
Un grito de alegría había escapado de todos los pechos, reconociendo en aquel hombre al tan esperado brahmán que creían ya no poder volver a ver.
—¿Suyodhana?
—Está aquí, señores —respondió Sirdar.
—¿Con mi hija? —preguntó Tremal-Naik.
—Sí, con tu hija, sahib.
—Pronto, a nuestra casa —dijo Sandokan—. No es este el lugar para conversar.
Atravesaron casi a la carrera la explanada, que se prolongaba detrás de las ruinas del bastión, toda cubierta de muertos y piezas de artillería, y pocos minutos después se encontraban reunidos en la estancia que les había asignado el propietario del bungalow.
















