac se había plácidamente dormido, Yanez salía silenciosamente de la tienda y entraba en la de Sandokan que estaba todavía iluminada.
El formidable jefe de los piratas de Mompracem estaba aún despierto, es más estaba fumando en compañía de Tremal-Naik, mientras Surama, la bella bayadera, preparaba algunas tazas de té.
Parecía que el sueño no pesase en absoluto sobre los párpados del orgulloso pirata, ya habituado a las largas vigilias marítimas. También el bengalí, aún cuando la medianoche hubiese ya pasado, tenía la mirada límpida, como la de un hombre que está bien descansado.
—¿Ha terminado el coloquio con el francés? —preguntó Sandokan volviéndose a Yanez.
—Ha sido un poco largo, ¿verdad? —dijo el portugués—. Debía no obstante darle muchas explicaciones que eran absolutamente necesarias.
—¿Aceptó?

jueves, 17 de marzo de 2016

XVI. Los thugs


El Tigre de la Malasia, oyendo aquel grito que había resonado en dirección del riachuelo, se había lanzado hacia aquella parte con velocidad fulmínea, seguido a continuación por Yanez y Tremal-Naik.
Una sospecha había relampagueado en la mente de los tres: que los estranguladores de Rajmangal hubiesen sorprendido a uno de sus hombres, hablando todos muy bien el inglés y estuviesen estrangulándolo.
El impulso del formidable pirata era tal de poder competir con el de los tigres de quienes llevaba el nombre, de modo que en pocos segundos atravesó los últimos grupos de pipal, que los separaban del canal, distanciando a sus compañeros, bastante menos ágiles, por algunos centenares de metros.

jueves, 3 de marzo de 2016

XV. En los Sundarbans


Fue solo después de las cinco que los dos elefantes se volvieron a poner en viaje, dirigiéndose hacia el sur, o sea hacia los Sundarbans, para alcanzar los terrenos deshabitados.
La región que entonces atravesaban estaba aún aquí y allí, no obstante a gran distancia, poblada por los pobres malangi.
De vez en cuando, por encima de las cañas y los kalam, se divisaba algún grupito de casuchas de barro, defendido por una alta cerca para poner a cubierto de los asaltos de las bestias no solo a los habitantes, sino también a sus vacas y búfalos.
Alrededor se extendía algún pedazo de tierra cultivada con arroz y algún grupo de bananos, cocos y mangos, todas plantas, que dan fruta excelente, muy apreciada por los indios.

viernes, 19 de febrero de 2016

XIV. El primer tigre


Los dos elefantes, a un comando de sus cornac, habían aminorado la marcha.
Debían haberse dado cuenta también ellos de la proximidad de la peligrosa bestia, porque se habían vuelto repentinamente extremadamente prudentes, especialmente el koomareah, que estaba montado por Sandokan y por sus compañeros y que avanzaba primero.
Siendo menos alto que el otro, podía ser sorprendido antes de divisar al bagh, por eso apenas descartadas las cañas que le impedían la visión, se apresuraba a retirar la probóscide enrollándola entre los enormes colmillos.