
¿Cuánto durmieron? Jamás lo supieron.
Algunos disparos, dirigidos hacia la galería que conducía a los sepulcros, habían resonado imprevistamente.
Kammamuri fue el primero en brincar fuera y enseguida fue imitado por el rajput.
Delante de la puertecita desquiciada, iluminados por varias antorchas, estaban en grupo los jinetes de Sindhia con las armas apuntadas.
No habían crecido en número, sin embargo, todavía eran demasiados como para empeñar con ellos un desesperado combate.
—¡Vamos, estamos atrapados! —dijo Kammamuri sin inquietarse demasiado—. Esto tarde o temprano tenía que pasar.
El comandante del pelotón descendió los escalones, teniendo en las manos un par de pistolas, y gritó:
—Ya los hemos alcanzado y no se nos escaparán más.



