viernes, 22 de abril de 2022

XI. Atrapados


¿Cuánto durmieron? Jamás lo supieron.
Algunos disparos, dirigidos hacia la galería que conducía a los sepulcros, habían resonado imprevistamente.
Kammamuri fue el primero en brincar fuera y enseguida fue imitado por el rajput.
Delante de la puertecita desquiciada, iluminados por varias antorchas, estaban en grupo los jinetes de Sindhia con las armas apuntadas.
No habían crecido en número, sin embargo, todavía eran demasiados como para empeñar con ellos un desesperado combate.
—¡Vamos, estamos atrapados! —dijo Kammamuri sin inquietarse demasiado—. Esto tarde o temprano tenía que pasar.
El comandante del pelotón descendió los escalones, teniendo en las manos un par de pistolas, y gritó:
—Ya los hemos alcanzado y no se nos escaparán más.

lunes, 11 de abril de 2022

X. El gurú


—¿Y los caballos cómo van? —preguntó Kammamuri.
—Están agotados —respondió el rajput— y no sé si durarán otra media hora. Sus pulmones soplan como fuelles y sus flancos laten febrilmente. No pueden más. Creo que con estas bestias jamás llegaremos a las mesetas de Sadiya.
—No has hecho un buen descubrimiento —respondió Kammamuri—. Para subir allí, se necesitaría un buen elefante.
—¿Dónde encontrarlo?
—Hay muchos salvajes en las florestas de este vasto imperio. Ve a tomar uno, edúcalo de modo que te obedezca enseguida...
—¿Para perder un mes, sahib?
—También tres, mi querido —respondió el maratí—. De modo que estaremos obligados a tirar adelante con estas pobres bestias que ya están débiles. No sé qué decir. Todas las divinidades de la India protegen a aquel bribón de Sindhia... ¡Ah, allí!

miércoles, 30 de marzo de 2022

IX. La noche en la jungla


El rajput y Kammamuri, antes de que el coche volcara, habían saltado ágilmente a tierra, mientras el mensajero era arrojado a diez pasos de distancia, en medio, para su fortuna, de un enorme cúmulo de hojas secas.
Los caballos, embarazados entre los tirantes, no se habían movido más. Eso sí, relinchaban desesperadamente como para pedir ayuda a los hombres contra la formidable fiera que se había anunciado, quizá todavía en ayunas, quizá también no sola.
—Sahib —dijo el mensajero, que había alcanzado prontamente a los caballos intentando calmarlos—, ustedes están mejor armados que yo: ayúdenme a salir del apuro.
—Estamos listos —respondió Kammamuri, que ya había armado la carabina, arrodillándose detrás del carro—. No somos hombres de tener miedo a uno o más tigres.
—¿Debo levantar a los caballos?
—Hasta que la bestia o bestias no se presenten, te lo prohibo. ¿Tienen las patas rotas?

miércoles, 2 de marzo de 2022

VIII. El correo indio


Grandes animales, dotados de una fuerza colosal, elefantes o rinocerontes, asaltados por cazadores o tomados por un imprevisto furor, habían desgarrado la jungla, abriendo un pasaje tal como para permitir la carrera incluso a cinco jinetes de frente.
Bambúes enormes, especialmente tulda, que son los gigantes de la especie y que alcanzan la altura de quince metros, yacían en el suelo con las raíces en el aire, cruzados en todas direcciones.
—Tendremos mucho que hacer para evitar todos estos obstáculos —dijo el maratí al gigante—. Cuida que tu caballo no se rompa las patas.
—Lo tengo bien estrechado —respondió el rajput—. Daremos grandes saltos.
—Que quizá no terminarán todos bien.
—¿Entonces no son saltadores los mongoles de buena sangre?

viernes, 11 de febrero de 2022

VII. En el margen de la jungla


Como se comprende fácilmente, los dos fugitivos habían sido terriblemente embaucados por aquellos hombres de Sindhia que hasta entonces habían despreciado tanto.
Ningún tigre había soñado con asaltarlos por las espaldas. Un audaz tunante, decidido a sacrificar su propia vida, había llevado hasta la altura una magnífica piel junto con aquellos canastos repletos de reptiles.
El bribón debía haber aprovechado el momento en el cual los dos indios hacían la escalada al tamarindo para desaparecer más que a prisa en medio de los kalam y alcanzar a los jinetes que velaban en la base de la minúscula colina.
Los dos asediados, presa de una viva emoción, miraban con ojos dilatados aquella multitud de enemigos más o menos venenosos que continuaba avanzando a los saltos a través de las altas hierbas.
Algunos de aquellos reptiles habían sido heridos por la descarga de metralla del rajput y se mostraban más furibundos. Daban verdaderos saltos salpicando los kalam de sangre y silbando horriblemente.
—Nos han atrapado sin disparar un tiro de fusil —dijo el guerrero barbudo—. Han sido mucho más astutos que nosotros.

lunes, 31 de enero de 2022

VI. Un mal tiro


Efectivamente las bandas de Sindhia, ya sin el apoyo de los rajputs, caídos en su mayor parte en la jungla y luego delante de la gran cloaca, no debían poseer un coraje extraordinario, a pesar de su número.
Con un rápido ataque hubieran podido conquistar la colina; en cambio se habían quedado acampando en la llanura, mirando a lo alto y disparando algunos tiros de fusil que iban a dispersarse entre las florestas de palash.
Por lo tanto, había mucho que esperar por parte de los asediados. Si se mantenían firmes unas pocas semanas, los montañeses comandados por Khampur, dejarían sus aldeas para acudir en defensa del maharajá, el esposo de la rani adorada por aquellos rudos hombres de las altas cimas.
Solamente se trataba de darse prisa, ya que tanto los elefantes y los caballos, como los cachorros de la Malasia, podían correr el peligro de morir de hambre.
Como habíamos dicho, las bandas se habían mantenido tranquilas, más ocupadas en preparar los campamentos que en vigilar al enemigo, que por otra parte había sido bien cercado.
No había nada que decir. Al menos por el momento, Sindhia el loco, el borrachín, seguía siendo el más fuerte.

lunes, 10 de enero de 2022

V. La retirada


El cazador de ratas, apenas había dejado la granja, se lanzó a una carrera furiosa, orientándose lo mejor que pudo. Habituado a vivir en la oscuridad, no tenía necesidad de luces para orientarse; luego sus oídos tenían una agudeza extraordinaria.
Aquel viejo poseía una energía indomable y tenía músculos de acero. Lanzado, corría como un galgo.
Ya había sentido, más que oído, a los enemigos, de manera que procuraba evitarlos. Desgraciadamente la noche era demasiado oscura, incluso para un hombre acostumbrado a vivir en la oscuridad de las cloacas y fue a caer en brazos de dos rajputs que se habían emboscado detrás de la línea de los densísimos banianos.
—¿Quién eres? —gritaron los dos guerreros, agarrándolo estrechamente y arrojándolo rudamente a tierra.
—El dueño de aquella granja que ven allá —respondió el cazador de ratas—. Han venido hombres, me han apuntado con pistolas a la garganta y luego me han arrojado fuera de la puerta como si fuera un saco de trapos.
—¿Y a dónde huías ahora? —preguntó el más anciano de los dos guerreros.

jueves, 16 de diciembre de 2021

IV. El asedio


No fue hasta después de la medianoche que Yanez y el cazador de ratas, seguidos por el hercúleo rajput y los doce montañeses de Sadiya, se pusieron en marcha para intentar procurar alimentos para las pobres bestias, que durante la jornada, habían barritado y relinchado sin interrupción.
Se habían provisto de dos antorchas y estaban todos armados de carabinas, pistolas y cimitarras.
El pelotón costeó por otras dos millas el perezoso río negro que susurraba en vez de borbotear, luego entraron en una de las tantas rotondas destinadas a recoger las aguas.
El cazador de ratas ya había hecho una marca en una pared para no equivocarse, por consiguiente ya podía proceder tranquilo a través de las galerías superiores que se extendían sobre la inmensa arcada y que se ramificaban por la ciudad.
—¿Cuánto tiempo emplearemos para llegar a aquella bodega? —preguntó Yanez.
—Apenas media hora —respondió el baniano—. No daremos mas que un simple paseo, ya que las galerías que he descubierto son todas amplias y no tendrán necesidad de inclinarse para pasar.

viernes, 26 de noviembre de 2021

III. Los bacilos del cólera


Un claror lácteo comenzaba a extenderse hacia oriente; el planeta Venus, en aquel cielo terso como un cristal, resplandecía soberbiamente.
Pero toda la campiña, que se extendía alrededor de la destruida capital, interrumpida por densos grupos de bananos y tamarindos que el gran calor había amarilleado y quizá extinguido para siempre, todavía estaba parda, ya que el alba aún no se había mostrado plenamente.
Un gran pelotón, formado por una veintena de rajputs armados de fusiles y pistolones, avanzaba a través de la llanura precedido por un hombre blanco y un brahmán, que sobre la punta de una lanza sostenía una bandera de seda más o menos blanca.
A lo lejos, brillaban grandes hogueras que anunciaban un campamento imponente. Se oían llegar gritos humanos y barritos de elefantes.
Los dos hombres que parecían guiar al pelotón eran el flemático holandés y Kiltar.
El primero había encendido una gran pipa de porcelana, como usan todos los hombres del norte de Europa y fumaba con una flema sorprendente; el segundo, en cambio, masticaba algo, quizá betel con nuez de areca y cal viva, a juzgar por los grandes esputos de color sangre que de vez en cuando proyectaba delante suyo con una especie de silbido.

viernes, 5 de noviembre de 2021

II. El parlamentario


El europeo de piel rosada, cabellos rubios y ojos azules protegidos por un par de anteojos con montura de oro, a aquella llamada estuvo listo para despertarse y descender del howdah.
—Alteza —dijo quitándose el casco de tela blanca y haciendo una profunda inclinación—. Ya lo conozco bastante por su fama, y añoraba el momento de verlo.
—¿Usted es holandés? —preguntó Yanez, después de haberle dado un apretón de manos.
—Sí, Alteza.
—¿Un profesor, quizá?
—Un médico que ha dedicado toda su existencia al estudio de los bacilos.
—¿Y por qué ha venido junto con mi amigo?
—Para ayudarlo, Alteza —respondió el holandés con voz pacata—. Experimentaré el poder de mis bacilos sobre sus enemigos.
—Verdaderamente no comprendo bien, señor Wan Horn.
—Lo creo: todavía no ha visto mis botellas en las que cultivo aquellos microscópicos animalitos tan terribles como para desencadenar peste, cólera, y otras enfermedades.